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Full text of "El Tiempo Viejo : Recuerdos de mi juventud"

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BIBLIOTECA DE ''EL PROGRESO NACIONAL^ 



EL TIEMPO VIEJO 



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RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



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RAMÓN A. SALAZAR 




GUATEMALA 

TiPoGKAP'íA Nación A I, 

1806 

Colección Luis Lujan Muñoz 

Universidad Francisco Marroquín 

^^ww.ufm.edu • 6u«temaia 




PROLOGO 



Á medida (|iu^ A hombro va entrando en el 
descenso de su vida, y que los cabellos Idanquean 
representando cada cana una ilusión marchita, 
una esperanza jjerdida, un dolor sufrido y no 
olvidado, el alma recoge sus alas de mariposa 
alegre, y el espíritu concentrándose en sí, se da 
á recordar las cosas (jue fueron y á reflexionar 
í5obre los acontecimientos en que le tocó en 
♦suerte tomar parte. 

Los apuntes contenidos en este pequeño libro, 
i^ncieiTan algunos de los recuerdos sobre los 
asuntos sociales de í|ue fui testigo cuando niño, 
y cuando joven. 

Me cupo en suerte llegar á la vida del pensa- 
miento en una época de transición para la Re- 
pública de Guatemala, mi patria. 

El partido conservador que por largos años 
había gobernado el país, agonizaba de muerte. 

Aunque no presencié los bellos días de la 
Independencia, no por eso dejé de comprender 
y estudiar al vivo, lo que significaba el régimen 
de la Colonia, porque aun subsistía en el país en 
la época á que me refiero en mis Recuerdos, 
sin más diferencia que, en lugar del Borbón 
destronado, del odioso Fernando VII, los con- 
servadores habían colocado en el poder á un 



PROLOGO 



presidente vitalicio, mestizo surgido de las 
inontañas, que llevaba en las venas sangre de la 
raza vencida en Utatlán, y que tenía por minis- 
terio de la ley todos los atributos de la realeza. 

He procurado dar á estos escritos la forma 
más sencilla, apartándome en ellos de un estilo 
florido, impropio de trabajos de esta naturaleza. 

No tengo pretensión alguna, de que estos 
artículos puedan clasificarse entre las tradi- 
ciones y crónicas, á que algunos son tan 
afectos. 

8é que provocarán críticas acerbas, de las 
personas que no piensan como yo en política. 

Algunos de estos apuntes ya me han valido 
censuras amargas de la prensa conservadora. 

Pero eso me tiene sin cuidado, y no serán esas 
críticas ni esas censuras, las que me hagan pres- 
cindir de dar á conocer á la juventud de mi país 
el estado político y social de Gruatemala hace 
treinta años. 

Ramón A. Salazar. 




Abogado y Notario 



DEDICATORIA 



J\ 10 .Juvcr)luGl de tíuaíerr)(2ilc[: 

Tava que sepa bu qué situación pnlitíca y social sb Bucon- 

traba nuestra pais, durante las últimas añas d^l partido 

CansErvador, dedica Bsts libro 



EL ñUTDRr 



.(juatemrtla, Junio :{0 de Isíh;. 




Recuerdos de mi Juventud. 



I. 

LA CAPITAL EN EL AÑO DE 1861. — LAS CALLES. — LAS CASAS. 

— LOS VEHÍCULOS. — EL ALUMBRADO PÚBLICO. — LOS DESA- 
GÜES Á FLOR DE TIERRA. — OBRAS PÚBLICAS. — TIPOS 
POPULARES. — SERENOS. — ASOLEADOS. — FRAY LIBERATO. 

— LAS ÓRDENES RELIGIOSAS. — TRAJES DE LOS FRAILES. 



La capital de Guatemala que por mucho 
tiempo se llamó la Corte^ era por el año de 186 1 
aún más triste que hoy. Pocas de las calles 
estaban empedradas y eran muy raras las ban 
quetas. Casas de altos no existían sino la de 
Matheu, hoy mansión presidencial, llamada la 
kija del. Teatro; la de Pinol, que en la actualidad 
ocupa el Banco Colombiano; la de Batres y la 
de Roma, que juntas forman el Grran Hotel. 

En las calles tristes apenas si rodaba un bir- 
loche ó un forlón tirados por muías. El Greneral 
Carrera había poseído un regular carruaje en el 
que iba al Gobierno, rodeado de ocho ó diez 
batidores, armados de lanzas. Si no estoy equi- 
vocado, el General Cerna heredó esa famosa 
berlina. 

Se iluminaba la ciudad con velas de sebo; y 
no fué sino hasta muy tarde que se introdujo 
el alumbrado de petróleo, para cuya gran mejo- 
ra hubo necesidad de mandar al Norte á un 
comisionado á comprar los aparatos. 



FiECaTERDOS DE MI JUVENTUD 



Los desagües iban á ñor de tierra, en vene- 
nando el aire con sus emanaciones mefíticas. 

Con la caída del precio de la grana había su- 
frido la República una crisis muy dolorosa. 
Casas había en que los vidrios de las ventanas 
una vez rotos se sustituían i)or papel, y así que- 
daban j)or largos años. 

Como no se emprendían obras públicas de 
gran interés, el menor acontecimiento era cele- 
l)rado con piiblico regocijo. Recuerdo (|ue al 
estreno de la pila de la Merced, *que muchos de 
mis lectores no conocerán por ser tan insignifi- 
cante, concurrió el General Cerna y su Gabinete, 
y que fué esa tarde de alegría piiblica por tan 
estupendo progreso. 

Muchos tipos, populares por entonces, vinie- 
ron á menos ó los hizo desaparecer la Revolu- 
ción. Ese era el tiempo de los asoleados, de los 
serenos, de los frailes, de lo§ terceros. Peinado 
el perrero de la Catedral, era una entidad, y ñ*ay 
Liberato un viejo muy p€)pular en todos los 
círculos. 

Como muchos ignorarán quién fué este hom- 
bre, les diré era un lego tarta jo que montaba 
una muía mansa, conducido por la cual recorría 
diariamente la ciudad recogiendo limosnas para 
su Convento, que era el más rico de estas tierras. 
Yo supongo que no ha de haberle ido mal en 
sus excursiones, pues recuerdo que jamás lo vi 
sin que dej^s^ de llevar las alforjas llenas, y que 
de las arciones de su montura le colgaban galli- 
nas, patos, chompipes y demás volátiles, con qut^ 
la caridad pública contribuía al regalo de los bue- 
nos padres. Además, el trote brusco de la ínula 
sacudía el cuerpo del buen hombre, y con él á 



RAMÓN A. SALAZ A R 9, 

la alcancía de plata que llevaba en la mano de- 
recha, llena de reales y de pesetas, que iban 
danzando bailes macábricos, como almas apena- 
das que se las llevaba un fraile. ..-^_,. 

¡Los buenos padres! los frailes! qué número 
tan respetable teníamos de ellos! Los había de 
todos los colores y de todas las Ordenes; frailes 
barbudos ó rapados, descalzos ó con sandalias 
azules, como los franciscanos; C') grises, como 
los recoletos; blancos, como los mercenarios; 
cafees, como los betlemitas; negros y hediondos 
á rapé, como los jesuítas; blancos y negros, co- 
mo los dominicanos; en fin la mar! 

Vivían estos santos hombres de la caridad 
pública, en edificios que parecían palacios, y que 
aún pueden verse, por más que se les haya dado 
destino más útil después de la Revolución. Las 
Ordenes monásticas habían venido muy á me- 
nos por entonces. Continuaban odiándose los 
dominicos y franciscanos, como en los días de 
la Colonia, pero ya no con aquellos odios que 
enardecieron á Las Casas y á Sepúlveda y que 
hacen del célebre Obispo de Chiapas una figura 
tan interesante. La Orden de Predicadores no 
contaba por entonces con uno sólo que merecie- 
se el nombre de tal. La raza de los Cronistas 
había desaparecido. Los betlemitas olvidaron 
muy pronto los preceptos de su fundador. Se 



{*) Es curioso por qué se vistieron de azul los francisca- 
nos en América siendo así que sus hermanos de Europa van 
vestidos de gris. Se dice que al principio de la Colonia era 
tan escasa la lana, y llevaban los misioneros los hábitos tan 
roídos, que tuvieron que mandar deshacerlos parji volverlos 
á tejer, y que les dieron entonces color azul, (pie enculma 
más la suciedad. 



JO RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

les veía por las calles, es cierto, con su vestido 
burdo, descalzos, barbudos, no ya recogiendo 
enfermos y conduciéndolos en hombros, sino 
infundiendo el pánico entre las masas. De sol- 
dados de la caridad se habían transformado en 
misioneros; pero ¡que misioneros! 

Cuando el célebre Fray Esteban abría misión 
temblaba la Repúbhca. Aquel fraile poseía la 
nota del terror y tenía en su pecho todos los 
truenos y todas las maldiciones del infierno. 

Al oírlo los infelices campesinos predicando 
sobre las penas eternas, sobre los amargos dolo- 
res de los condenados, les entraba una especie 
de frenesí salvaje, y fácil le habría sido al fraile 
levantar en masa á aquellas pobres gentes. Una 
vez el Gobierno tuvo que intervenir, porque los 
indios de Santa Rosa estaban para levantarse 
en armas. Gustaba el fraile de lo trágico y de 
lo espantoso. No predicaba sino de noche, ha- 
ciéndose acompañar de cuadros simbólicos, cala- 
veras é imágenes de condenados, iluminado por 
antorchas de luz vacilante y fuliginosa. 

Siempre he compadecido á nuestros pobres 
campesinos, por el estado de miseria en que han 
vivido. 

Para ellos las privaciones, los dolores, las ne- 
cesidades. Para ellos las cargas todas y ningu- 
no de los derechos. Educados en la ignorancia 
y el fanatismo, la concepción de la vida en sus 
cerebros debe ser espantosa. El cura les predi- 
ca las visiones negras del infierno, la autoridad 
exige el impuesto, el patrón los explota y nada 
hay en su horizonte que les haga comprender 
que la existencia tiene algunos goces y no se 
compone sólo de martirios. 



RAMÓN A. S ALAZAR 11 

La Revolución no ha hecho todavía lo que 
debiera por ellos. Es verdad que les ha repar- 
tido algunas tierras, y que ha abierto una infi- 
nidad de escuelas para sus hijos. Pero no es 
todo lo que debemos á esos desgraciados. Hay 
que trabajar con más ahinco por salvarlos del 
estado de la abyección en que se hallan. Ver- 
dad es que eso no puede efectuarse en el corto 
período en que ha sido dueña del poder. 



II. 

FRANCISCO DE PAULA (ÍAKCÍA PELÁEZ. — SUS MEMORIAS. — 
ESTABA MONTADO Á LA ANTIGUA. — UNA ANÉCDOTA. — LOS 
OTROS OBISPOS. — LOS CANÓNIGOS. — EL PADRE ALPARO. — 
LOS DOCTORES DE LA PONTIFICIA UNIVERSIDAD DE SAN 
CARLOS. — ESTI^DIOS l^NIVERSITARIOS. — APRENDICES DE 
ERGOTISTAS. — EL TÍTULO DE BACHILLER. 



Continuemos con nuestros tipos — y conozca- 
mos á un hombre honrado á carta cabal. 

Francisco de Paula García Peláez era un vie- 
je(dllo simpático, Arzobispo de esta Diócesis y 
Obispo in partibus de Bostra. 

En sus mocedades había sido político y pu- 
blicó un opúsculo bastante notable sobre el sis- 
tenia federal en Centro Ainérica. Escribió, ade- 
más, las '^Memorias para la Historia de Gruate- 
niala,'' en un estilo embrollado, sin orden ni 
concierto, pero que contienen datos interesantes 
y muy aprovechables. 

Era un hombrecito de talla más mediana que 
la ordinaria, y con una voz chillona y desagra- 
dable. En su vida ordinaria fué muy modesto. 
No gustaba del lujo — y estaba montado á la an- 
tigua. A las sillas las llamaba taburetes y á la 
banda marcial la faiiihora. 

Se asegura que no marchaba de acuerdo con 
la aristocracia, porque le habían querido birlar 
el Arzobispado en provecho de uno de Jos de la 
familia. 

Muchas anécdotas se cuentan de él. He aquí 
una: 



% 



14 RErU'ERDOS DE MI JUVENTUD 

Parece que el célebre reloj de la leyenda de 
Pepe Batres fué una prenda histórica. No sé 
cómo llegó a manos del Arzobispo, quien le te- 
nía en mucha estimación. Sucedió que una no- 
che visitaban al Arzobispo unos cuantos caballe 
rofi^ j el reloj desapareció de la mesa á la vista 
de su dueño. La famosa matraca daba las ho- 
ras, como lo sabrán los que hayan leído la deli- 
ciosa composición de nuestro gran poeta: y esto 
la salvó de ir á parar á manos non sanctas. No- 
tólo el Arzobispo y apagó la ^^ela del cuarto en 
que recibía las visitas, advirtiendo que el reloj 
iba á sonar pronto, y que para salvar de una 
vergüenza al que se lo había sustraído los había 
puesto á oscuras, á fin de que, de este modo, pu- 
diese restituirlo á su lugar el aficionado á cosas 
ajenas. 

Y fué santo remedio, porqne encendida de nue- 
vo la luz se halló el reloj otra vez sobre la mesa. 

El Arzobispito, que era con el nombre con que 
se le designaba, no daba golpe teatral ni hacía 
la figura qne los demás. • 

Los demás eran los cuatro ó cinco Obispos 
que habitaban en la capital por ese tiempo. 

Vestidos de seda morada, relumbrante y rui- 
dosa, con sus sombreros en forma de teja, de 
los que pendían sendas borlas; olorosos al in- 
cienso del templo, acompañados por dos ó tres 
jóvenes imberbes vestidos de traje talar, piasa- 
ban por las calles, dichos Obispos, dando bendi- 
(íiones y presentando la mano para que se las 
besasen las multitudes arrodilladas ante ellos. 
Las gentes los consideraban como una especie 
de semidioses y eran objeto de su veneración y 
de su culto. 



RAMÓN A. SALA ZAR 1.") 

Pero no sobre ellos compartían la admiración 
de las muchedumbres. Existían también unos 
ocho canónigos, especie de aspirantes al Obis- 
pado. 

Algunos entre ellos eran célebres, ó por haber 
sido guerrilleros montañeses en su juventud, 
como Raúl y Ocaña, ó por sus puerilidades co- 
mo Alfaro, ó por su bondad patriarcal como 
Espinoza. 

El canónigo Alfaro tenía la monomanía de la 
predicación. — Era seguro que después de la mi- 
sa que celebraba diariamente, los fieles tenían 
su alocución ó su filípica, la cual había que oiría 
de lejos, porque el señor Canónigo se permitía 
el hacer aluciones personales. Los muchachos 
nos regocijábamos de oir aquella sarta de dichos 
y disparates que salían de la boca del señor 
Maestre-Escuela, y mucho más al ver las pan- 
tomimas con que acompañaba sus predicaciones. 
Una vez el santo varón se puso á horcajadas so- 
bre el pulpito, y así pronunció una oración dig- 
na de haberse conservado, no precisamente co- 
mo pieza literaria, porque nuestro buen hom- 
bre de todo sabía menos de eso, sino como mues- 
tra cómico-religiosa de un asunto serio puesto 
en chacota. Por lo demás era un excelente su- 
jeto. 

Otros personajes que vestían traje talar en 
los días de ceremonia, eran los señores Doctores 
y Maestros de la Pontificia Universidad de 
San Carlos Borromeo. 

Usaban capelo y borla. 
De verlos era cuando caminaban en cuerpo, pre- 
cedidos por los maceros y seguidos por bedeles. 



16 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

Hay una fábula de García Goyena sobre ellos, 
cuya lectura recomiendo. 

En la Pontificia Universidad se enseñaban las 
ciencias teológicas y las escolásticas, así coma 
el derecho romano y las ciencias médicas. Se 
cursaba allí mismo la filosofía y el latín, y en 
algún tiempo la lengua cachikel. 

Era de oírnos á los escolares de la clase de 
lógica defendiendo el pro y el contra, retorciendo 
los argumentos, y entusiasmándonos ó encoleri- 
zándonos por tiempos, como dignos sucesores 
de los ergotistas de la edad Media. 

Teníamos la cabeza llena de latinajos y nos 
encontrábamos ayunos de todo conocimiento 
positivo. — Nos sabíamos al dedillo las reglas de 
los silogismos y repetíamos con toda prosopo- 
peya aquello de: 

TerminiLH esto triplex: rnedius, mo jorque, minor- 
que. 

Ignorábamos la historia de nuestro país, y no 
teníamos sino conocimientos muy superficiales 
de geografía, gramática y matemáticas; pero po- 
díamos despertar la admiración de los sirvientes 
de nuestras casas al recitarles los famosos versos. 

Barbara, Clarevt Darii Feri, Baralipton, 

Y cuando llegaba el día de recibir el grado de 
Bachiller! Aquello era un acontecimiento de 
familia, en que se extendían manteles largos en 
el hogar. Comenzábamos por repartir profusa- 
mente un cartel de invitación, en latín, con le- 
tras doradas y en papel de bordes calados ó con 
adornos más cursis aún, invitando á los amigos 
de nuestros padres para que fuesen a oírnos dis- 
paratar sobre una proposición de Lógica, de 
Etica ó de Ideología pura. 



RAMÓN A. S ALAZAR 17 



Y el acto era solemne, en verdad. Allá, bajo 
el dosel presidencial, el señor Rector, algunos 
individuos del claustro de doctores, y la perso- 
na ó personas á quien se le dedicaba el acto; en 
las tribunas, los invitados de categoría, y en la 
galería nuestros compañeros del alma iv.ater. Y 
cuando aquel concurso estaba reunido, entrá- 
bamos, rapaces temblorosos, con una capa vieja 
de gro, cuyo alquiler nos costaba un peso, un 
bonete universitario bamboleándose sobre la co- 
ronilla y con un libro bajo el brazo, á tomar 
asiento al pie de la cátedra y sufrir allí un exa- 
men. 

Aquello era una especie de pugilato intelec- 
tual, una batalla entre el sustentante y los ré- 
plicas, en la que se lanzaban silogismos á man- 
salva y tratábamos de destruir las falacias ó 
deshacer las conclusiones de nuestro contrin- 
cante. 

El acto duraba una hora, pasada la cual el 
sustentante iba á arrodillarse ante el señor Rec- 
tor y á prestar el juramento en latín, quedando 
así incorporado eii la orden de bachilleres. 



III. 

LAS CARRERAS PROFESIONALES. — REFLEXIONES SOBRE AQUE- 
LLA ÉPOCA TEOLÓGICA. — DEFICIENCIAS EN LA ENSEÑANZA 
DE LAS CIENCIAS FÍSICO-QUÍMICAS. — LA BIBLIOTECA Y EL 
BIBLIOTECARIO. — CARENCIA ABSOLUTA EN LA UNIVERSIDAD 
DE CÁTEDRAS DE CIENCIAS POLÍTICO-SOCIALES. 



Dueños del título de Bachiller, ó lo que es lo 
mismo, hechos ya uuos filósofos, emprendíamos 
nuestros estudios mayores. En aquel tiempo 
no habían sino tres carreras abiertas á la juven- 
tud: así es que uno debía dedicarse á ser clérigo, 
ó abogado ó médico. 

Desde luego la carrera del sacerdocio era la 
que más prometía tanto en honra como en pro- 
vecho. Con un poco de aplicación y fortuna y 
un tanto de intriga, se i)odía atrapar un buen 
curato; y no había que pensar más en la vida. 
Un buen curato significaba: tener renta cuan- 
tiosa, buena casa en qué vivir, criadas á discre- 
ción, chajales^ molenderas y pinches, regalos sin 
cuento, dominio absoluto sobre los feligreses, 
participo activo en el gobierno del lugar y otras 
gollerías por el estilo. 

Pero imponía también tantas privaciones, al 
menos en la apariencia el estado sacerdotal, que 
no todos se atrevían á pasar por esas horcas 
candínas de la hipocresía ó del escándalo. 

Así es que los más, se decidían por la medici- 
na ó la abogacía, aunque no tuviesen grandes 
esperanzas de medro ni honores. 

Los altos destinos eran por entonces inacce- 
sibles á la gente plebeya. Con nuestra legisla- 



20 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



ción endiablada, y con los estudios tan incom- 
pletos que se hacían en Medicina y Legislación, 
abogados y médicos tenían en los tinterillos y 
curanderos rivales muy temibles. 

La carrera de Ingeniero no se conocía. Lo 
que sí había era agrimensores, aunque no es- 
cuela donde cursar ese arte, pues los que se de- 
dicaban á él, que eran pocos porque no era pro- 
ductivo, por estar estancada la propiedad terri- 
torial, tenían que recurrir á maestros particula- 
res. Lo mismo sucedía en la carrera de Escri- 
bano. 

Las cátedras de la Universidad de San Carlos 
se obtenían por oposición, sistema de que tuvo 
que prescindirse después porque convenía apar- 
tar de ellas á ciertas momias impenetrables á la 
luz de las ideas modernas, que se estaban allí 
con sus doctrinas y sus resabios antiguos ma- 
leando á la juventud. 

Veamos lo que se enseñaba en las aulas. 

La teología dogmática y el derecho canónico 
estaba aquí por entonces en su apogeo. Santo 
Tomás de Aquino era el filósofo de los filósofos 
para aquellas gentes, y la Summa el compendio 
de toda sabiduría. Bien conocida es la importan- 
cia de la teología de este padi*e de la Iglesia, no 
como sistema original, sino como resumen, bajo 
forma dogmática, de toda la gran teodicea de 
los primeros Concilios y todas las opiniones 
acreditadas desde San Agustín. Muy vecino á 
Abelardo en ontología y en metafísica propia- 
mente dichas, está muy lejos del filósofo bretón 
en teología. El amante y esposo de Eloísa es 
abierto, libre en la interpretación, llena su doc- 
trina de aspiraciones nuevas; Santo Tomás, por 



EAMÓN A. SALAZAR 21 



el contrario, es reservado inexorablemente en 
su círculo. Al leer su teoría sobre las penas 
eternas se sienten hervir las ideas de intoleran- 
cia que prevalecían en tiempo de la guerra con- 
tra los Albigenses, y que habían inf undido en la 
cristiandad un horror creciente, hasta el extre- 
mo de que al llegar al pie de sus altares, no se 
sabía bien quien ocupaba el puesto de honor, si 
Moloc ó Cristo. 

¿,Qué extraño es, pues, que con doctrinas tales 
nuestros teólogos fuesen intolerantes, y que en 
los círculos dominantes predominasen las ideas 
de fanatismo inflexible que hicieron de Gruate- 
mala el país más reaccionario y teológico de 
América'? 

En las ciencias positivas no íbamos mejor. 

La física y la química se enseñaban teórica- 
mente, sin aparatos ni cartas explicativas ni 
experimentos. En aquel tiempo no existían 
ni laboratorios ni gabinetes. Carecíamos de an- 
fiteatro anatómico, y la disección era mirada 
con horror.— Cuando uno piensa en situación 
tal, creería estar más bien en la época en que 
Vesalio tenía que ir de noche á los cementerios 
á extraerse los cadáveres para completar sus cé- 
lebres y fecundos estudios, que no en un país 
que se decía civilizado y progresista. 

Carecíamos también de libros de texto. La 
Biblioteca era una especie de Sancta Sanctorum 
inaccesible para los estudiantes. Don Cándido, 
un viejecito de montera negra y de genio atra- 
biliario, que era el encargado del establecimien- 
to, y por lo tanto uno de mis venerables antece- 
sores en el destino, jamás nos permitió traspa- 
sar los mnbrales del templo de la sabiduría. 



22 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

pues cuando lo intentábamos, nos despedía agria 
y descortesmente. 

Su constante ocupación era el sacudir el pol- 
vo de los infolios. Como se mantenía encerra- 
do y solo, posible es que haya entrado en comu- 
nicación con los respetables huéspedes del tem- 
plo de la sabiduría, y que éstos le comunicasen ó 
infundiesen su ciencia. Porque leer; ¡eso sí que 
creo no sabría el Bibliotecario! 

Sin embargo, nosotros lo mirábamos con mu- 
cho respeto como quien pasaba su, vida en tan 
buena compañía. 

Por mucho tiempo el Avendaño, libro de 
unas cien páginas, sirvió de texto de física. Los 
que conocen esa obrita, bien saben que es más 
elemental é incompleta que cualesquiera de las 
que hoy se leen en las escuelas primarias. 

En química jamás se estudiaba en todo el 
curso más que los metaloides, entes quiméricos 
para los alumnos, pues no los conocíamos sino 
de oídas. Y por el estilo iba lo demás. 

En la Universidad Pontificia no se estudiaba 
ni historia, ni derecho de gentes, ni economía 
política, ni derecho constitucional, ni literatu- 
ra; pero sí derecho romano, historia del derecho 
civil y derecho canónico — y las leyes de las si^ 
te partidas y las leyes de Toro, etc., etc., etc.';'^' 
con cuyo fárrago salían aquellos abogados re- 
pletos de una ciencia indigesta, que contribuyó 
á que tan triste papel hicieran cuando al si- 
guiente día de la promulgación de nuestros Có 
digos, se encontraron con la boca abierta y co- 
mo deslumhrados ante la luz radiante del dere- 
cho moderno, para ellos" desconocidos hasta en- 
tonces 



lY. 

)SÉ C^L¿ 
PAA^N.- 



LAS ESCUELAS PRIMARIAS DE BETLEN, SAN JOSÉ ^LAZANS Y 
SAN CASIANO. — LOS DÓMINES. — LA LEY DE PAVÓN.— MATE- 
RIAL DE ENSEÑANZA. — LOS MONITORES. — LAS LECCIONES. 
— LOS CASTIGOS. — LAS RECOMPENSAS. 



En el capítulo anterior hemos ^ visto la clase 
de estudios que se hacían en la* Pontificia Uni- 
versidad de San Carlos. 

Estudiemos ahora el sistema de enseñanza 
primaria adoptado en la misma época. 

En la capital de la República existían por en- 
tonces tres escuelas, bajo la advocación de San 
Casiano y la de San José Calazáns las dos pri- 
meras, que fueron fundadas por Francos y Mon- 
roy y la otra de Betlén por el Hermano Pedro. 
Dichas escuelas eran costeadas con fondos mu- 
nicipales; y el Muy Noble y muy Leal Ayunta- 
miento de marras, se permitía el lujo de tener 
dotados á los maestros que las regentaban con la 
enorme suma de $16, ni más ni menos. 

Verdad es que los dómines aquellos no eran^ 
dignos de mayor salario; y además cada uno de 
ellos se agenciaba algunos extras, exigiendo á los 
discípulos una candela de sebo los jueves, y un 
cuartillo de real los sábados, pagado á la 
hora de la azotaina general. 

No hablaré de la nunca bastante prepondera- 
da ley de Pavón, que prescribía como únicas 
materias de enseñanza primaria la lectura, la 
escritiu'a y las cuatro primeras reglas de la arit- 
mética, aprendidas maquinalmente, sin ejemplos 
ni explicaciones. Tampoco hablaré de los ejer- 



24 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

cicios de la doctrina, que tantas lágrimas costa- 
ban á los alumnos. 

fePara qué recordar aquel monumento de igno- 
minia para el partido conservador, si está defi- 
nitivamente juzgado por el país y por el mundo? 

Lo que conviene conocer son los métodos de 
enseñanza, las penas y los castigos á que se some- 
tía á los discípulos y la clase de hombres en cu- 
yas manos estaba la educación de la juventud. 

Mueble indispensable para el educando de 
aquella época era el bolzón de cuero que colga- 
ba de uno de sus hombros, y en el cual se guarda- 
ba el material completo de enseñanza. 

Consistía éste en la cartilla de San Juan, libri- 
llo espeluznante, que contenía la efigie del Evan- 
gelista, grabado sobre madera, el catón cristia- 
no, la moral de don José de Urcullú, el catecismo 
del padre Ripalda, plumas de avestruz, una na- 
vaja para tajarlas, cuadernillos de papel en blan- 
co, una barra de plomo con qué rayarlo, todo 
costeado por los padres del alumno. Lo único 
que proporcionaba la escuela eran las pautas, 
tablas de madera á las cuales estaban encolados 
unos hilos, y las que puestas bajo el papel y con 
ayuda del plomo susodicho rayaban la hoja en 
que debía el escolar escribir su plana. Se co- 
menzaba por los palotes, se seguía con los per- 5 
files, se pasaba á primera y así sucesivamente 
hasta llegar, con ayuda de algunos coscorrones, 
á ser un buen pendolista de letra española, re 
choncha, gorda, con pocos perfiles y mucha tin- 
ta, que los jóvenes del día ven como una cu- 
riosidad. 

Al llegar á la puerta de la escuela acostum- 
braban los alumnos santiguarse, tal así como lo 



RAMÓN A. SALAZAR 25 



hacían por ese mismo tiempo los toreros m la en- 
trada del Circo. 

Quiénes lo hayan hecho con más fervor y con 
más miedo, es cosa que no ha llegado á descu- 
brirse. Lo cierto es que por entonces eran más 
bravos los maestros que los toros. 

Hecho esto se encaminaba el niño, en llegan- 
do al Salón, hacia la imagen del Santo patrono 
de la escuela, y allí, de rodillas, invocaba su au- 
xilio para que le ikiminase el entendimiento, 
cosa muy indispensable según se verá después. 

Y entonces comenzaban las tareas. Concu- 
rrían á aquel valle de lagrimeas hasta doscientos 
alumnos, para los cuales no había más que un 
sólo maestro; de allí que éste tuviese que valer- 
se de los niños mayores de la escuela, quienes 
en la nomenclatura de la época se denominaban 
monitores^ vulgarmente tomadores; aunque propia- 
mente debía llamárseles verdugos de los más pe- 
queños de sus condiscípulos. 

En efecto, esos muchachos eran más (trueles 
aun que el mismo maestro. Orgullosos de sus 
altas funciones, no perdonaban á sus víctimas 
ni un punto ni una coma, y llevaban su cruel- 
dad hasta calificar de pésima la lección, si la 
criatura no ablandaba á aquellas fieras con al- 
guna dádiva. Las lágrimas no valían de nada; 
en cambio una bolita de caramelo, un trompo ó 
una cuerda verificaban prodigios. 

Duraba la clase cuatro horas seguidas por la 
mañana y tres por la tarde, sin descanso; horas 
mortales en que el niño no podía menearse, ni 
levantarse de aquellos bancos duros, altos, incó- 
modos, generadores de tantas deformidades. El 
estudio se hacía en voz alta, y de ese modo se 



26 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

daba la lección. ¡Imagínese la bulla que forma- 
rían doscientas voces en un salón estrecho y 
mal aereado! 

Dar la lección era repetir de memoria textual- 
mente un trozo del libro al Monitor, el que sien- 
do dueño de la situación lo señalaba más ó me- 
nos largo según su humor ó sus simpatías. (Jon 
tres puntos que tuviera, el niño era perdido: ha- 
bía que saberla de corrido; y como se usaba el 
sistema de preguntas y respuestas, apenas si 
dejaba tiempo a la víctima para recordar éstas. 

¡Pobres criaturas! ¡Cuántos sueños de espan- 
to deben haber amargado sus noches; con qué 
colores tan negros debe de haberse pintado la 
vida en sus almas inocentes ! 

Y sin embargo no era ese el momento más 
angustioso para ellos. 

La hora del llanto y de los gemidos, la hora 
del dolor y del gritar agudo era el medio día, en 
la que los Monitores daban cuenta de sus ta- 
reas. 

Entonces comenzaba aquel cuadro de horro- 
res, cuyo sólo recuerdo hace extremecerse ; en- 
tonces comenzaba la lluvia de azotes con calzón 
bajo, dados á los niños, cargados sobre las espal- 
das de sus compañeros más fuertes; entonces 
era el momento de los palmetazos, que hacían 
brotar sangre de las manos y que causaban el 
desmayo de muchos infelices, que no soporta- 
ban tan agudo tormento. 

Pero no bastaba eso. Existían además las 
penas infamantes que degradan al niño y le 
arrebatan el pundonor. Se exponía á los des- 
aplicados en las puertas ó las ventanas que da- 
ban á la calle, coronados con unas largas orejas 



RAMÓN A. SALAZAR 27 



de burro; se les hincaba en medio de sus compa- 
ñeros, con los brazos en cruz y dos pesadas pie- 
dras en las manos y granos de maíz en las rodi- 
llas por horas enteras; se les obligaba á detener- 
se en un pie por largo tiempo y se empleaban 
otros medios parecidos, que el bárbaro precep- 
tor corregía y mejoraba á su antojo, segiin su 
leal saber y entender. 

Excusado es decir que los pellizcos y los tiro- 
nes de orejas y estrujones se propinaban con 
tanta frecuencia que casi ya no se contaban en 
el número de los castigos. 

Alguno preguntará si para los estudiosos é 
inteligentes había alguna recompensa. 

Pues no lo había de haber! Si señor: Se 
les destinaba á que sirviesen de acólitos en la 
Santa Iglesia Catedral. 



v. 

LAS DIVERSIONES PÚBLICAS. — EL TEATRO DE CARRERA. — 
TATA BUCHO. — LAS LOAS Y LOS ENTREMESES. — LA ÓPERA 
ITALIANA. — LAS PRIMERAS B MLARINAS QUE SE VIERON EN 
GUATEMALA. - ESCÁNDALO DE LAS MADRES DE FAMILIA. — 
MAESTROS CÉLEBRES. — LAS TONADAS Y LOS SONECIToS. — 
EL ^'barreño" y el jarabe. — BAILES DE TACÓN DE HUESO. 
— LAS COMILONAS. 



Con sistema de educación tal como lo hemos 
descrito en nuestros artículos anteriores, fácil es 
darse la explicación porqué Guatemala era hace 
20 años uno de los pueblos más ignorantes de 
América. 

Veamos á que altura se encontraba en cuanto 
á civilización. 

Las diversiones predilectas de un pueblo, el 
cultivo de la poesía popular, su gusto por las 
artes, la clase de miisica que canta en sus horas 
de placer, son, sin duda, el mejor termómetro 
para juzgar á que altura ha llegado ese país en 
la escala de la civilización. 

Y tenemos que decir con dolor, que, aplican- 
do este método de investigación al pueblo de 
Guatemala, en la época en que terminaba el 
Gobierno del partido conservador, merecía en- 
tonces nuestro país el dictado de poco civi- 
lizado. 

Verdad es que en aquel tiempo se edificó el 
Teatro de Carrera, que es uno de los más boni- 
tos edificios de la capital. 

Pero yo me imagino que al construirlo aque- 
llas buenas gentes, tenían la misma idea que un 
escritor español proponía respecto al célebre 



30 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

benedictino fray Benito Feijoo: ''que se le le- 
vantase una estatua y se quemasen sus obras 
al pie de ella." 

En efecto; se edificó aquí un templo al arte y 
se habría querido quemar á los cómicos, quienes 
por entonces en la conciencia de los buenos ha- 
bitantes de Guatemala estaban fuera de la ley 
social. Durante mucho tiempo los actores es- 
tuvieron excluidos del derecho común, pues 
la sociedad no se ha decidido, sino hasta muy 
tarde, á considerar á la profesión dramática 
como un oficio honorable. 

El inolvidable ''tata Bucho," con su teatro 
ambulante y su partida de cómicos de la legua, 
nos recuerda los primeros ensayos del teatro 
español en tiempo de Lope de Rueda. 

Lo que si era entonces un género popular 
cultivado por la gente de los barrios eran los 
entremeses y las loas. Los entremeses se repre- 
sentaban por la pascua de Navidad, al son de 
los chinchines, los pitos de agua y los tambores. 
Las loas se hacían al aire libre, en teatros im- 
provisados, en medio del ruido atronador de las 
bombas, de los cohetes, de los toritos de fuego, 
y de todas esas diversiones semi-bárbaras, de 
las que salían tantas gentes contusas y mal 
heridas. 

Bien sabido es que la loa es un género de arte 
dramático, abandonado en la misma España ha- 
ce siglos, pues tuvo razón de ser en los albores 
del teatro. Y nosotros seguimos cultivándolo 
hasta cuando este siglo tenía más de setenta 
años. Y nosotros seguimos divirtiéndonos al 
ver en las tablas aquellas figuras alegóricas, co- 
mo el diablo, el diablo de la Edad Media, no el 



KAM(')N A. SALAZAR 31 



diablo moderno, encarnado en Mefistófeles (por- 
que hasta el diablo ha progresado en el mundo, 
menos ciertas gentes), echando llamas, rayos 
y truenos por .todos lados. 

Y mientras tanto nuestro Teatro Nacional 
por los suelos; en donde seguirá, sin duda algu- 
na, hasta que no se desaten las trabas que atan 
á las inteligencias y no se acaben de borrar las 
preocupaciones que existen contra los C(')micos. 

La ópera italiana comenzó á oírse entre nos- 
otros muy poco tiempo después de estrenado el 
teatro. Lo que no se vio sino hasta muy tarde 
fué un cuerpo coreográfico. 

Y á propósito de esto, pasó aquí una escena 
que mejor que ninguna otra, pinta la mojigate- 
ría de las gentes de aquella época. 

Asustado el pudor de las madres al ver, lo que 
llamaban la desnudez de las bailarinas expuesta 
á la mirada del piiblico, cuando llegaba la hora 
del baile, se cubrían la mitad del rostro con sus 
abanicos, haciendo que sus hijas ó se salieran 
de los palcos ó volvieran las espaldas hacia el 
escenario. 

Se dijo por entonces que el señor Arzobispo 
había excomulgado á la pobre Scotti y á su 
compañera la Rissi; aunque esto no nos consta 
de vista. Lo que sí podemos afirmar es que 
se elevó una exposición firmada por varias "ma- 
dres de familia," rogando al empresario que deja- 
ra el baile para última hora, para poderse retirar 
á tiempo con sus hijas. Mas como la mayor par- 
te de las cosas tienen su correctivo, no tardó en 
salir á luz otro papel suscrito por los "hijos de 
familia,-' i3Ídiendo que lo primero que se diese 



32 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



fuera el baile; aunque no recordamos en que se 
fundaba tan peregrina solicitud. 

La música ha sido un arte que se ha cultiva- 
do siempre entre nosotros con amor. 

Tenemos algunos nombres célebres entre 
nuestros artistas. — Benedicto Sáenz, dicen los 
que le conocieron, que tenía en su alma algunos 
reflejos del genio. El Maestro Juan de la Cruz 
es un nombre popular entre nosotros por sus 
inimitables sonecitos de pascua. Anselmo Sáenz 
fué en sus mocedades tan buen violista como 
hábil compositor: "El Pavo Real" perdurará en 
la historia de nuestra música. Pudiéramos 
citar otros nombres como los de Iriarte, Panla- 
guas, aunque todos juntos no bastan para que 
podamos afirmar que hay entre nosotros un ar- 
te que pueda llamarse nacional. 

Las "tonadas" y los "sonecitos," que tenían 
algún sabor á la tierra en que nacimos ya no se 
cultivan. 

La música clásica nos ha invadido, dando 
muei'te á aquellas manifestaciones del senti- 
miento popular, simbolizado en música. 

Lo que no cabe duda es que el corazón de 
nuestro pueblo, en la época que reseñamos, es- 
taba herido de muerte. — Sus cantos eran tristes, 
plañideros. Se adivinaba por ellos que una 
eterna agonía embargaba las almas, y que aque- 
llas notas quejumbrosas no eran sino la crista- 
lización de un dolor que se creía eterno; ese 
dolor de la persona impotente que ve perdida á 
la patria sin remedio, sin columbrar medio al- 
guno de salvación para ella. 

Esos fueron los cantos con que nuestros pa- 
dres arrayaban en sus cunas á los individuos 



RAMÓN A. S ALAZAR 33 



de nuestra ¡üjeneración, y que aun hoy entona- 
mos a solas, cuando la tristeza invade de nuevo 
nuestros pechos. 

Cuando oímos á los pilludos de este tiempo 
silbando por las calles la marsellesa, ó algún ai- 
re de Verdi ó de Grounod, no podemos menos de 
recordar aquellos cantos de agonía de maestros 
olvidados ó desconocidos, que nosotros silbába- 
mos también y que contribuyeron, sin duda, á 
hacernos una generación enfermiza, triste y des- 
esperanzada. 

Hasta los bailes han cambiado en estos últi- 
mos tiempos. 

El "barreño," "el jarabe," "el zapateado," que 
tan de moda estaban veinte años hace, se hallan 
hoy enteramente olvidados. La expresión "bai- 
le de tacón de hueso" ya no tiene sei^tido. Y 
sin embargo, en otro tiempo constituía una cos- 
tumbre verdaderamente nacional. De ver eran 
aquellas fiestas en que los humildes hijos del 
pueblo, á la luz de unas cuantas vdas de cebo, 
se reunían en sus modestos hogares, á celebrar 
el natalicio de alguno de los suyos ú otro ani- 
versario fausto. 

Se bebía entonces á copa llena el refino espa- 
ñol de 30^, el anizado de Mallorca, ó algún otro 
vinillo de lo viejo, si las fuerzas del anfitrión 
alcanzaban á tanto; ó algimas mistelas, como la 
"sangre de doncella," "cabeza de carnero" y de- 
más licores dulces, cuya clasificación hemos ol- 
vidado. 

Y cuando después de concluida la comilona 
de ley, en que no faltaban los patos y los chom- 
pipes rellenos, las sopas humeantes y olorosas, 
los alfeñiques y los almíbares de rechupete, se 



34 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

pasaba al baile y á las tonadas, al son de las 
guitarras y guitarrillas bien rasgeadas, era de 
verse entonces a aquellas buenas gentes, echan- 
do "bombas," en muchas de las cuales relucía el 
espíritu sutil del pueblo, 6 zapateando y tendien- 
do por el suelo sus pañuelos, para que su dulce 
tormento pasase sobre ellos, como sobre una 
alfombra olorosa arrojada á sus pies, por aque- 
llos sencillos amartelados. 

El piano era por entonces un instrumento 
que sólo se veía en las casas de los ricos. 
-^ Gruardamos en cartera una buena colección 
\de tonadas viejas, que algún día publicaremos.'\ 



VI. 

(Eh STJPERNATURALISMO. — ET^ '^ SOMBRERÓN/' EL '^CADEJO." — 
LOS RAYOS. — ROGATIVAS PARA LAS LLUVIAS. — EL ZAHORÍ. 
— LA TATUANA. — LA CUCARACHA. — CANIFASTÍN. — MIEDO 
Á LOS EXTRANJEROS. 



El superiiatiiralismo, tanto en lo individual 
como en lo social, pertenece á un poríodo defini- 
do de la vida. 

El niño se forja visiones que oscurecen sus 
días con el terror, y amargan sus noches con el 
espanto. — Así sucede también con las socieda- 
des nacientes. — Así sucedió con la nuestra; y 
aunque el estudio y recuerdo de esas preocupa- 
ciones es humillante en cierto modo, no por eso 
es menos lleno de interés. 

Por supuesto que no haré sino recordar al 
sombrerón" y ''al cadejo," los dos fantasmas 
que hace veinte años espantaban a los habitan- 
tes de "la ciudad de los caballeros de Santiago 
de Guatemala.'' 

El gran cometa del año de 1859, uno de los 
más hermosos que se han visto en el siglo, cau- 
so innumerables angustias en nuestro pueblo. — 
Quiénes presagiaban que tendríamos guerra 
pronto, quiénes que pestes y miserias. 

Hasta hubo algunos que á las altas horas de 
la noche oyeran pasar á ciertos perritos volando 
por el cielo, que eran los heraldos obligados del 
cólera morbus. 

Y no solo se temía á estos viajeros vagamun- 
dos del espacio, sino que abrigaban sobre los 
fenómenos naturales las nociones más erróneas. 



-ií 



36 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



Del rayo se decía que era una manifestación de 
la cólera de Dios, para aplacar la cual no había 
otro remedio que el de usar unos ramos que se 
vendían por semana santa. 

Aunque en esto de hacer uso de plantas como 
preservativo contra aquel meteoro, no andan 
solos los fanáticos de Guatemala. En el Hin- 
dostán, hace algunos siglos, acostumbraban sus 
habitantes rodear sus habitaciones con plantas 
grasas; los alrededores del templo de Apolo, en 
Atenas estaban sembradas de laurel, y los estrus- 
cos se coronaban con hojas de viñas blancas en 
las grandes tempestades. 

Lo que no sabemos si hacían los antiguos es 
lo que los guatemaltecos practicaban á la hora 
de las tormentas: subirse á los campanarios y 
repicar recio. 

El primer pararrayos que aquí se conoció fué 
el de las torres de Catedral, del que se decía que 
terminaba en un l)rillante que se veía relucir de 
noche. — Alguna anciana devota hizo la obser- 
vación de que aquel aparato era cosa non ^ancfa, 
pues el sólo hecho de apuntar para el cielo olía 
á algo como á heregía. 

En mayo sacaban en i)rocesión á una virgen 
llamada del Socorro, que tiene una larga histo- 
ria, la cual relata Juarros. 

¿Cuál el objeto de esa procesión f se pregun- 
tará. 

Pues uno muy interesante: el que lloviese. — 
Y el milagro era seguro, á no dudarlo, pues de 
ese iiies hasta septiembre teníamos lluvias abun- 
dantes. 

Verdad es que hoy sucede lo mismo, y creo 



RAMÓN A. SALAZ AR 37 



<|ue así seguirá por los siglos de los siglos, aun 
8Íu necesidad de esa intercesión. 

La langosta es un huésped terrible que ha he- 
<^ho frecuentes visitas á la República. Bien sa- 
bido es, que es muy difícil el impedir sus perju- 
diciales invasiones, pues ni aun surtía el medio 
empleado aquí, no ha mucho, ó sea el de los 
exorcismos hechos por el cura, á la cabeza de 
sus feligreses y los salmos y procesiones para 
ahuyentar aquella plaga. 

Las fiestas religiosas eran antes más concu- 
rridas que hoy día. Cada barrio celebraba las 
♦suyas. Los Corpus del Calvario y de Candela- 
ria constituían un verdadero acontecimiento y 
i^ran motivo de alegría y de regocijos para esta 
ciudad, en donde el año entero se moría uno de 
tedio y d(^ fastidio. — Pero eran más que eso; 
pues se ()riginal)an riñas y pendencias verdade- 
ramente sangrientas; iqué de cuchilladas, Dios 
mío, y qué muertes no se veían en esos días! 

Tiempo hubo en que muy pocas gentes se 
arriesgaban á ir solas por la Parroquia ó el ba- 
rrio de la Habana, por temor de los asaltos y de 
los robos, no en despoblado sino á la vista y pa- 
<nencia de los ''perejiles," cuyo nombre se daba 
á la policía de la época, que era un cuerpo de 
indios descalzos, vestidos de dril ó de cotí, con 
sombreros de petate, y armados de un chafarote 
que arrastraban por el suelo. 

Los robos tampoco escaseaban; mas para en- 
contrar la cosa hurtada ó la perdida, había ade- 
más de la justicia un recurso de que hoy, con 
dolor de ciertas gentes, carecemos. 

Me refiero al famoso zahori de ''Las Vacas." 

Aquel hombre era un prodigio; á él ocurrían 



38 RECUERDOS DE MI JUVENTUD^ 

los aiñantes sin esperanza, los maridos celosos,, 
las cotorronas desengañadas. 

Conocí en mis mocedades á aquel mudo céle- 
bre, a cuya casa me llevó la fama, en compañía 
de algunos amigos. Uno de ellos, andaluz re- 
cién llegado al país, que aun vive aquí para sa- 
tisfacción de los compañeros de su infancia. 

Y ''mala la hubisteis franceses en Roncesva- 
Ues," pues el estafermo aquel, que tenía todas 
las señas y caracteres del idiota, por más que 
meneó las tijeras é hizo sus invocaciones, no 
nos adivinó nuestros secretos, ni trajo a nues- 
tras almas la esperanza, que creemos perdida 
todos los hombres cuando nos comienza á som- 
brear el bozo y el corazón siente sus primeros la- 
tidos de vida. Resultado: que mi amigo el es- 
pañolito estuvo á punto de asaltar a aquella ma- 
sa de mentiras, que hubo algún tirón de orejas 
y que la partida de muchachos nos retiramos 
riéndonos del oráculo tan afamado. 

Otra persona célebre por esos días era la ''Ta- 
tuana." Se contaban de ella mil prodigios,, 
pues se le tenía por hechicera. Alguno decía 
que en el siglo pasado había estado presa en las 
cárceles de la Inquisición, en donde hubiera 
muerto, si no hubiese recurrido al arbitrio de 
pintar un barco en la pared, meterse en él y es- 
caparse de ese modo de sus perseguidores. 

La infeliz era una pobre loca, que con la ''Cu- 
caracha," otra pobre demente, y "Canifastín," 
un desgraciado inglés, loco también, á quien se 
atribuía el que robaba á los niños para comérse- 
los, eran las víctimas del ludibrio de las gentes. 

Y á propósito; no era sólo ese desgraciado á 
quien se acusaba de comerse á los niños. Una 



RAMÓN A. SAL AZAR 39 



noche presencié una escena, que quizá se me 
gravó por ser aún muy niño. Los señores Ber- 
tholin estaban recién llegados al país y acaba- 
'Baii de establecer su cervecería, que fué la pri- 
mera que aquí se conoció. Vivían en la casa 
pequeña, llamada de ''Morga" y una multitud 
de verduleras rabiosas asechaban la puerta de 
la casa, pidiendo á voz en cuello que les devol- 
viesen á un niño, á quien suponían que querían 
comerse aquellos extranjeros. 

Lo dicho no es una acusación contra el parti- 
do conservador, ni se escribe con el ánimo de 
zaherir susceptibilidades de ninguna clase. Trá- 
tase sí de pintar al vivo aquel atraso vergonzoso 
aquella ignorancia supina en que se hallaba el 
pueblo veinte años hace y del cual nos ha salva- 
do la Revolución por medio de la escuela. 

¿No tenemos razón en decir que veinte años 
hace vivíamos en plena Edad Media, por las 
preocupaciones del pueblo, poi' su ignorancia, 
por sus terrores*^^ 



Til. 

EL CORPUS DE LA CATEDRAL. — SE ASEABAN LAS (^ASAS SOLA- 
RIEGAS. — LOS NOBRES BEBIENDO CHAMPAGNE Y COMIENDO 
NUEGADITOS. — SE DABAN LOS TÍTULOS DE USÍA Y EXCE- 
LENCIA CON MUCHA PROSOPOPEYA. — TIPOS. — LA NOBLE 
DAMA DE CRINOLINA. — EL ALTO EMPLEADO DE FRAC AZUL, 
PANTALÓN BLANCO Y CHISTERA REIATMBROSA.— LOS ARTE- 
SANOS. — LAS MENGALAS. — '^EL CORPUS." — EL* BIRLOCHE 
DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO. 



El Corpus de la santa iglesia metropolitana era 
la gran fiesta de la aristocracia, la fiesta de las 
gentes de la calle real. 

Para celebrar ese día se sacudían las casas 
solariegas, cuyas ventanas se abrían de par en 
par,á fin de exhibir al público el muy majestuoso 
espectáculo de ver congregadas á aquellas gen- 
tes, bebiendo sendos vasos de Champagne en 
sus salones apestosos á época colonial. 

Yo recuerdo haber pasado de la mano de mi | 
buena madre, una sencilla mujer del pueblo, j 
deteniéndonos con la multitud á contemplar a los 
señores, quienes vestidos de negro, dándose unos 
á otros el título de excelencia ó de usía, llenos 
de prosopopeya, saboreaban lentamente y con 
fruición ante un público de curiosos, largas copas 
de vino espumoso (entonces las copas de Cham- 
pagne se usaban largas) y con beatífico conten- 
to, como que habían comulgado en la mañana, 
con voz meliflua y gestos llenos de unción se brin- 
daban linos á otros dulcecillos de masapán, tárta- 
ras y turrones; hablando de sus antepasados, aque- 
llos españoles aventureros que vinieron á las 
Indias en los pasados siglos, esquilmaron abo- 
rígenas, robaron las reales ar(ías, vendieron su 
-conciencia y su honra en cambio de algunos 



42 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



centenares de pesos, con los cuales compraron 
los títulos nobiliarios cuyos blasones y armase 
subsisten hoy como recuerdo histórico, en la 
parte superior de algunas antiguas casas. 

Y cuando habíamos presenciado aquel espec- 
táculo gratis, entre risueños, burlones y algún 
tanto sedientos, nos íbamos á apagar esta sed, 
nosotros plebeyos, á la plaza mayor, lugar de la 
fiesta, y allí por medio real, nos bebíamos satisfe- 
chos un vaso de blanca horchata de arroz, el 
champagne económico de los pobres, ó una tasa 
de rosicler. 

Y entonces comenzábamos á ver ^1 desfile. 
Por allí pasaba la gran dama vestida de gala^ 

olorosa á agua florida de Lanman y Kemp, (> 
agua de Colonia de Juan M. Farine etc., que eran 
los perfumes de la época, con saya de gró crugien- 
te, de color chillón rojo, verde ó amarillo en- 
cendido, cubriendo una esponjada crinolina 
que hacía parecer á la dama al andar una 
campana mayor, oscilando; cubierta por arriba,, 
con un pañolón bordado, también de seda, de 
valor de más de doscientos morlacos; los dedos- 
cuajados de anillos, el pecho lleno de cadenas 
de oro de 18 quilates, y pendientes en las orejas 
en forma de torres de muchos pisos, y que cas- 
Íes llegaba á los hombros; por allí el alto emplea- 
do, de pantalón blanco, frac azul con botonadu- 
ra de oro, botas de charol l*on cañones colora- 
dos, bajo el brazo bastón con borlas y pomo de 
oro, el cuerpo tieso, el mirar severo, como de 
persona que se respeta y que sabe que las mira- 
das de sus conciudadanos están sobre él, termi- 
nando por arriba aquella figura clásica con un 
sombrero de pelo no siempre á la última moda, 



RAMÓN A. S ALAZAR 43 



pero sí relumbroso. Por allí el artesano con su 
traje dominguero y su chaqueta clásica de paño 
ñno, calzado, si era maestro de taller, ó sin zapa- 
tos si era oficial ó simple apreudiz. (No hay 
que olvidar que en aquel tiempo, si algún arte- 
sano se hubiera atrevido á usar chaquet ó levi- 
ta, cuando menos se habría expuesto á ser el 
ludibrio de las gentes de su clase, sino quizás á 
la censura de los señores que monopolizaban 
aquellos trajes para ellos.) Los artesanos no 
usaron levita y guantes sino hasta después de 
1871. Y para no olvidar á ninguno de los concu- 
rrentes, se veían también por allí á otros hijos 
del pueblo, vestidos de dril blanco ó de cotí 
modesto, con sombrero de palma, medrosos y 
admirados de ver el lujo de los ricos, ó enamo- 
rados de la mengala airosa de color trigueño, la 
que con su meneo zandunguero iba hacien- 
do resaltar el corte de su saya de merino ó de 
indianilla, y arrebatando corazones. 

Y no era para menos, al verlas tan remonas 
con sus pendientes y soguillas de metal falso, 
adornadas de piedras ídem, camisa escotada esti- 
lo primer imperio, que dejaba entrever los se- 
cretos de un turgente y robusto seno, y aque- 
llos brazos bien torneados que sabían manejar 
con secretos de coquetería, sólo conocidos de sus 
dueñas, el oloroso chai salido de los telares de 
Mogoyón, ó el de seda venido de San Salvador. 

Y cuando toda esa multitud abigarrada esta- 
ba reunida en la espaciosa plaza, que en aquella 
época era vm desierto empedrado, sin más ador- 
no que la mala fuente que no hace mucho fué 
demoüda, entonces bajo una lluvia de ñores que 
caían de lo alto de la iglesia, de rodillas todos 



44 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

• 

veíamos salir al Santísimo precedido por el vene- 
rable cabildo eclesiástico, los párrocos de la 
capital, los individuos todos del clero secular 
con sus casullas más lujosas, las comunidades 
religiosas, que eran muchas, los colegios de azu- 
les y colorados, la Archicofradía del Santísimo 
Sacramento, los canónigos etc., etc., todos con 
vela en mano, y seguidos de las tropas de la 
guarnición; cortejo majestuoso é imponente que 
desfilaba bajo un toldo de lona tendido en los 
cuatro costados de la gran plaza de armas, en 
cada una de cuyas cuatro esquinas había un 
altar más ó menos lujoso, en el que se hacía una 
estación para cantar á grande orquesta y por 
los coros de la Catedral los himnos sagrados 
cuyo secretos sólo han sido revelados á los Bach, 
á los Handel, á los Gounod. 

Estas son las reminicencias de mi infancia 
respecto á aquella solemnidad; á las que puedo 
agregar la de una carroza colorada con filetes de 
oro, que se hizo construir en Bélgica y que según 
entiendo fué estrenada en el año de 1859; tirada 
por cuatro caballos enjaezados ricamente y 
manejados por el cochero de la casa de Aycine- 
na, á quien pertenecía este privilegio, y que to- 
dos los años acompañaba á esta procesión. 
r-v B.especto á otros pequeños detalles, poco ten- 
dré que agregar, pues los juguetes que consti- 
tuyeron las delicias de los niños de mi genera- 
ción, eran de la misma clase de los que hoy se 
venden por esos mismos tiempos. Los micos, 
los forlones y los birloches, el jigante que tan 
pronto pone su cabeza sobre la planta de los pies 
como la vuelve á su lugar, todo eso lo conocimos 
nosotros, ¡oh niños que hoy comenzáis á vivir! 



VIH. 

LOS OTROS (ÍORPUS. — ESPECIALIDAD DE CADA BARRIO. — LEC- 
CIONES OBJETIVAS. — LOS JIGANTES. — LA TARASCA. — MAS- 
CARADAS DE INDIOS SALVAJES. — FATAL INFLUENCIA DE 
ESAS VISIONES HORRIPILANTES SOBRE SOS NIÑOS. 



Los Corpus de los barrios eran más democrá- 
ticos que los del sagrario, y tenían cada uno 
tinte de sabor local. 

El del calvario era famoso por los buenos 
pepianes con que los vecinos del lugar obsequia- 
ban á sus visitantes; el de la candelaria por las 
morcillas picantitas y aromáticas, fabricadas 
con el mismo objeto y cuyo secreto de prepara- 
ción se reservaban los obsequiantes; el de santo 
Domingo, porque la concurrencia consistía, no en 
la gente levantizca y acuchilladora, sino aquella 
masa tranquila y sufrida que tenía las apa- 
riencias de una clase media, sino encariñada al 
menos indiferente al estado en que entonces se 
hallaba la República. 

Los Corpus por entonces eran una especie de 
fiesta social. 

Sacrificio en el templo y manteles largos en 
las casas: he ahí como pueden describirse aque- 
llas festividades. 

Pero había algunas otras cosas que los hacían 
interesantes. Juzguen los lectores por lo que 
voy á contar si vivíamos en el siglo XIX ó en 
plena época de ignorancia. 

Como carecíamos de enseñanzas etnográficas 
en nuestras escuelas, de ahí que aquellas gentes 
tan afanadas en instruir al pueblo, se aprovecha- 



46 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



sen de esas fiestas para proporcionarnos algu- 
nas lecciones objetivas, gratis se entiende. 

Nosotros sabíamos de algunos audaces via- 
jeros, que se habían atrevido á llegar hasta los 
pinineos^ país de chiquitines, que vivían cabeza 
abajo, precisamente en el extremo opuesto del 
eje terrestre, correspondiente á Guatemala. 

También sabíamos (^ue había otro país muy 
distinto del de aquellos enanos, habitado por 
unos hombres altos y corpulentos, llamados 
los gigantes. Y de que existían no cabía 
duda, pues a principios del siglo vino por aquí 
uno de apellido Salmerón, que se exhibió por 
un real. — por precio de entrada. — De allí un di- 
<3ho que aun suele oírse: ''más alto que un Sal- 



merón." 



En donde estuviese aquel país nunca se nos 
llegó á decir. Pero lo cierto es que las efigies 
de sus habitantes salían bailando en los corpus, 
y esto bastaba para que no nos quedase duda de 
su existencia. 

Y en efecto, en aquellos días en son de con- 
vite veíamos danzar por las calles al son de ins- 
trumentos indígenas, unos muñecones de tres va- 
ras de alto, blancos los unos, negros los otros; to- 
dos con sus correspondientes compañeraso, 
haciendo piruetas, meneando al compás de una 
música macabra sus dislocados y largos brazos, 
saludándose unos á otros, peleando con la Tarasca 
-aquel engendro del sur del país de Francia, y 

^sto era bastante para convencernos de dos 

cosas: 1? de su existencia innegable; 2? de su 
utilidad positiva, pues Dios los había creado 
para ser los vencedores de aquel ser maligno que 
tan pronto tomaba las formas de un serpentón. 



RAMÓN A. SALAZAR 47 



-como se cambiaba en la de una mujer horrible 
y espantosa. 

Pero no era eso todo. Aquello puede decirse 
que era lo trascendental de lo que pudiéramos 
llamar la edad fabulosa de la fiesta que se cele- 
braba. Aquellos símbolos habían sido importa- 
dos de Europa por nuestros buenos conquista 
dores. Les pertenece á los países meridionales 
de dicho continente por derecho de invención. 

Mas América tuvo sus mojigangas propias 
para la mayor solemnidad del corpus: de ahí la 
invención de las mascaradas de xicaques, chonta- 
les y talamancas^ bailando también en la festi- 
vidad. 

Había en otro tiempo en Guatemala un nego- 
cio que hoy ya no se conoce. Era el de alquilar 
para la fiesta del corpus, ó para los bailes de 
''El Volcán" y "El Palo," mascarones y trajes á 
los indios. 

¡Qué mascarones! lectores. 

¿Conocéis los que usan los chinos, no es ver- 
dad? Pues con ser tan feos, comparados con 
los de nuestros indios, os parecerían Adonis. 

Aquello realizaba la concepción espantosa de 
la más horrible fealdad! 

Diablos, Grorgonas, Medusas, confundidas en 
una danza infernal, con bocas de oreja á oreja, 
llenas de sapos y de culebras, ojos lujuriosos de 
condenados, narices como antros fétidos, cabe- 
lleras de serpientes, llevados por una pandilla 
de indios disfrazados de diablos ó de salvajes de 
nuestros bosques, golpeándose entre sí, y ame- 
nazando á los espectadores, que corrían en tro- 
pel tras ellos para oír las "relaciones" endemo- 



48 ' RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



iliadas que al son de la ''carraca" (instrumento 
indígena) se decían entre ellos. 

¡Figuraos qué impresión causarían en la mente 
de los niños aquellas monstruosas visiones! 

fePor qué reían los adultos? 

¿Cómo conciliar la alegría de los grandes, sus 
carcajadas y aplausos, con el espanto de los chi- 
cuelos, ante aquella apoteosis de lo feo? 

Los griegos ponían á la vista de la juventud, 
las estatuas más bellas y los más acabados mo- 
delos de su portentoso arte escultórico; los ejer- 
citaban en las carreras y en el juego del aro; no 
tenían embarazo en exhibir en el circo á los jó- 
venes, desnudos, jjara que se admirasen sus for- 
mas atléticas: todo para hacer que prendiese en 
las almas el amor de lo bello y de lo fuerte; y 
aquí, se daban en espectáculo, seres monstruo- 
sos, sombras del averno, figuras macadábricas, 
concepciones de cerebros con delirio de lo feo! 

Preguntad entonces ¿por qué no hemos teni- 
do artistas, por qué somos tan pobres en pro- 
ducciones del género de lo bello y de lo clásico? 



IX. 

LA IMPRENTA, GASTOS DE ESCRITORIO É IMPRESIONES OFICIA- 
LES. — "LA GACETA.'' — "LA SEMANA." — EL DÍA DOMINGO.— 
FIESTAS DE IGLESIA. 



En la época de mi infancia no había en Grua- 
temala sino un escritor, y ningún periodista en 
el sentido más lato de la palabra. 

Para una población de 1.200,000 almas repar- 
tidas en la superficie de 4,500 leguas geográfi- 
cas, no existían por aquella época sino dos 
malas imprentas en la capital : la de La Paz y la 
de La Aurora, y ninguna en los departamentos. 

No se leía ni se escribía, y se gastaba muy 
poco en enseñar á los niños á hacerlo. 

En el año de 1858, gastó el Gobierno en im- 
presiones oficiales la suma de $516.35 

En el de 1865, año famoso de la muerte del 
General Carrera, figuran las siguientes cifras por 
sí mismas muy elocuentes: 

Impresiones oficiales $8,417.2 J 

Instrucción Pública ... 1,647.2¿ 

Gastos de escritorio en todas las 

oficinas l,078.1i 

Por aquella fecha no se publicaba en toda la 
repiiblica más que dos periódicos: La Semana y 
La Gaceta, ambos oficiales. 

Era el primero un papelón amarillo oloroso á 
edad media y á sacristía. 

Órgano de un Gobierno de holgazanes y de 
gente mística, allí se estaba el papelón boste- 
zando cada ocho días los acuerdos y decretos de 



50 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

SUS amos, y dando noticias atracadas de más de 
un mes de los sucesos de Europa venidas por el 
Paquete Inglés. 

El ''Paquete" llamaban á aquellos paquetes 
de la correspondencia del exterior; y con lo que 
extractaban de algún periódico, llenaban las 
columnas de la Gaceta, que cada semana nos 
suministraba muy interesantes noticias sobre la 
salud de Su Santidad Pío XIX ó los gestos y 
dichos de Su Majestad Napoleón III y las cóle- 
ras y tiranías del Czar de todas las Rusias. 

Notas literarias ó científicas, ningunas. Del 
movimiento político y de los progresos la de liber- 
tad en las Repúblicas de Sud- América, algunas 
cuantas diluidas convenientemente y con el co- 
rrectivo necesario. 

Parecían esas noticias como una especie nue- 
va de fábulas políticas, á las que nuestros hom- 
bres del poder se encargaban de ponerles la mo- 
raleja, en provecho de la grey estúpida por la 
cual se habían encargado de pensar. He allí la 
Gí-aceta: vieja gruñona, remilgada y religiosa. 

La Semana tenía aires de doncella anémica. 
Era así como una niña pusilámine devota y 
aristoíírática, que sabía reírse, cuando Salomé 
Gil, ponía manos en ella y le tocaba los casca- 
beles. 

Pusilámine, lo era en alto grado, como que 
el menor ruido de revolución, la ponía en 
miedo. 

Devota, era también la niña, y tanto que sus 
ocupaciones preferentes eran las crónicas reli- 
giosas y las demás fiestas de iglesia, complacién- 
dose en informarnos de las idas y venidas del 
señor Arzobispo, y sus estimables auxiliares. 



RAMÓN A. SALAZAR 51 



los canónigos, clérigos y frailes que habitaban 
como hormigas en la República. 

Aquí en la capital no había sino dos bocas 
abiertas: la del mascarón del correo que se tra- 
gaba la correspondencia, y la de la Semana, tras 
de cuya esfinje hablaban nuestros mandatarios. 

Los demás nos manteníamos callados cabiz- 
bajos y refunfuñantes. 

Dormíamos durante ocho días el sueño inte- 
lectual de quien no tiene nada que leer, para 
despertarnos los domingos é indagar que había 
l^asado en el mundo. 

El día del señor er^t entonces el de más movi- 
mentado en la capital. 

Se levantaban nuestros padres desde muy 
temprano, sacaban de sus cofres los vestidos 
domingueros (los armarios y cómodas era en 
aquel tiempo muebles de gente rica) tomaban 
su chocolate y se comían dos ó tres olorosos 
tamales, negros, dulces y con pasas ó colorados 
y picantes, se persignaban al salir á la calle y se 
dirigían á oír el Santo Sacrificio. 

De la cinco de la mañana para las nueve era tal 
el ruido producido por las campanas, llamando 
á los fieles á misa, que más bien parecía aquello 
un aquelarre en noche de Sabat, que no una 
mañana en día del señor. 

Concluida la misa regresaban los pobres vie- 
jos contritos pero alegres, y tomaban el almuer- 
zo; y contento el corazón con este refrigerio se 
lo llevaba de nuevo á la iglesia á oír la homilía 
del señor Canónigo Puertas (un tuno escapado 
de Ceuta) ó el del señor Obispo de Trajanopohs, 
in partibus iiifidelium, los dos más célebres pre- 
dicadores de la época. 



52 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

Regresaban otra vez á la casa, rellena el alma 
de citas latinas é iban de nuevo á la mesa á las 
dos de la tarde (el p. m. poi^t meridian no se usa- 
ba entonces, porque aquella gente no sabía de 
latín) y entonces se ponían á leer la Semana con 
lo que se quedaban dormidos infaliblemente, 
haciendo la clásica siesta que duraba dos horas 
después de las cuales se levantaban y se ponían 
una vez más camino de la iglesia á visitar á 
"Nuestro Amo" ó á rezar un rosario de quince 
misterios, con cuyas prácticas piadosas habían 
santificado el día, yéndonos contentos á la 
cama. 

Y cómo no habíamos de estar contentos si 
nos habíamos divertido y atiborrado todos de lo 
fino! 

Misas, tamales, sermón, periódico, rosario, los 
padres; nosotros niños, nuégados, tártaras y 
bocadillos. 

Razón había para exclamar : 

Vivan los clérigos que nos dan alimento para 
el alma, ó en lenguaje de iglesia: Alfalfa espiri- 
tual liara los borregos de Jesucristo. 

¡¡ Viva el Gobierno que publica su periódico 
valor de medio real el número, el soporífero más 
seguro de los conocidos !! 

Y nosotros los niños: 

¡¡Vivan nuestros padres quienes que en com- 
pensación de los azotes y coscorrones recibidos 
en la escuela durante la semana, nos ha dado un 
real para comprar dulces, frutas y trompos !!! 




EL MES DE DICIEMBRE. — AIRECILLO DE VACACIONES. — LAS 
FIESTAS DEL MES. — LOS REZADOS. — EL TEATRO. — LOS 
TOROS. — CAPAS Y PICADORES CÉLEBRES. — DON PEDRO 
PALO Y DOÑA MARÍA DE LOS GATOS. — CHON EL EL MICO 
DEL HOYO. — LAS MASCARADAS. — MOROS Y CRISTIANOS. — 
EL REZADO DE CONCEPCIÓN.— LAS FIESTAS DE LAS FLORES. 
— LCS COHETES, LOS TORITOS, LAS LUCES DE COLORES. — 
GUATEMALA, EL EMPORIO DE LAS LUCES.-- REFLEXIONES. 



* 



Siempre ha sido el mes de Diciembre el tiem- 
po más alegre en Guatemala. 

¿Quién que fué ó es estudiante, no distin gue 
ese aireeillo perfumado, frío, reconfortante, lla- 
mado por antonomasia entre los del gremio ''ai- 
re de vacaciones," el cual comienza á soplar 
desde Noviembre, y llega como présago d e di 
chas inefables, pues anuncia la vuelta al hogar 
paterno, los dulces besos de la madre y el des- 
canso en el seno de la familia^/ 

Por una grata ilusión siempre me pareció en 
mi juventud, que el cielo en aquel mes era m as 
azul, y el ambiente más puro; é inflado el pee ho 
de goce, las gentes todas nos dábamos á div er- 
tirnos con las ñestas innumerables de aquel los 
días privilegiados. 

Teníamos los rezados de Concepción y de 
Guadalupe, con sus respectivas octavas, el de las 
Espinozas, el de la ''O"; las fiestas de Noche- 
buena, la de San Silvestre; loas al aire libre, en- 
tremeses en las casas, arcos y alfombras de flo- 
res, famosas sobre toda comparación las del 
Santuario; dramas de capa y espada en el tea- 



54 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



tro; toros en el circo, en donde volvíamos á en- 
contrar, después de un año de ausencia, á aque- 
llos nuestros héroes predilectos que se llamaban 
''Sambumbia" y No Tapaderas, famosos picado- 
res, y ''Petaca" y "el Zurdo," las dos capas más 
famosas que ha producido Guatemala. 

Eso, sin perjuicio de las alegrías sin cuento 
que nos proporcionaban en la misma plaza don 
Pedro Palo y doña María de los Gatos, el juego 
Colonial de los "Voladores," que con tanta gra- 
cia describe nuestro Landívar, el palo ensebado, 
y el grande entre los grandes, el nunca olvidado 
Chon, "mico del hoyo." 

Pero había más; en los buenos tiempos salían 
por ese mes, por las calles, cabalgatas de moros y 
cristianos del tiempo de las Cruzadas y de Sala- 
dino el Magnífico. 

Yo encontraba á los caballeros cristianos un 
poco ridículos, con sus trajes de linó blanco 
cortados á la moda de aquellos tiempas heroicos 
en que España luchó con la morisma. Se me 
figuraba que los vestidos tenían nnichos buches, 
poco estéticos y que estaban sobrecargados de 
adornos y lentejuelas. 

Los pendones de Castilla y las oriflamas eran 
airosos; pero los caballeros, de verdad que no me 
satisfacían, pues los pobres mestizos que hacían 
de tales, estaban muy lejos de realizar el ideal 
que me había formado de los guerreros castella- 
nos de los tiempos heroicos. 

No así los moros. 

Cuando los veía pasar en sus briosos corceles, 
con alfanjes en la mano y reluciendo al sol, la 
media luna de sus turbantes, me forjaba la ilu- 
sión de ver efectivamente á aquellos guerreros 



RAMÓN A. SALAZAR 55 



victoriosos, de tez bronceada como los nuestros, 
que imsieron en espanto a Europa y dieron á Es- 
paña leyes, artes, poesía y civilización. 

Durante el presente siglo ha habido cuatro 
grandes festivales en Gruateniala, de esos que 
no se olvidan, y cuyo re(uierdo se trasmite de 
generación en generación. 

Uno de ellos fué la ^'jura" de Fernando VII 
en 1808; el segundo la proclamación del dogma 
de la Inmaculada Concepción, que se celebró 
aquí el año de 1855; el tercero, la inauguración 
de nuestra primera vía férrea, que llegó á Guate- 
mala en 1884, y el último, las fiestas del Cente- 
nario del descubrimiento de América por Colón, 
en 1892. 

Nos encontró el siglo, monárquicos, celebran- 
do al más odioso de los déspotas y al más ingra- 
to de los reyes; y nos despedimos de él, conme- 
morando la más grande de las aventuras que re- 
gistran los anales de la Historia y al más simpá- 
tico de los héroes que han honrado á la huma- 
nidad. 

Mas volvamos á los '^Recuerdos," que en escri- 
tos como éste, huelgan consideraciones ñlos'»- 
ficas. 

El 8 de diciembre era día clásico en Guatema- 
la en otro tiempo. Los jóvenes de la actual ge- 
neración no podrían formarse juicio de el, por 
las fiestas que aún se celebran y que no son sino 
triste y pálido recuerdo de las de antaño. 

El gran acontecimiento del día era la proce- 
sión triunfal de la imagen de la Virgen por las 
calles principales de la ciudad. Comenzaba la 
apoteosis á las cuatro de la tarde en las puertas 
del grandioso templo de franciscanos; pasaba la 



56 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

imagen rodeada de inmenso concurso, bajo el 
azul del cielo, entre cánticos de alegría y so- 
bre alfombras de flores por la Calle Real y de 
allí se dirigía al templo de Santa Teresa. 

¡Oh pueblo! Nunca te vi más artista, en 
medio de aquel fanatismo ciego que abrumaba 
tu conciencia y obscurecía tu razón! 

Festejabas la belleza, la virtud, la maternidad 
de la más admirable de las criaturas. 

Y llegaban las siete de la noche, hora en que 
el sol había apagado sus luminarias, y el cre- 
púsculo escondido el cambiante de sus celajes. 

Y la calle de ''Chispas" se transformaba en 
vía ardiente de luz. 

Un tamborón inarmónico, tocado por un in- 
dio, abría el cortejo; siguiéndolo y formando una 
algazara iu descriptible, marchaban, saltaban, 
gritaban, silbaban, arrojaban cohetillos chinos, 
multitud de pilludos; más atrás efigies de ánge- 
les conducidas en andas, y rodeadas de faroli- 
llos, la de Scoto y los demás defensores del 
dogma, y por último en elevado trono entre 
músicas y cantares, luz y alegrías, la imagen de 
la Virgen. 

Al oír de lejos los ecos de aquel pueblo entu- 
siasmado, cualquiera habría comprendido que 
ese pueblo pasaba por una de sus horas felices. 

Y en efecto, lo era. 

Con la fe en el pecho, músicas en los aires, 
luces en el Mmbieute, allá en lo alto un cielo 
estrellado y profundo, aquí en la tierra una in- 
alterable paz, este pueblo, olvidando sus penas, 
se entregaba, aunque fuese por pocas horas, á 
la alegría y al regocijo. 

Con razón decían los conservadores, ó si no 



KAMÓN A. SALAZAR 57 



lo decían ellos, lo digo yo, que en esa noche 
Gruateniala se transformaba en el ''Emporio de 
las luces." 

No precisamente de las luces salidas de las 
Universidades y de las Escuelas, porque esas es- 
taban apagadas, sino las que fabricaban Pepe 
Lara y el Padre Pizano, los pirotécnicos más 
célebres de la época, una especie de doctores 
muy del agrado de nuestros gobernantes. 

Hay que confesar que en aquellas fiestas per- 
día el catolicismo todo lo que tenía de seriedad, 
para cederlo al arte, en todo lo que tiene de 
pagano. 

En estos mis '"Recuerdos," relato, no comento. 
No soy místico, como alguien me ha dicho por 
la prensa, cuando escribí sobre "La profesión de 
una monja," sino impresionista. • 

Lector: como lo vi te lo cuento. 

Y tales eran en otro tiempo en Guatemala, 
las fiestas de la Concepción. 



XI. 

MUERTO EN LA CASA. — LA VESTIDA Y VELADA DEL DIFUNTO. 
— PANEGÍRICO DE CUERPO PRESENTE. — EL FLORÍN. — UTI- 
LIDAD DE LAS MONJAS. — LA RIFA DE LAS ALMAS. 



Una de las costumbres piadosas que han des- 
aparecido de nuestra sociedad es la recolección 
del tí orín, ó sea la colecta de huevos y otras es- 
pecies para sacar almas del purgatorio. 

Cuando moría algún individuo de casa grande, 
dos respetables gremios eran los beneficiados : el 
de los mendigos, que á los nueve días del acon- 
tecimiento concurría en grupos á casa del di- 
funto, en donde recibía de los herederos 
inconsolables una buena limosna, aplicada por 
el descanso del alma del finado; y las monjas 
de los conventos, que se comprometían en 
comunidad á rezar tantas oraciones cuantos 
huevos de gallina les suministrase la familia, 
recogidos por medio de las fioriveras entre los ve- 
cinos de la capital. 

Esta respetable institución consistía en un 
grupo de mujeres de pueblo vestidas de saya de 
bandana negra y rebozo del mismo género. 

Su número variaba de seis á nueve y estaban 
presididas por una mujer elocuente y llorona. 

El oficio era socorrido, aunque de género trá- 
gico. Consistía éste en llorar á gritos con acom- 
pañamiento de lamentos al muerto de la casa, 
á la cual habían sido llamadas. Vestían al di- 
funto y lo velaban la víspera de su entierro, y 
pasaban la noche bebiendo sendas tazas de cho- 
colate, algunos tragos de refino y otros líquidos, 
y llorando. 



60 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

Era entonces de oírlas ponderar los méri- 
tos del difunto, á quien en vida, de seguro, no 
habían conocido. 

Quien de ellas ponderaba la bondad de su 
alma, quien su caridad sin límites. Una lo 
proponía como modelo de padres, que tan á 
tiempo había sabido morirse, dejando muy bue- 
na herencia. Otra lo elogiaba como esposo, que 
sólo daba á su consorte un disgusto cada día. 

En fin, era aquello una especie de panegírico 
cómico-lloroso, y de cuerpo presente. 

Verificado el entierro, al que solían concurrir, 
siempre llorando, volvían á la casa en donde se 
les alimentaba, sin más obligación que la de llo- 
rar durante el rosario que la familia y amigos 
del muerto rezaban por nueve noches consecuti- 
vas en el cuarto donde había expirado, con el 
objeto de ahuyentar el alma que pudiera haber 
quedado revoloteando en aquella habitación, 
cerrada durante el día y con un vaso lleno de 
agua en uno de los rincones, para que el espíritu 
aplacase su sed y á obscuras bajase á su man- 
sión terrenal; de lo que tanto trabajo le costaba 
desprenderse. 

Concluido el piadoso ejercicio del novenario, 
las lloronas se convertían en pedigüeñas, y sa- 
lían á la calle compungidas, graves, de dos en 
dos, presididas de la oradora maestra y con sen- 
dos canastos bajo los brazos. 

De antemano habían combinado su plan de 
batalla y se iban derecho a las casas en donde 
debían solicitar la limosna de huevos. 

Pedían audiencia á la dueña, y obtenida ella, 
y ya en la sala, la directora soltaba su discurso, so- 
bre la caridad y otras cosas. Ponderaba la bon- 



RAMÓN A. SAL AZAR 61 



dad de Dios que se apiada de los ruegos de las 
monjas, sus hijas predilectas. Hablaba del fue- 
go del Purgatorio por donde todos tenemos que 
pasar, camino del cielo, y de los beneficios de toda 
alma cristiana que procura ayudar al prójimo de 
aquellos imponderables tormentos. 

Y así con mañas y tono melifluo, lograba su 
objeto, obteniendo de los vecinos huevos á do- 
cenas. 

3o de éstos constituía un florín, y las monjas 
se comprometían á rezar tantas oraciones cuan- 
tos huevos recibiesen. 

Y así se lograba sacar ánimas del Purgatorio. 
Pero había otro medio, infalible también y 

barato, y éste era la rifa de las almas. 

En las tardes del mes de noviembre, el óura de 
la iglesia de San Sebastián, el sacristán y un 
acólito, formados en tribunal se sentaban á la 
puerta de la Iglesia, ante una mesa, y allí se 
acercaba la persona con deudo muerto, la que 
por el depósito de medio real en el cepillo de 
ánimas, obtenía que se inscribiese el nombre de 
su pariente en un papelito que, bien doblado, se 
colocaba en una urna misteriosa, agregando el 
mismo nombre en una lista abierta ad hoc. 

Así pasaba todo el mes, hasta que el día últi- 
mo de él, juntos todos los interesados y después 
de largas oraciones, se procedía á la rifa, y el 
primer nombre que salía era el beneficiado, cu- 
ya alma, según informe del señor cura, salía en 
ese mismo instante del Purgatorio, y se iba de- 
rechito al cielo. 

Los demás papelitos se repartían proporcional- 
mente, entre los asistentes, quienes quedaban 
obligados á rezar por nueve días tantas ora- 



62 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



ciones, cuantos nombres les había tocado en 
suerte. 

El lector comprenderá que la justicia divina 
se impartía muy barata, y á f e que no tenemos 
que quejarnos de ello. 

Lo que sí admira es el ingenio de los señores 
curas, quienes por medios tan fáciles como expe- 
ditos, hallaron el secreto de aplacar la cólera de 
Dios, y librar á los hombres de un tormento que 
de otro modo habría durado millares de años. 



XII. 

VANIDADES CHAPINAS. — LA CAPITAL FUÉ EN OTRO TIEMPO LA 
ROMA, COMO HOY ES EL PARÍS DE CENTRO-AMÉRICA. — EL 
VALLE DE LA ERMITA. — GUATEMALA VISTA POR DENTRO. — 
SU TRISTEZA POR EL AÑO DE 1865. — FALTA DE HOTELES Y 
CASAS DE HOSPEDAJE. — FUROR PROPAGANDISTA DE LAS 
DAMAS DE LA ARISTOCRACIA. — ODIO Á LOS EXTRANJEROS. 
— EL HOTEL DE VARIEDADES. 



Los chapines no pecamos de modestos cuando 
se trata de elogiar las bellezas de nuestra capital. 
Viejecitas lie visto y aun á caballeros rancios y 
muy formales, que se embelesan ante las magni- 
ficencias de este pueblón. 

París de Centro-América lo llamábamos los 
jóvenes independientes de mi generación, aun- 
que las devotas condolidas de que se le aplicase 
un nombre que huele á revolución y librepensa- 
miento desde lejos, reclamaban para la metró- 
poli el título de Roma de la América Latina, y 
el de ciudad predilecta de Pío IX. 

Y en efecto, esto era en otro tiempo una Ro- 
ma ridicula, monástica, un convento colosal de 
aspecto tristísimo, un claustro de agonizantes y 
de penitentes, un rincón aislado en el mundo, 
ignorado de los hombres, en donde no soplaba 
el viento de los tiempos nuevos; un pequeño ni- 
do de holgazanes y de gente perdida en los 
Andes, un grupo de rezagados de la civilización 
que hablaba un lenguaje arcaico para la época, 
el mismo que los conquistadores trajeron á 
América en el siglo XVI y que practicaba los 
mismos usos y costumbres de la colonia, muer- 



64 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

ta en la historia mas no por el sentimiento ni 
por la ley, pues subsistían las mismas teorías de 
la vieja escuela, las mismas preocupaciones so- 
ciales, los mismos errores económicos y las mis 
mas leyes civiles, abolidas por los Proceres de la 
Independencia pero restablecidas después de la 
catástrofe del año de 37. 

Una apatía inmensa y desconsoladora domina- 
ba los ánimos en aquel entonces. No existía de 
hecbo la Inquisición, pero teníamos la censura 
de los libros que no podían introducirse sin pre- 
vio permiso de la Curia Eclesiástica, ni leerse, 
los prohibidos, que eran muchos, so pena de ex- 
comunión. La prensa estaba muda y la tribu- 
na en donde habló Barrundia en los buenos 
tiempos de la República, por los suelos. 

Pagábamos el diezmo y las primicias á la Igle- 
sia; los indios la confesión auricular y todos la 
misa, el responso al cura, así como el doble ó el 
repique al campanero. Contribuíamos con nues- 
tra limosna al sustento de los frailes, que se 
mantenían sanos y coloradotes; ayunábamos por 
cuaresma, hacíamos penitencia los más días del 
año, nos confesábamos por pascua florida, ó an- 
tes si era menester, según el precepto del Padre 
Ripalda y santiñcábamos las fiestas de guardar, 
que eian los más días del año. 

Si es ese el ideal de Roma para nuestros de- 
votos, Roma era Guatemala, corregida y aumen- 
tada por los conservadores. 

Iglesias no nos faltaban, ni circo ni cloacas. 

Verdad es que no teníamos museos, mas ^qué 
falta hacían? 

Nuestro Aventino era el cerrito del Carmen, 
con la única diferencia de que en aquella altura 



RAMÓN A. SALAZ AR 65 

jamás se oyó la voz del pueblo pidiendo liber- 
tad. 

Mas basta de comparaciones ridiculas, y va- 
mos á estudiar por dentro lo que efectivamente 
era esta ciudad en los días tristes de Carrera. 

La gran catástrofe de 1773 deshizo en ruinas^ 
á la capital del Reino de Gruatemala. 

Los furores de la tierra destruyeron la obra 
material de los españoles, antes que los de los 
hombres lo hicieran con la obra moral que vino 
al suelo en 1821. 

Del valle de Panchoy se trasladó al de la Her- 
mita la capital de la que debía ser República de 
Guatemala. 

Hermoso el valle en donde está construida 
nuestra metrópoli. 

Resguárdanlo del viento las cordilleras, que 
forman al rededor de él una especie de herradu- 
ra que le dan abrigó contra el Norte, y le forman 
murallas paralelas por el levante y el poniente. 
Hacia el sur, la cadena de montañas entreabre 
sus brazos y deja divisar á lo lejos, en lontanan- 
za majestuosa, las grandes moles del Fuego, el 
Agua y el Pacaya. 

Contemplado el valle desde las alturas deMix- 
co, se ve á lo lejos y como reposando en nido de 
flores á la ciudad con sus torres y cimborrios, 
sus casas, parques y jardines, sus villorios veci- 
nos, las alquerías y fincas de recreo, el río de las 
Vacas, como delgada faja de plata que se desli- 
za al pie de la sierra de Canales, extendiéndose 
el delicioso valle hasta un confín lejano, en don- 
de se divisa en último término la laguna de 
Amatitlán, rodeada de bosques, de playas son- 
rientes y rincones misteriosos que, con el tiem- 



66 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

po, deben ser para los felices habitantes de esta 
ciudad el punto de cita para sus alegrías y festi- 
vidades campestres. 

Evidentemente hay allí espacio i3ara construir 
una ciudad tan grande como Londres ó París, 
sino fuese que hace falta el agua tan necesaria en 
las grandes poblaciones. 

Cuando yo nací, la ciudad contaba ya más de 
ochenta años, y sin embargo conservaba aquel 
aspecto monástico y triste con que están sella- 
das todas las poblaciones que en América fun- 
daron los españoles. 

Los mejores lotes pertenecían á los conventos, 
que fuera de los suntuosos templos erigidos al 
Santo Patrono de su orden, parecían más bien 
cárceles pavorosas, rodeadas de altos y desman- 
telados muros que daban muy mal aspecto á las 
calles. 

La Plaza de Armas en donde se halla el Par- 
que Central, estaba ocupada en una de sus mi- 
tades por muchos chirivitiles llamados cajones, 
en donde se vendían jarcias y cacharros, y en la 
otra mitad por un mercado de frutas y legum- 
bres que los indios de la Antigua traían diaria 
mente á la capital. 

El Mercado Nacional no existía. 

El sitio en donde después se construyó este 
elegante edificio, había sido el Cementerio de la 
ciudad, cuyos huesos fueron trasladados de ese 
lugar á otro más apropiado en tiempo de la 
Administración del Dr. Gálvez, lo que le valió 
censuras de los fanáticos, por perturbar, decían, 
á los muertos en su santo reposo. Por enton- 
ces, aquel el solar, era un estercolero en donde exis- 



RAMÓN A. SALAZ AK 67 



tía el campanario de Catedral, guardado por el 
célebre ño Tereso, viejo campanero y liüehüe- 
cho, con facciones de Cuasimodo, á quien le her- 
vía el beocio colosal que le pendía de la gargan- 
ta con raido como redoble de tamboriles. 

Tan poco desarrollado estaba el comercio, que 
los únicos almacenes que existían estaban redu- 
cidos a las primeras cuadras de la ''Calle Real" y 
la de ''Mercaderes." 

En donde hoy se encuentra la Secación de se- 
ñoritas del Conservatorio Nacional de Música, 
había por entonces un mercado en ruinas, lla- 
mado las Carnicerías, y que en la primera mitad 
del siglo sirvió de teatro provisional. La cárcel 
de Corte se hallaba en el lugar que hoy ocupa 
la Dirección General de Cuentas y cuya puerta 
principal daba á la Plaza de Armas. Allí se veía 
diariamente un espectáculo repugnante: multi- 
tud de presos, harapientos y deslenguados soli- 
citaban la (paridad de los que pasaban, á gran- 
des voces, é insultaban á los que se la negaban 
con palabras propias de los presidios. Verdad 
es que el Alcaide don Yanuario Ceballos los ha- 
cía callar á vergazos, en cuya obra lo ayudaban 
los cabos del retén, pero era peor, pues al rato co- 
menzaban de nuevo má;§ procaces y maldicientes. 

Los portales de los llamados palacios que ro- 
dean la Plaza de Armas eran intransitables tan- 
to de día como de noche. En el de la casa de 
Aycinena había comercio de baratijas y chuche- 
rías, ejercitados por multitud de mujeres que te- 
nían sus efectos en mesitas que estorbaban el 
paso. 

El de la Municipalidad se convertía de noche 
en asilo y dormitorio de los indios que venían de 



68 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



los departamentos, lo que lo hacía apestoso con 
la hacinación de aquellas gentes sin aseo. 

En el del Grobierno la cosa era peor: de día 
los soldados y oficiales de las guardias, reque- 
braban, zaherían é insultaban a las señoras y de 
noche los centinelas en vela, no dejaban pasar a 
alma nacida sin que antes no contestase á grito 
en cuello, á estas dos voces : ¿quién vive? decía 
el centinela — ¡ Patria libre ! debía responder el 
transeúnte. (¡ Patria libre !) ¡Sarcasmo y men- 
tira! feQué gente? volvía á preguntar — ¡De 
paz ! decía el efectivamente pacífico ciudadano. 
Y si no contestaban ¡ va fuego !; y así mataron á 
varios infelices aquellos bárbaros. 

Eso en cuanto' al centro de la población, que 
ha ido creciendo tan paulatinamente. 

Todo el bello barrio que construyó el Doctor 
Luna y que es uno de los más sanos y elegantes 
de la capital fué levantado á gran costo, con 
capitales que le procuró la iglesia (porque en- 
tonces la iglesia por defecto de Bancos de que 
carecíamos, ejercía la usura), fueron levantados, 
decía, sobre un terreno pantanoso, sembrado 
del zacate y que por entonces era una madri- 
guera de léperos y gente mala, cuyo centro estaba 
en el punto llamado ''Flor de la Laguna." 

Tenía por entonces la ciudad tres malos pa 
seos, "El Cerrito" agreste y poético, la alameda 
de los "Naranjalitos" y el ''Amate" del Calvario. 
La "Plaza de las Victorias," fué construida des- 
pués del triunfo de nuestras armas sobre El 
Salvador en 1863. 

El Gobierno liberal le cambió el nombre dán- 
dole el que hoy tiene: Plaza de la Concordia. 

A mediados de este siglo no habían hoteles en 



RAMÓN A. SALAZ AK 69 



Cruatemala, por la sencilla razón de que el que 
se hubiese atrevido a establecer alguno no ha- 
bría encontrado huéspedes. 

Lo que no faltaban eran mesones como el de 
Córdova, el de San Agustín y el del Comercio, 
que eran á la vez casas de huéspedes, pequeños 
mercados de jerga y otros productos de la tierra 
y caballerizas públicas. 

Pero tenían el pequeño inconveniente de que 
los cuartos eran bajos y mal aereados, las camas, 
duras, sin ropa de dormir y llenas de chinches, la 
compañía que se encontraba frecuentemente en 
ellos, no de la mejor clase; así es que la gente 
decente no se podía ni atrever á ser huésped de 
tales cloacas. 

En ninguna parte se ha comprendido mejor 
que en Gruatemala el célebre dicho de Víctor 
Hugo : que la hospitalidad es una virtud en los 
pueblos bárbaros y un comercio en los civili- 
zados. 

Los forasteros que llegaban á la capital reci- 
bían hospedaje obligado en casas particulares; y 
y Salomé Jil nos ha pintado como se arreglaban 
aquellas buenas gentes en las incursiones ines- 
peradas y siempre temidas de sus buenos ami- 
gos de los departamentos. 

En cuanto a los extranjeros eran muy raros 
los que llegaban á nuestras costas. 

Y hacían bien, porque aquí se les veía con 
desconfianza y se les escuchaba con terror, no 
solo por ser herejes sino por la mala costumbre 
de ser golosos de carne de chiquillos, según la 
creencia del vulgo. 

Además, el Gefe ilustre que regía nuestros 
destinos por entonces, abrigó por los años de 



70 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

36\y 37 unas ideas nada halagadoras para los 
gringos. 

Él había creído en sus mocedades que la gen- 
te pálida, de pelo rojo, era perjudicial en todo 
extremo para el país; porque venía solo para 
llevarso nuestra plata, comerse á los chiquitines 
y envenenar el agua de las fuentes. 

Supóngase pues, si los extrangeros se las ten- 
drían todas consigo ante aquel hombre que, aun- 
que había soltado el pelo de la dehesa, siempre 
conservaba recuerdos de lo que fué en la mon- 
taña. 

Pero había otro peligro mayor, y era la into- 
lerancia de las masas. 

Doctor y muy notable hubo que fué expulsa- 
do del país por ser protestante, aunque no era 
propagandista. 

Y luego las señoras notables de Guatemala, 
las nobles damas de la aristocracia, que apenas 
sabían leer y que vivían en las tinieblas de la 
edad media, estaban dominadas por una especie 
de furor propagandista de su doctrina católica. 

¡Ay de aquel que cayese en sus manos! Las 
gorgonas lo catequizaban ó lo mataban moral- 
mente. 

Católico ó excomulgado, tal era el di- 
lema. Y esa intransigencia duró muy largos 
años, lo que ausentó á los extrangeros de nues- 
tra tierra 

Por eso no hubo un buen hotel en Guatema- 
la sino hasta cuando don Julián Rivera abrió el 
suyo, llamado de Variedades. 

Ocupaba aquel establecimiento la casa que 
hoy habita el señor Pujol y algunos otros sitios 
adyacentes. 



RAMÓN A. SALAZAK 71 

Era ese establecimiento un lugar de moda 
y de distracciones cultas. Allí había teatro, ba- 
ños, jardines, juego de pelotas, cantina, salones 
de lectin*a y de billares. 

Pero no prosperó, y aun creo que el dueño hi- 
zo mal negocio. 

El nombre de don Julián Rivera merece re- 
cordarse con cariño, pues fué honrado a carta 
cabal y muy útil á su país. 

Fué el arquitecto del Mercado Nacional, del 
edificio de la Sociedad Económica y autor de 
los planos de la Penitenciaría. 

Chiquitín, lampiño y con peluca roja era un 
viejecillo respetable y popular. 



Xlll. 

LA OLIGARQUÍA GUATEMALTECA. — LO QUE CUENTA EL HISTO- 
RIADOR AL AMAN SOBRE EL MODO DE ADQUIRIR TÍTULOS DE 
NOBLEZA EN AMÉRICA. — LOS PRINCIPALES DESTINOS DEL 
PAÍS DESEMPEÑADOS POR LOS NOBLES. — ALGUNOS EMPLEOS 
HONORÍFICOS QUE DESTRUYÓ LA REVOLUCIÓN. — CLASES 
SOCIALES. — EL BUEN CIUDADANO. — SUS DISTRACCIONES. — 
SUS LECTURAS. — VOLTERIANOS POR DENTRO, É HIPÓCRITAS 
POR FUERA. — NUESTROS HOMBRES HISTÓRICOS — EL PUEBLO. 



Han pasado veinticinco años desde el día 
memorable en que vi tremolar por vez primera 
en las torres de la casa del Grobierno el pabellón 
azul y blanco, enseña de los libres. 

Durante es elapso de tiempo, ¡cuántas cosas he 
presenciado, de cuántas escenas he sido testigo! 

Mucho se ha escrito y se escribe sobre la re- 
volución y los hombres que la llevaron á cabo. 
Unos la han ensalzado hasta los cielos, otros la 
vilipendian y maldicen. 

Quiénes tengan razón, lo dirá el tiempo. > — 

Yo quiero tan sólo contar á los jóvenes que | 
nacieron después del 71 lo que era nuestra pa- 
tria, veinticinco años hace; á fin de que com- 
parándola con lo que es hoy, tengan datos para 
formarse juicio cabal de los trabajos que los re- 
formadores del 71 tuvieron que emprender para 
transformarla y puedan dar su opinión im- 
parcial sobre esos hombres á quienes hoy se de- 
nigra y vilipendia. 

Sabed, pues, jóvenes, que antes de 1871 la Re- 
pública estaba gobernada por una oligarquía 
compuesta de unas cuantas familias privilegia- 
das, descendientes ó de antiguos conquistadores 
ó de los españoles que vinieron á explotar y á 



74 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



poblar estas tierras, cuando pasó la tormentosa 
y nefasta"epbca que se simboliza en el gran ca- 
pitán y sanguinario aventurero, el Adelantado 
don Pedro de Alvarado. 
^ Esas familias se decían nobles, por el derecho 
í que les daba a serlo el haber acompañado sus 
' abuelos a los conquistadores en su temeraria 
empresa, ó porque alguno de sus ascendientes 
habían obtenido título de tal en España, la pa- 
tria de los hijosdalgo, caballeros andantes, seño- 
res de horca y espada, y toda aquella progenie 
de gente titulada ampulosa y vacía, cuyos nom- 
bres y sobre nombres causan las delicias y exci- 
tan la risa de las otras naciones de Europa. 

Don Lucas Alaman en su historia de México 
cuenta el modo como se ennoblecían los que ha- 
bían logrado hacer fortuna en América. Y co- 
mo quiera que existen algunos inocentes que 
creen en la patraña de la nobleza, voy a contar- 
les la historia de nuestras gentes de ''casa gran- 
de." Mas como pudiera tachárseme de apasio- 
nado, voy á citar textualmente á aquel autor. 

Oigámoslo : ''Los que no venían con empleo 
(habla de los españoles) dejaban su patria gene- 
ralmente muy jóvenes, y pertenecían á familias 
pobres, pero honestas, en especial los que 
precedían de las provincias vascongadas y délas 
montañas de Santander. Siendo su fin hacer 
fortuna estaban dispuestos á buscarla, destinán- 
dose á cualquier género de trabajo productivo. 
Los unos llegaban á servir de dependientes en 
casa de algún pariente ó amigo de la familia: 
otros eran acomodados por sus paisanos, todos 
se sugetaban á una severa disciplina, y desde los 
primeros pasos aprendían á considerar el traba- 



RAMÓN A. SALAZ AK íO 



jo y la economía como el único camino para la 
riqneza. Según adelantaban en su fortuna, ó 
según los méritos que contraían, solían casar 
con alguna hija de la casa, mucho más si eran 
parientes, ó se establecían por sí, y todos se en 
lazaban con mujeres criollas, pues eran muy po- 
cas las mujeres que venían de España, y estas 
casadas con los empleados. Con la fortuna y 
el parentezco con las familias respetables de ca- 
da lugar, venía la consideración, los empleos 
municipales y los honores que alguna vez dege- 
neraba en preponderancia absoluta. Un título 
de Conde ó de Marqués, con una cruz de Santia- 
go ó Calatraba, y después de Carlos III cuando 
esta orden se erigió, era todo el objeto de la ambi- 
ción del que se enriquecía por el comercio ó ha- 
llaba una bonanza en las minas. 

Muchos de esos títulos eran comprados de los 
que los reyes concedían para que los vendiesen 
á algún establecimiento que querían favorecer, 
en su advenimiento al trono, nacimiento de al- 
gún infante, ú otro motivo plausible." 

Conque ya ven pues nuestros enfatuados cuan 
fácil era el adquirir esos títulos, de los que tan- 
to se envanecen. 

No entra en mis miras ni discutir esos títulos ni 
aun reprochar esa pequeña vanidad de llevarlos 
en nuestras repúblicas en estos tiempos de de- 
mocracia. Convengamos que es una de esas 
debilidades humanas, rayadas en la locura, que 
ya á nadie hacen mal. Los tales tipos han pa- 
sado al género de legendarios, y sólo aguardan 
un genio cómico, para que los ponga en escena 
y los saque á relucir en esa comedia humana, 
inagotable para el que sabe explotarla. 



76 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



^. Sea como fuere, lo cierto es que antes de 1871 
I todavía se imponía en el pueblo el prestigio de 
los antiguos nombres. 

En aquel tiempo teníamos de Arzobispo á un 
noble; de Obispo, consejero áulico. Rector de la 
Universidad, Presidente alguna vez de la Cáma- 
' ra de Representantes, á otro noble; de Ministro 
á otro noble; de Corregidor de Guatemala, á otro 
noble; de Diputados, Consejeros, Municipales, (i 
otros nobles, todos emparentados entre sí y muy 
celosos de sus prerrogativas y privilegios. 

Pero como la raza no era muy fecunda, 
sobre todo en gente que poseyese sentido co- 
mún, de ahí que no alcanzaban los miembros 
aptos de esas familias para llenar todos los pues- 
tos del Estado, y que se tuviese que recurrir á 
personas que no pertecían al círculo, para ocu- 
par los puestos secundarios de la Adminis- 
tración. 

Hay sí, que confesar, que la gente no era muy 
ambiciosa por entonces. Muchos buenos seño- 
res, que aún viven y cuyos nombres pudiera ci- 
tar, no atreviéndose a aspirar á los altos puestos 
se contentaban con algunos oficios que impri- 
mían (Carácter y estaban muy de acuerdo con sus 
inclinaciones. 

De ahí una larga nomenclatura de empleos y 
títulos, cuyos nombres se han perdido en la ad- 
ministración y solo quedan en la memoria de 
los que vivimos en aquella época, como: prefec- 
tos de congregaciones, priestes hermanos mayo- 
res, conciliarios, priores, porta-guiones, etc., 
etc., etc. 

Algunos de los que los desempeñaban, ó sus 
hijos, suspiran por aquellos buenos tiempos; y 



RAMÓN A. SALAZAR 77 

tal vez tengan razón, porque después se ba visto 
que aquellos señores no sirven para maldita la 
cosa y que para volver á hicir en la sociedad se- 
ria necesario hacer renacer tan famosa época. 

Esos eran los que constituían por esa época, 
la creme de la creme de aquella sociedad teológi- 
ca y archi-conservadora. Esos eran los que se 
enorgullecían con el título de buenos ciudadanos 
y bumildes bijos de la iglesia. 

Estudiémoslos de cerca que bien merecen ob- 
servación atenta entes tan raros. Estudiemos 
a los hombres buenos, a los ciudadanos de la 
República aristocrática que tuvo fin el 30 de ju- 
nio de 1871. 

Puede decirse que en aquella época existían 
aquí tres clases, el clero, la nobleza y el pueblo. 

Pero la división más aceptada era la de bue- 
nos y malos ciudadanos. 

El hombre bueno, el buen ciudadano, el varón 
ejemplar era el que oía misa los domingos y de- 
más fiestas de guardar, que eran muchos, que co- 
mulgaba por pascua fiorida y ayunaba en los 
días de precepto, que llevaba á su familia en di- 
ciembre á los toros y se permitía algimas diver- 
sioncillas honestas, tales como un viajecito á 
Amatitlán en los días de la Cruz ó una tempo- 
rada á Escuintla en diciembre, en los días de 
frío, es decir, cuando el termómetro marca 10"" 
sobre cero, que á eso llaman frío esos señores. 

Sus lecturas consistían, los domingos, en la 
Madre Agreda, ó la Imitación de Quempis. 

A la mujer del prójimo, por de contado que la 
respetaban, á no ser cuando la prójima daba al- 
guna muestra de que no le gustaba de que se le 
tratase tan cristianamente ; que entonces no bas- 



78 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

^___: ^ 

taba rejas ni muros de conventos, como se die- 
ron casos. 

Visitaban los dichos señores a S. E. el señor 
Presidente, muy seguido; hablaban con los seño- 
res Ministros, á quienes no les apeaban el Usía, 
de lo perdido de los tiempos, de los avances del 
libre pensamiento, del maldito Voltaire, (cuyos 
libros no* habían leído, aunque champurreaban 
el francés) y de otras cosas jjor el estilo. Se per- 
mitían hablar de economía política, así en teo- 
ría, como hoy hablamos de los equivalentes de 
Proust ó del análisis espectral de Kirchof. 

Profesaban profundo respeto a Mr. de Cha- 
teaubriand, á quien no apeaban el de., o al señor 
Marqués de Valdegamas. 

Hablaban de sus ratos de erudición de Mr. 
Montalambert y del abate Lamennais; pero quien 
les gustaba sobre todo era el Padre Lacordaire. 

Cuando leían novelas eran las de Tracy ó de 
Mdme. Genlis, ó alguna mala traducción de 
Goldsmiths ó de Bowler, (porque hablar ó leer 
inglés, eso sí que no sabían.) 

No aceptaban el romanticismo; ¿qué aceptar- 
lo'? lo combatían como Dios les ayudaba. 

Creían en las tres unidades de Boileau, y te- 
nían á Shakespeare por un salvaje. 

Renán los espantaba. A Hugo no lo enten- 
dían. Leer á Dumas estaba prohibido; Fernán- 
dez y Gronzález era muy de su agrado. Su gran 
deleite era el año cristiano y la lectura de la vida 
de los santos. 

Yo no les haré el insulto de creerlos ignoran- 
tes; pero no puedo dejar de confesar que los en- 
cuentro pérfidos. 



KAMÓN A. SALAZAR 79 



Sé de algunos que eran volterianos é iban sin 
embargo á misa. Conocían los progresos del 
mundo y trataban de que el. pueblo no saliese de 
su postración ni su ignorancia. Imbuidos en 
sus preocupaciones de raza, miraban al pueblo 
como una masa explotable, como un rebaño de 
humildes ovejas, si se le mantenía en la abyec- 
ción. Eran enemigos natos de toda innovación. 
Preferían la carreta de bueyes al ferrocarril; el 
correo de á pie al telégrafo ; la vela de cebo al 
alumbrado eléctrico. Su palabra sacramental 
era : ''no es tiempo." Les gustaba tanto una 
jicara de chocolate como un buen entremés; bai- 
laban el minuet, y allá a sus solas se empolva- 
ban las cabezas y se vestían de arlequín con los 
vestidos viejos de sus antepasados, los señores 
Oidores. Aun existen casas en donde se con- 
servan tan preciosas reliquias para la historia. 
Vivían la mayor parte de ellos en la calle real. 
En los grandes convites se atiborraban de nué- 
gados y dulcitos hechos por las monjas ; prefe- 
rían la orchata al vino. 

Esa era la imagen del hombre perfecto, del 
hombre bueno. Nada habían producido para su 
país (á no ser unos cuantos ciudadanitos. ) 

Los que más, habían luchado por conservar 
las costumbres de los buenos tiempos (los bue- 
nos tiempos eran los de la Colonia.) No habían 
sembrado un sólo árbol, ni mejorado ninguna 
especie, ni esparcido una idea nueva, ni removi- 
do un obstáculo social. — Habían contribuido sí, 
á mantener al pueblo en la ignorancia; y eso era 
su mérito; de ahí sus títulos para ser llamados 
buenos ciudadanos. 

El gran Barrundia pasaba entonces por 



80 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

un picaro; á Gálvez lo habían desterrado; los 
hermanos Diéguez, José Batres y Montúfar, vi- 
vían en el ostracisnxo ó habían muerto oscura- 
mente. Tan asfixiante era aquella atmósfera 
que el mismo Irisarri no la soportó. El salero- 
so Milla escribió por entonces sus más admira- 
bles cuadros, que aún pueden leerse con fruto, y 
siempre con agrado, pues muchos nos pintan al 
vivo aquel estado social, más propio del siglo 
XVII que de nuestros tiempos. 

Eso en cuanto á la gente de pro. Respecto 
del pueblo, era cosa distinta. Un artesano, por 
ejemplo, tenía por todo porvenir el vegetar en 
su taller y morir honrado con el título de maes- 
tro^ que más bien era un dictado despreciativo. 
Las únicas agrupaciones permitidas por enton- 
ces eran las cofradías. No existían bancos de 
ahorros, pero sí personas que guardaban el na- 
hual. — Gremios sí había, bajo la protección de 
algún santo. Los sastres celebraban á la Vir- 
gen dé Dolores, los carpinteros á San José, los 
albañiles á la Cruz, los músicos al Sagrado Co- 
razón. Los barberos eran por entonces gente 
de campanillas, pues desempeñaban funciones 
múltiples. Eran maestros de escuela, saca 
muelas y sangradores. Su enseña era una vacia, 
colgada á la puerta, y no faltaba como adorno 
de la misma, un biombo de madera calada. 

El periódico era desconocido en los talleres. 
Generalmente aquellas gentes no sabían leer, y 
el único que por entonces aquí se publicaba era 
caro,, y el oficio no daba para la suscripción. 

Educar á los hijos! con qué objeto! si estaban 
por la naturaleza destinados á seguir el oficio 
del padre. 



RAMÓN A. SALAZAK 81 



¡Y pensar que hay hijos del |)ueblo que andan 
por alH pregonando que la revolución lo ha des- 
truido todo! 

¡Pensar que hay hijos de artesanos que suspi- 
ran por los tienq)os en que sus padres se queda- 
ban en el zaguán, mientras al señor le daba ga- 
na de pagarles su trabajo ! 



XIV. 

TIBURCIO ESTRADA, Y SU TEATRO AMBULANTE. — SUS CONDI- 
CIONES COMO ACTOR. — NO TENÍA MUY FELIZ MEMORIA Y 
RESPETABA POCO LA IDUMENTARIA. ANÉCDOTAS. — EL MAES- 
TRO ESTEBAN, PRIMER GALÁN DE LA COMPAÑÍA.— TEATROS 
IMPROVISADOS. — EL SUEÑO DORADO DE ESTRADA. — LOGRÓ 
VERLO REALIZADO. — Dopo moriré. — SUS ÚLTIMOS AÑOS. — 
PRECIO DE ENTRADA Á LAS FUNCIONES. — LAS DEC^ORACIO- 
NES, EL TELÓN DE BOCA, Y LOS ANUNCIOS DEL ESPECTÁCULO. 
¡ POBRE TATA BUCHO ! 



Merece capítulo aparte una figura original, 
que ti oréela por la época que vengo relatando 
y muy recordada en todo Centro-América. 

Tiburcio Estrada es el hombre más apasio- 
nado por el Teatro que haya yo conocido ; y sin 
embargo, pocos con menos dotes que él, para esa 
profesión. 

Era un hombre inculto, de figura nada agra- 
dable y algo tartamudo por añadidura; defecto 
orgánico que le valió burlas pesadas y que 
contribuía á que estropeara ciertos pasajes de 
las obras que representaba, tornándolas de 
serias y trágicas, en ridiculas y burlescas. 

Hacía una vez el primer papel en el conocido 
drama de un célebre autor español, y exitó la 
risa de sus oyentes, cuando en lo más interesan- 
te y patético de aquel drama de capa y espada 
dijo á su contrincante : 

Al campo, don Ñuño, vo}'^, 
Donde probaros espero 
Que si vos sois caballero, 
Oa . . ca . . ballero también sov. 



84 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

Tampoco era dueño de memoria muy feliz, y 
hacía transposiciones que alguna vez resultaban 
inconvenientes. 

En uno de los dramas de Zorrilla hay un 
terceto que dice : 

''Que no es por Dios caballero 
Quien no desnuda su acero 
Para defender su dama." 

Y el actor lo cambió del modo siguiente : 

Que no es por Dios caballero 
Quien no desnuda su dama 
Para defender su acero. 

Era respetuoso por la idumentaria hasta don- 
de lo permitían las circunstancias. Represen- 
tando una noche el drama ''Adán y Eva," obra 
de un ingenio nacional, salió a las tablas en el 
traje que usó nuestro primer padre en el paraíso 
al siguiente día de su falta. 

Las damas se escandalizaron naturalmente, y 
hubo intervención de la policía para evitar 
aquella escena que pasaba de naturalista y te- 
nía mucho de pornográfica. 

El artista, picado en su amor propio, calló, 
entróse á bambalinas, saliendo al rato, vestido 
de/r(/c azvJ^ botonadura dorada y sombrero de pelo; 
y así continuó la representación; y así por gra- 
cia de Estrada, vistió Adán una noche, el traje 
de los dandies del año 58 del siglo XIX. 

El primer galán de la compañía era el maes- 
tro Esteban, sastre de oficio, que tan bien sabía 
coser una levita, como cortar un verso. . Lo 



RAMÓN A. SALAZAR 85 



extraño es que tuviera tiempo para aprender 
sus papeles, pues concurría al taller muy pun- 
tualmente. 

Como por entonces no había teatro en forma, 
se improvisaba éste en alguna de las casas am- 
plias de la capital, aunque era difícil que sus 
dueños la alquilasen, pues por el hecho de haber 
representaciones dramáticas en ella, quedaba 
salada, según la preocupación vulgar. 

La casa tan conocida por ''de los ángeles," 
que se halla enfrente de la mansión presidencial, 
sirvió en un tiempo para el objeto; mas cuando 
terminó la temporada, quedó solitaria y vacía. 
Nadie se atrevía á habitarla, porque diz que por 
la noche se aparecían los diablos en el patio. 

Acongojado el dueño hizo esculpir en las 
paredes exteriores unos ángeles que aún no ha- 
ee mucho se veían ahí; y fué santo remedio, 
pues los diablos no volvieron á aparecer. 

El sueño dorado de Tata Bucho, fué represen- 
tar en el teatro de Carrera y se valió de mil tre- 
tas hasta conseguirlo. 

Me cuenta un antiguo empleado que, al reci- 
bir la nota del Ministerio en la que se le conce- 
día permiso para dar funciones en el Coliseo, 
aquel hombre tembló de emoción y gusto, pro- 
nunciando estas textuales palabras: 

"Ahora ya puedo morir.'' 

Granó algim dinero que volvió á perder en la 
demanda. 

Ya viejo se le veía triste y pobre, vagando de 
pueblo en pueblo con su compañía de la legua; 
y aseguraba muy formalmente haberse vuelto 



86 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



librecambista, recibiendo el valor de las entra- 
das^ en especies comestibles. 

Él mismo era primer actor y receptor en las 
puertas de su teatro, al cual, en cambio de una 
gallina, de algunas manos de maíz ú otros obje- 
tos semejantes, se podía entrar para ver al céle- 
bre Tata Bucho vestido de Eey ó de Pontífice. 

En los días de mayor auge cobraba en la ca- 
pital cuatro reales por asiento de palco y dos^ 
por los de platea, siendo de obligación de los 
espectadores llevar consigo sus sillas so pena 
de quedarse en pie durante la representación. 

Y una vez comenzada ésta, nos encontrába- 
mos allí como en familia, platicando desde 
nuestros puestos con los actores, a quienes 
arrojábamos panes con aceite, cucuruchos de 
caramelos de miel blanca, zopilotes, tal así como 
los aficionados del día envían houquets y coronas 
á los actores de su predilección. 

El telón de boca era famoso por sus alegorías 
é inscripciones. Consistía la primera en un 
mascarón nuiy parecido al del Correo, que se 
reía con aire de idiota; y la segunda rezaba lo si- 
guiente: ^'Cantando y riendo se corrigen las 
costumbres." 

El modo de anunciar las funciones era tam- 
bién original y nmy económico, pues en lugar 
de anuncios y carteles que habrían costado caro, 
un mudo alto, hijo del empresario, paseaba por 
la capital al son de un tamboril destemplado 
un estandarte que en letras gordas y mal hechas 
ponía al público al corriente de cual sería la 
función de la noche. 

El caballo de batalla de nuestro actor era 
^'Lázaro el Mudo,'' y aun conservo el vago re- 



RAMÓN A. SALA ZAR 87 



cuerdo de haberlo oído verdaderamente inspira- 
do y trágico en aquella escena en que el fingido 
mudo prorrumpe en medio de la admiración del 
público en este inesperado grito. 

— Arqueros de Palacio, alerta ! 

¡ Pobre Tata Buclio ! Bien merece vnia admi- 
ración cariñosa el viejo artista no comprendido, 
quien á falta de una cosa mejor, deleitó á los ha- 
bitantes de Centro- América durante más de 
veinticinco años, del modo que ya dejo dicho. 



XY. 

EL FUNERAL DE LAS BENDITAS ÁNIMAS. — EL MES DE NOVIEM- 
BRE EN GUATEMALA. — DOBLES Y RESPONSOS. — BUENA COSE- 
CHA PARA LOS CURAS. — UN CORTEJO PAVOROSO. — CANTOS 
LÚGUBRES Y AMEN.AZANTES. — LAS ÁNIMAS CANTORAS. 



El mes de noviembre era pavoroso y triste en 
otro tiempo en Guatemala, como que casi todo 
él se dedicaba á las preces dirigidas al cielo poi* 
el alivio y descanso de los difuntos. 

Las ceremonias comenzaban desde el 1? del 
mes, con misas, dobles y responsos, y la corres- 
pondiente visita al Cementerio; y durante nueve 
días consecutivos, sin descanso, las campanas 
de todas las iglesias lanzaban al aire sus quejas 
plañideras, llenando á la ciudad de cólera, te- 
rror y angustia por aquella música insufrible de 
los campaneros. 

Los señores curas parecían quedar contentos, 
como que era para ellos tiempo de cosecha de 
almas sacadas de sus penas, que por sus ruegos 
se iban derecho al cielo, y de pesos que caían en 
sus bolsillos sin fondo. 

La tarifa variaba según la calidad del respon- 
so, de la persona ó familia que pagaba y de 
otras circunstancias más, pues los había desde 
diez pesos, solemne y con música, hasta de á 
dos reales, por cuya suma el señor cura entona- 
ba un canturrillo de mala muerte y arrojaba al 
aire unas cuantas aspersiones de agua bendita. 

Pero como no todos estuviesen en fondos pa- 
ra el día de difuntos, de ahí que estos santos varo- 
nes inventaron un medio para que no por falta 



90 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



de recursos á tiempo, quedasen ardiendo eterna- 
mente nuestros deudos en el fuego del Pur- 
gatorio. 

De ahí las fiestas del ''funeral.'' 

El que yo vi salía de la iglesia de San Sebas- 
tián, á las siete de la noche, y recorría las calles, 
haciendo saltar carne de gallina en la piel de 
mis co-barreños. 

A la cabeza del cortejo fúnebre, iba conducido 
por un muchacho, un inmenso farolón negro, en 
cuyo fondo rojo se veían pintadas algunas cala- 
veras, tibias y fémures. Atrás, y al sonido de 
una campanilla de ecos chillones y quejumbro- 
sos, las imágenes de varias pobres gentes ardien- 
do en llamas; y el todo, rodeado de una turba de 
desarrapados, los cuales con voces cavernosas, 
como que viniesen del otro mundo, pedían: 

— ''Una limosnita para las ánimas del Santo 
Purgatorio, por el amor de Dios.'' 

Los vecinos, asustados, entreabrían las puer- 
tas de sus casas, oyendo entonces estas amena- 
zadoras palabras : 

Ángeles somos, 
Del Cielo venimos, 
Limosna pedimos, 
Y si no nos la dan 
Puertas y ventanas 
Nos la pagarán. 

Y los pobres burgueses amedrentados, alarga- 
ban las manos entre las puertas entornadas,, 
aflojando la mosca, en pago de lo cual los repre- 
sentantes de las ánimas cantaban con voz des- 
templada y repugnante : 



RAMÓN A. SALAZ AR 91 

Esta limosna que has dado 
Con amor y con anhelo^ 
Será la primera escala 
Para que subas al cielo. 

Y seguía el funeral paseando las calles; y nos- 
otros, pobres niños, despertados de nuestro sue- 
ño, nos asomábamos a las ventanas amedrenta- 
dos, para ver el desfile de las ánimas y oír sus 
clamores acongojados. 

Si los buenos cristianos se resistían á dar la 
limosna solicitada, se ponían en práctica las 
amenazas de la primera canción, excepto el caso 
de que lo impidieran los serenos, otros seres 
misteriosos de aquella época, que cantaban las . 
horas cuando no dormían á pierna suelta, velan- 
do desde un mundo mejor por la tranquilidad 
del vecindario. 

Y entonces la chusma ignara y hambrienta^ 
gritaba en las esquinas : 

¿ De que les sirve, señores^ 
Tanta pompa y hermosura 
Si todo lo han de dejar 
Al pie de la sepultura? 

Y luego, con voz compungida y llorosa: 

Desde que morí yo sufro 
Descansando olvidada, 
Tan sólo una limosnita 
Me evitará ser quemada. 

Y parece que estas reflexiones, filosófico-cris- 
tianas, predicadas en las calles á las altas horas 
de la noche, entre choque de huesos, lamentos y 



:92 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

ayes, no dejaban de producir el efecto apetecido, 
pues lo cierto es que la pandilla de pedigüeños 
recogía rico botín que en la iglesia se repartía 
entre el señor cura y sus dignos emisarios. 

Pero hasta en el purgatorio hay poetas, poe- 
tas chirles y muy malos, tal así como yo me 
conozco algunos aquí en la tierra. 

La iglesia se ha encargado de dar á conocer los 

^'Lamentos 
De las benditas ánimas/' 

Los versitos estos, vive Dios, se me ñgura 
que no son muy buenos, á pesar de que están 
hechos por almas que se acercan á la perfección 
si través de las llamas. 

Con perdón del sentido común, me atrevo 
á recomendarlos a los aficionados á las ma- 
las letras. 

(Habla nna prima-donna) 

Oíd mortales piadosos, 

Y ayudarnos á aleansar. 

(Responde el coro:) 

Que Dios nos saque de penas 

Y nos lleve á descansar, 

(Sigue la prima-donna: ) 

No hay dolor, tormento ni pena, 
Martirio, cruz ni aflicción 
Que aun llegue á ser pintura 
De nuestra menor pasión; 
Sólo alivia nuestros males 
De nuestro amor esperar. 



RAMÓN A. SALAZA]Í Oíi- 



(Coró de ánimas:) 

Que Dios nos saque de penas 

Y nos lleve á descansar. 

(Tenor compungido :) 

Ay de mí ! Ay Dios severo f 
Ay llama voraz, activa ! 
Ay bien merecido fueg'o ! 
Ay conciencia siempre viva T 
Ay justicia que no acabas ! 
Ay, cuando se ha de acabar T 

( Coro :) 

Que Dios nos saque de penas 

Y nos llsve á descansar. 

(Barítono cantante : ) 

Hijo ingrato que paseas 
Tan ricamente vestido 

Y á costa de mis sudores 
Descansas en tanto olvido, 
Mira mi pecho quemado 

Y lo puedes remediar. 

(Coro : ) 

Que Dios nos saque de penas 

Y nos lleve á descanzar. 

(Bajo absoluto:) 

Fieles cristianos amigos, 
Dad crédito á estos tormentos. 
Obrad bien si fueron culpas 
Para huir de estos tormentos; 
Socorro, piedad, alivio 
Concluimos con gritar. 

(Todos : ) 

Que Dios nos saque de penas 

Y nos lleve á descansar. 



XVI. 

LA NOCHE BUENA. — EL NACIMIENTO. — LOS VILLANCICOS. 
LOS MAESTROS ANTIGUOS. 



Esta noche es no(íhe buena 
Y no es noche de dormir 
Que ha parido la estanquera 
Un cochino jabalí. 

' Folklore. 

En todo el orbe cristiano la noche del 24- de 
diciembre es la noche clásica del hogar, la fies- 
ta por excelencia de los niños. 

Naturalmente que las manifestaciones de ale- 
gría, cambian con las razas y los climas. 

En el Norte, "Weinacht" es uiía fiesta semi 
cristiana y semi pagana. El fiel Eckart está en 
la memoria de todos los niños. Con el clima 
frío de aquellas latitudes setentrionales, las 
familias se congregan af home^ reuniendo en 
torno del único árbol que conserva su verdor 
en la cruda estación, á la parentela y á los ami- 
gos íntimos; y entre luces, risas y alegrías se 
celebra la simpática fiesta. Un comercio des- 
conocido entre nosotros los latinos, y muy pro- 
ductivo en Alemania, es el de los libros de ''Noche 
buena." Libros riquísimamente ilustrados y 
que por lo general contienen baladas, cuentos, 
leyendas fantásticas de Ondinas, Trolls, Korri- 
ganas y todo aquel mundo poético de la mitolo- 
gía de la Edad Media alemana. Nada se diga 
de los innumerables juguetes que penden de las 



96 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



ramas del árbol de Noel, para cuya invención 
trabajan todo el año los que á esa industria se 
dedican. 

¡Cuan distinto aquello, de nuestras fiestas, del 
tradicional nacimiento, de los pastores y las 
zagalas! 

Sin embargo, el hombre no puede prescindir 
de su raza ni de las impresiones y recuerdos de 
la niñez. Por eso, aunque yo he gozado en ca- 
sas amigas en Alemania de aquella fiesta atrac- 
tiva, sentí siempre que mi corazón estaba en mi 
país, en noche como esta, y no faltó furti- 
va lágrima por la patria lejana y los que en ella 
se divertían y cantaban al rededor del pesebre 
del buen Jesús. 

El mes de Diciembre es de los más agradables 
y alegres en Guatemala. Con sus noches tras- 
parentes en que se siente un frío confortante, 
con la luna más bella que luce en nuestro cielo, 
y las canciones de Concepción y las luces de los 
rezados, y el olor de las flores y de las frutas 
propias de la estación, y los repiques y los pitos, 
y tambores que anuncian las fiestas paganas en 
que se rinde culto á la belleza no de la Madona, 
sino de la Virgen^ el alma está predispuesta para 
la alegría y la felicidad. De seguro que el ex- 
tranjero no la siente, porque ¡ay! que es muy 
triste recordar el hogar y la familia ausente, y 
sentir fríos el alma y el cuerpo, cuando todos 
ríen y cantan 

En días como este, yo también me acuerdo de 
mis nostalgias y es cuando con más cariño salu- 
do á mis amigos extranjeros. 

Mas sea de eso lo que fuere, ¿ quién no sabe 
entre nosotros lo que es ''un nacimiento"? No 



RAMÓN A. 8 A LAZAR 97 



es un altar por cierto. No es tampoco un mo- 
numento. Es una obra de arte, sin rito, sin an- 
tecedentes ni consecuentes. La imaginación de 
nuestros niños hace nacer á Jesús de Bethlem 
entre riscos y montañas, al pie de volcanes gi- 
gantescos, y sobre peñas y breñales. 

Ved un nacimiento cualquiera, y observaréis 
anacronismos deleitables. 

En el mismo camino encontraréis á los tres 
Reyes Magos, seguidos de sus elefantes y came- 
llos, y al indio Kacbiquel ó Zotuhil, con su 
carga de cacharros al hombro; yo he visto por 
un lado, fusilamientos, por el otro suplicios de 
la cruz, por el otro guerras de prusianos y fran- 
ceses, por el de más allá máquinas de vapor en 
un huerto parecido al de Jetsemaní; indios ves- 
tidos de moros y cristianos con el traje de sa- 
yones. 

/ Pero, (j^ué significan esos anacronismos inge- 
nuos sólo notados por los que traspasamos ya la 
edad dichosa, ante los dulces recuerdos que 
despiertan las fiestas de Navidad t 

Nacimientos sin hojas de pacaya, sartas de 
manzanillas y de liiHscoyoles no se comprenden 
y menos, sin villancicos ni entremeses. 

El ^dllancico y el sonecito tienen sabor de la 
tierruca, y constituyen nuestra música regional. 
Figuraron á fines del siglo pasado y á principios 
del presente algunos maestros, cuyos nombres 
no debemos olvidar, á no ser ingratos. Mo- 
destos eran aquellos hombres y carecían del 
aliento del genio, y sin embargo, nos han dejado 
una herencia de cánticos, tonaditas, coplas, fo- 
lias y coros que han causado el deleite de varias 
generaciones. 






98 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



\ 



Eran esos buenos viejos, músicos y poetas á la 
vez; malos poetas, poetas infantiles. Amaban 
tiernamente, al modo con que los pastores ado- 
ran a sus zagalas. 

Cantaban á los valles risueños, a las fértiles 
laderas y á los sombríos boscajes. Era la edad 
en que vivieron, una edad envidiable; era la edad 
en que al son de la guitarrilla de tres cuerdas, 
de las flautas, chirimías y rabeles, celebraban la 
felicidad de la vida, la inocencia y sencillez de 
costumbres de la colonia. 

' . Aún resuena en mis oídos la canción que, 
siendo niño, oí cantar á dos viejos amigos de mi 
easayy que dice: 

^",, ,' ; ; Cuando al campo salgo 

*' ' ';'?;: Y á mi Nisa encuentro. 

Alegre la digo 

Yo soy vuestro dueño. 

Mas ella me responde 

Con airado ceño 

Yo ya no soy tuya 

Pues tengo otro dueño. 

Por entonces no estaban en uso la desespera- 
ción ni los dolores sin consuelo. No se era ni 
clásico, ni romántico, ni decadente, sino jjasto- 
ril é ingenuo : por eso eran felices aquellas gen- 
tes, pues no sintieron los nervios, no conocieron 
la desesperación; y como no se había importado 
el pesimismo, alabaron á Dios cristianamente 
por sus dolores, y no recurrieron al suicidio para 
aliviarlos. 

Los Representantes de esa edad fueron los 
Maestros Músicos Juan de Jesús Fernández, 
Vicente Sáenz, los Andrinos, el Maestro Eulalio. 



RAMÓN A. SALAZAR 99 



Ellos compusieron 'Villancicos," que aún se 
cantan en el día; ellos fueron autores de aque- 
llas deliciosas ''pastorelas" en que figuran zaga- 
les, negros, indios y niños que cantan acompa- 
ñados con pitos de agua, formados con cañuelas 
semejantes á las que usaban los pastores de la 
Arcadia con "cfainchines," "tamboriles," "sam- 
bombas," resultando del conjunto de aquellos 
instrumentos primitivos un ruido muy seme- 
jante a aquel que debió oírse en los cármenes, en 
donde los hombres pasaban su vida al cuidado 
de sus numerosos rebaños. 

He dicho que no podría elogiarse la letra de 
los villancicos como documentos literarios. No 
así la música que sabe á hojuelas, aromatizadas 
con pétalos de rosa y endulzadas con miel blan- 
ca, la golosina de la estación. 

A guisa de piezas históricas, y para contribuir 
al Folklore voy á insertar algunas. De las más 
antiguas y más populares son las siguientes, que 
se entonaron al principio al niño Jesús, y des- 
pués, pasaron en todo el país á ser el canto con 
que las madres y las nodrizas adormecían á los 
niños en la cuna : 

Dormite niíiito Una camisita 

Que tenido que hacer Yo te daré 

Lavar tus pañales El día de tu Santo 

Sentarme á coser. Al amanecer. 

Señora Santa Ana 
¿Por qué llora el niño? 
— Por una manzana 
Que se le ha perdido. 

— Que no llore pues, Dormite niñito 

Yo le daré dos. Que viene guagua 

Uno para el niño Y si no te dormís 

Y otra para vos. El te comerá. 




100 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

El siguiente, es un villancico que se canta 
por un indio : 

Ahora sí niño Dios 
Más que Tosté más impermo 
Vamos á cantar un poco 
Para que los das un remedio. 
Ya no queremos estar 
Allá con los empermero 
Porque mucho los jiringa 
Ya no se aguanta el trasere 
Todos los días se viene 
Este don Román Cacere (1). 
Chale jiringa con él 
Cada rato está diciendo : 
Más pior está don José, 
Viene con su lanceto 
Porque no me muera, dice. 
Otra sangría está bueno 
Todo este sos jaragán. 
Mas que te vas al impierno 
Por tu cuenta se morió 
Mucha gente de mi pueblo. 
Aquel otro parrajiosa (2). 
Este español lo queremos 
Porque va á dar conmigo 
Su caldo y atol muy bueno, 
Pero quizá no me aguante ' 
Lo cantamos otro verso. 
Dayo un remedio niño 
Porque duele mi cagüezo. 



[1] Caceros, discípulo predilecto del Dr. Flores y Cirujano del 
Hospital de San Juan de Dios á principios del presente siglo. 

[2] Esparragoza, uno de nuestros más célebres Médicos, autor de 
varias obras y sucesor del Dr. Flores en el protomedicato. 



RAMÓN A. SALAZ AR 101 



Ya me figuro á uno de mis críticos, censuráu- 
dome el que haya publicado esta composición. 
Yaya, me dirán; tú, cantor de ''Tata Bucho," has 
descendido hasta elogiar y dar á conocer la can- 
ción de un indio. Tú prostituyes las letras. 
Estás perdido. No eres digno de nuestro 
Olimpo. 

Pues bien, sea ; no entraré á la mansión de 
los inmortales, pero al menos me proporciono 
el gusto de publicar ese juguete de un pueblo 
infantil, ese canto ingenuo de un pobre indio 
cerca de la cuna del ''Niño-Dios." 

Y así como esa, poseo otras tantas que junto 
con algunas tonadas, loas y entremeses, publica- 
ré algún día en forma de Folk-lore guatemalteco. 



XYir. 

NUESTROS CANTOIIES. — JOSÉ BATEES MOÍnTÚPAR. — LOS AMO 
RES DESGRACIADOS DEL POETA. — SU AMIGO EL GUITARRIS- 
TA FRANCISCO GARRIDO. — UNA DE SUS CANCIONES, TIERNA 
Y SENTIDA. — ELÍAS PORTILLO, UN TROVADOR DE NUEVO 
GÉNERO. — EL PIANO-FORTE EN GUATEMALA. — FRANCISCO 
SÁENZ ZECEÑA. 



Pepe Batres era á más de un poeta genial, 
un miisico inspirado y im excelente matemático. 

No lo conocí personalmente, pero sí traté á 
UTia persona que tuvo amistad íntima con él, y 
que fué su confidente. 

Nadie ignora la historia desgraciada de los 
amores del poeta. La naturaleza al dotarlo de 
un gran talento y de fecunda vena poética, fué 
ingrata con él, respecto de la parte física. 

El hombre era feo, narigón, lampiño, y eso le 
hacía sufrir horriblemente, y contribuyó á darle 
un aire huraño y desconfiado. 

Vivía, generalmente, encerrado y sólo. Pepita 
Grarcía Granados fué su amiga, y aun algunos 
dicen que su musa gris; entre ambos compusie- 
ron el célebre sermón, para el canónigo Castilla, 
que como pieza pornográfica, llena de ingenio y 
sal, no tiene parecidas, sino en algunas de igual 
género, atribuidas á Espronceda. 

Batres era un notable guitarrista y tenía por 
amigo á Francisco Grarrido, á quien conocí ya 
viejo, y que era maestro en eso de rasguear ins- 
trumento tan difícil. 

Ambos pasaban veladas enteras; pulsando la 
guitarra y consolándose, el primero con la mú- 



104 RE(^UERDOS DE MI JUVENTUD 

sica, ese gran remedio, ese lenitivo de los inmen- 
sos dolores, ese supremo calmante de las bata- 
llas sordas que libran en nuestra alma las pa- 
siones. 

La persona á quien me he referido vivía en la 
misma casa del poeta, y ella me ha contado con 
lágrimas en los ojos, algunos de los secretos de 
aquella alma desgraciada. 

Cuando se quedaba sólo el infeliz, se echaba 
sobre su mesa de estudio, y de ese modo, in- 
consolable, daba rienda al llanto y á su pesar 
sin límites. Así permanecía horas enteras, tras 
las cuales tomaba la guitarra para hacerla gemir 
al compás de su dolor. 

Fué entonces cuando compuso aquella canción 
tierna y sentida, á la que después le puso mú- 
sica, y que dice : 

Aquí en mi pecho oculta está 
Mi violenta pasión. 
Mudo á tu vista callará 
Temblando el corazón. 

Jamás, jamás te pediré 
Que calmes mi dolor, 
Y silencioso yo sabré 
Morir de tanto amor. 

Eterno fuego arderá en mí 
Con palidez mortal. 
Oculta á todos y aun á tí 
Cual llama sepulcral. 

Destroza, hiere sin piedad. 
Duplica tu rigor ; 
' Si puedes ver con frialdad, 
A quien muere de amor. 



RAMÓN A. SALAZ A R lOí") 

Lejos de tí pronto estaré, 
. Huye de mí, que yo. 

Siempre por tí x^reguntaré, 
Si eres feliz ó no. 

Amar, callar, vivir sin tí, 
Vivir en el dolor, 
Tal es mi suerte. Cora, sí. 
Tal es mi triste amor. 

Esta canción está traducida al inglés, y la he 
oído cantar en Nueva York lleno de emoción, 
recordando lejos de Gruatemala, al poeta más 
admirado de mi tierra, y evocando también 
aquellos días de mi juventud en los que 
jamás oí esas querellas adoloridas, esas quejas 
sin consuelo, esos lamentos de una alma que 
perdió toda esperanza en la tierra, sin llorar, 
por el poeta y por mi mismo, desgraciado tam- 
bién, y todo por la mano negra del destino como 
la víctima de las pasiones durante mi juventud. 



Elias Portillo pertenecía á la misma familia 
de guitarristas, que florecieron desde el año de 
1837 hasta mediados del siglo, y que no han 
dejado herederos. 

Casi se le podría llamar un gran artista. Una 
especie de trovador que iba, no de castillo en cas- 
tillo, como los de la Edad Media, sino de 
rumbo en rumbo, dejando oír sus arpegios 
acongojados. 

A él le oí la siguiente, cuya letra es del doc- 
tor don José Farfán, guitarrista también : 



106 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



Oh ! cuan triste es vivir, vivir penando 

Y sentir siempre ardiendo el corazón 
Dentro del pecho, amante estar luchando 
Contra el deber, la indómita pasión. 

Ah ! yo te vi mujej\ vi tu hermosura, 
Vi tus hechizos mil y meperdi 

Y ciego desde entonces; sin ventura, 
Todo es pesar, tristeza para mí. 

Si, todo es triste para el alma mía. : . . 
Triste veo del alba el arrebol 

Y triste veo pasar el claro día, 

Y triste en fin, veo ponerse el sol. 
Sigue la noche que adormece el mundo, 
Todos descansan, todos, menos yo. 
Porque mi pena, mi dolor profundo 
No me dan tregua un instante, no. 

Por mi semblante pálido y marchito. 

Corre mi llanto amargo, sin cesar, 

Ahora estoy hinguido, ahora me agito 

Ahora siento mis días acabar. 

Mas ¿por qué me lamento de mi suerte? 

Si la beldad que adoro me juró. 

Me juró ser mía hasta la muertef 

Oh ! loco amor yo no te he cantado, no. 

Desde el año de 1860 comenzó en Guatemala 
la invasión del piano-forte, hasta el extremo de 
ser hoy mueble obligado en toda casa, aun en 
la más modesta. 

Yo vi en otro tiempo algunos monacordios,^ 
los únicos que se podían importar dada la dis- 
tancia de los puertos, y la dificultad de (*ondu- 
cirlos en carretas ó en muías hasta la capital. 



HAMÓN. A. SALAZAR 107 



Francisco Sáenz Zeceña, fué un compañero 
mío de colegio, y en mi juventud, uno de mis 
más íntimos amigos. 

Era un gran pianista y poseía un talento mu- 
sical que rayalDa en genio. Era un neurótico, 
y ha sido el carácter más desequilibrado que 
haya conocido. 

Hablaba con facilidad prodigiosa con un estilo 
exhuberante en símiles é imágenes. Tenía sien- 
do joven, el alma sublevada contra la sociedad, 
por exceso de romanticismo. Por espacio de 
seis meses estuvo decidido á hacerse fraile, no 
por devoción, sino para ocultar en la celda so- 
litaria y bajo la capucha, la desesperación de 
su alma. 

La mayor parte de las tardes de verano, nos 
íbamos á pie hasta el llano de los Arcos, hoy 
''Parque de la Reforma," fugos del colegio, y 
allá, solos con la naturaleza, contemplando las 
siluetas de los volcanes, y los esplendorosos 
celajes del ocaso, nos poníamos á soñar, y á 
improvisar estrofas triunfales: é hincados, como 
los Incas ante el padre Sol que se iba, lo despe- 
díamos con salvas de amor y admiración. 

Sentíamos que el alma nuestra se nos salía 
del cuerpo, para irse á confundir en el alma uni- 
versal, y caíamos en éxtasis y deliquios de los 
que sólo nos sacaba la oscuridad de la noche y 
el beso de luz de las estrellas que comenzaban 
á titilar. 

Ese ejercicio nos desequilibra. En mi juven- 
tud sufrí crisis de alucinado, de las que el tiem- 
po me fué curando poco á poco. 

Mi amigo no tuvo esa fortuna, y murió del 
mal de Werther y de Rene. 



108 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



Ha dejado composiciones musicales, que aun 
^se tocan y se oyen con admiración. 

De él es aquella tonada, tan conocida y que- 
jumbrosa, cuya letra dice : 

Amar como jamás habrán amado 
Sentir, como jamás habrán sentido, 

Y no poderlo decir al bien querido, 
Ah! es muy, triste ¡oh Dios! amar así. 

Desesperar del mundo y de la vida, 
Por no poder decir que idolatramos, 

Y en silencio llorar, cuando lloramos, 
Ay! es muy triste, ¡oh Dios! amar así. 

Como se ve todos estos eran cantos de pasión. 
ISío recuerdo haber oído ninguna letrilla chis- 
peante, ni algún desahogo patriótico. 

Llorar y callar : tal era nuestro destino. El 
<íhiste salado y chispeante ; la ironía fina, y el 
retruécano agudo, se quedan para los pueblos 
libres y felices, y el nuestro gemía bajo una 
doble tiranía : las de las pasiones que agovia- 
ban las almas por el dolor, y la de Carrera, que 
pesaba como lazo de plomo sobre las con- 
<íiencias. 



XVllI. 

.A PROFESIÓN DE l'NA MONJA. — EKA UNA HERMOSA MAÑANA. 

DE MAYO. . — OLORES DE MIS DÍAS DE CREYENTE. — EN 

LA IGLESIA. — OFICIABA DE SUMO SACERDOTE EL CANÓNIGO 
PLANAS. — UN ORADOR SAGRADO. — COHETES, GRANADAS^ 
BOMBAS É INCIENSO. — PROCESIÓN DE ESPECTROS. — LA VÍC- 
TIMA. — LAS TIJERAS DESPIADADAS DE UN CLÉRIGO INHU- 
MANO.— TRISTES ADIOSES. 



Uno de los sucesos que más impresionaron mi 
imaginación de niño, fué la profesi<5n de ima 
monja en el Címvento de Concebidas de esta, 
capital. 

Recordando al través del tiempo aquella leja- 
na visión, toman de nuevo forma en mi mente 
los espectros blancos que pasaron un día ante 
mis ojos. 

Era una hermosa mañana del m(3S de mayo 
tíorido, de un año (pie no podría precisar. El 
mes de mayo ha sido en Guatemala el que ''las 
hijas de María," las castas y púdicas doncellas^ 
dedican á su Santa Patrona, rindiéndole el puro 
homenaje de sus cantos y plegarias, y deposi- 
tando al pie del ara ramilletes de olorosas flores^ 
no tan castas como ellas. 

Era el fin del mes; la iglesia estaba engalana- 
da con cortinajes de damasco, hojas de pacaya 
y ramas de pino, cuyas emanaciones balsámicas 
perfumaban la atmósfera con un olor tal, que 
una vez respirado no puede olvidarse. 

La memoria no sólo aprisiona ideas, sino 
también olores; y á mí me pasa que un perfume 
que haya dejado de respirar por largos años,. 



lio RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

despierta en mi imaginación recuerdos adorme- 
cidos, y hace que se rehagan escenas olvidadas 
cuando vuelv^o á respirarlo. 

El olor del pino es uno de esos. — Es el olor de 
mis días de creyente. 

Regado de pino estaba el pavimento del tem- 
plo cuando, siendo niño, me iba á arrodillar al 
pie de los altares; así lo estaba cuando uní mi 
suerte á la de mi dulce compañera; y así quise 
también que estuviera mi humilde hogar cuan- 
do el cielo me envió á mi primera niña. 

¡Ay! por eso, cuando la suerte me ha conduci- 
do á lejanas playas, mi alma en sus nostalgias 
ha estado triste, echando de menos ese olor tan 
característico de la tierra natal. 

En la mañana referida, se cantaba misa ma- 
yor y teníamos homilía sagrada de un orador 
céleííre. 

La música era de Benedicto Sáenz, el mejor 
artista que, en su género ha producido el país. — 
Cantaban Felipe Ortiz, Alejo Panlagua y Conra- 
do Koep. 

Oficiaba el Supremo Sacerdote el señor Canó- 
nigo Planas. 

Comenzó el Santo Sacrificio á las 9 y ^ entre 
el humo del incienso y el sonido conmovedor del 
órgano, que tocaba don Víctor Rosales. Cantó 
la epístola un cleriguillo destemplado, y hubo 
genufle:^iones y golpes de incensario. 

Estaba presente su Excelencia el Greneral Ca- 
rrera, quien con mucha devoción besó el paxte- 
cum, á su debido tiempo. 

Se cantó el evangeho por un sacerdote ave- 
jentado, quien tenía tras de sí al joven clérigo 



RAMÓN A. SALAZAR 111 

de la epístola, y a sus lados dos acólitos con ci- 
riales para alumbrarlo. 

Terminada esta parte interesante de la misa, 
el señor Canónigo y sus ayudantes fueron á sen- 
tarse, caminando del altar á las sillas con postu- 
ras hieráticas: bajos los ojos, juntas las manos, 
hasta tocarse con los dedos la punta de la nariz. 
Se sentaron, y nosotros también; quiénes en el 
suelo, las señoras; quiénes en los escaños, los 
varones. Y entonces subió á la tribuna sagrada 
el orador. 

Era aquel santo varón un hombre gordo, pero 
muy gordo. Me parece que también era asmá- 
tico. La naturaleza lo había obsequiado con 
una papada maestra, sobre la cual se complacían 
las moscas en posarse. 

El sermón fué digno del orador, que hizo la 
apología de la doncella en cuyo honor se celebra- 
ba la festividad, y que entre pocos momentos 
iba á consagrar su vida á Dios. 

Cuando la misa terminó, hubo cohetes, grana- 
das y bombas en el atrio del templo, por manera 
que el olor de la pólvora se unió al del incienso, 
y hubo sensación para todos los gustos é incli- 
naciones. 

Su Excelencia estaba contento. Y entre can- 
tos y plegarias terminó la misa. 

Entonces se dio principio ala ceremonia sacro- 
espectral. 

Una reja de hierro rechinante, situada en el 
extremo posterior del templo abrió sus brazos, 
y al travez de ella surjió una figura vestida de 
blanco, con un velo tupido que el caía hasta los 
pies, los brazos abiertos y un cirio en la mano de- 
recha. Tras ella fueron deslizándose otras tan- 



112 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

tas figuras, igualmente misteriosas, y con paso 
acompasado, y cantando á .w/o voce plegarias con- 
movedoras, al compás de una música armoniosa, 
se encaminaron aquellos seres entre la valla for- 
mada por los devotos 

Aquella era una procesión de espectros blan- 
cos que salían de sus sepulcros, con cirios en las 
manos para alumbrarse en su camino terrenal. 

¿Eran bellas las que así iban cubiertas? ¿Eran 
felices? ' ¿Qué secretos dolores, qué pasiones^ 
qué desengaños, qué lágrimas ocultaban aque- 
llos velos impenetrablesf 

jAy! Nosotros, los del lado de acá del mundo 
lo ignorábamos! Solo sabíamos que a(j[uellas 
esfinges que se movían, eran vírgenes, y por sus 
oraciones y penitencias, santas. 

Y entonces apareció la víctima, di bianco ves- 
tita^ entre dos monjas enlutadas, coronada de 
rosas, y con el cabello suelto. 

Los espectros le formaron doble valla, y la tri- 
nidad misteriosa avanzó pausadamente y en si- 
lencio hasta el pie del ara. La hermosa niña se 
arrojó al suelo, cuan larga era, con los brazos 
abiertos, y se oyeron lamentos como los del dies 
irse que se canta á los que se van de este mundo. 

Las tijeras inhumanas de un clérigo despiada- 
do, cortaron á raíz el hermoso cabello de la ni- 
ña amada, y se le arrancaron las flores y las jo- 
yas; y la ingrata, en el sentido humano, abrazó 
por última vez a sus padres, les dio el supremo 
adiós, quedando viva en la tierra, muerta por 
siempre para el mundo. 

Cuando hubo terminado aquella interesante 
escena, se la introdujo de nuevo al convento, ce- 
rrándose y rechinando tras ella las rejas; y la 



RAMÓN A. SALAZAR 113 



candida é inocente niña, ignorante quizá de las 
penas de la vida, no conociendo tampoco sus 
alegrías, ni sus pasiones, se agarró a los barro- 
tes, mostrando su bello rostro pálido, sus ojos, 
negros, cuajados de lágrimas, sus labios tem- 
blando de sonrisas, y todos nosotros fuimos des- 
filando ante ella, admirando aquella juventud, 
aquella hermosura, aquel valor heroico, y despi- 
diéndonos de la virgen que prefirió ser esclava 
de Dios, á ser la reina y señora de un hombre, 
la madre cariñosa de sus hijos y el encanto de 
sus amigos, en esta sociedad mundana, tan llena 
de escabrosidades y desengaños. 



XIX 

JOSÉ MARÍA ROGEL (a) BAMBITA, ERA UN JOVEN DE 29 AÑOS, 
CUANDO SUBIÓ AL PATÍBULO. — COMENZÓ SU CARRERA CRI- 
MINAL Á LOS QUINCE AÑOS DE EDAD. — SUS ASALTOS EN 
DESPOBLADO. — SUS DISFRACES. — CRÍMENES DE FUERZA. — 
SUS ASESINATOS. — SUS EVACIONES DE LAS CÁRCELES. — EL 
ÚLTIMO DE SUS ESPANTOSOS CRÍMENES. — ES EJECUTADO 
EL 20 DE NOVIEMBRE DE 1845. 



Entre los monstruos qne ha producido Gf-uate- 
mala, ninguno ha dejado más rastros sangrientos 
que el bandido con cuyo nombre encabezo este 
capítulo. 

Era un joven de veintinueve años, cuaudo su- 
bió al patíbulo, y ya había cometido crímenes 
tales, que la causa que contra él se instruyó, 
consta de doscientas setenta fojas, en las que se 
relata su historia, llena de asesinatos, robos, heri- 
das, evasiones de las cárceles, asaltos en despo- 
blado, violaciones, frases espantosamente céle- 
bres, actos de verdadero caníbal, todo con carac- 
teres tales que más que la historia real de un 
bandido, parece una leyenda forjada por la ima- 
ginación de un escritor delirante. 

Bambita nació en Amatitlán y comenzó su 
carrera criminal cuando apenas tenía quince 
años de edad, robándose algunas libras de grana 
del nopal de Manuel Contreras. 

Y desde entonces, aquel joven imberbe se con- 
vierte en el terroi de la comarca. 

En febrero de 34 asalta la casa de un tal Ar- 
den, con quien tenía rencores; lo insulta, hace 
befa de él, le roba grana, arrojándole puñados 



116 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

de ella sobre el rostro y termina por apoderarse 
de ana escopeta que halla á mano, con la cual 
habría dado, de seguro, muerte á su enemigo, si 
éste no hubiera salido huyendo. 

En julio del mismo año, infiere á Mariano 
Ramírez una herida en la cabeza y dos en las 
manos. 

A mediados del año 36, da muerte cruel á Fran- 
cisco Téllez. 

En doce de diciembre del mismo año, estando 
escondidos él y Mónico Ramírez, entre el monte, 
ven pasar á Manuela Martínez, á quien estaban 
acechando; se lanzan sobre ella, la arrastran den- 
tro del soto, le ponen sus puñales en el pecho y 
abusan de ella uno después de otro. 

En tres de enero del año 37 se disfraza de 
agente de la autoridad, llama a las altas horas 
de la noche á las puertas de la casa de Diego 
Hernández; levanta de la cama á la sobrina de 
éste y arrastrándola al suelo le pone una daga en 
el pecho y abusa de ella á la vista de Hernández 
y su mujer, quienes no pueden impedirlo, porque 
un compañero del bandido los amenaza con la 
muerte al primer movimiento que hagan. 

El veintitrés de septiembre de 39 convida á 
tragos á José A. Cruz, le advierte que va á ma- 
tarlo, se chancea con él, y entre copa y copa le 
asesta tremenda puñalada. 

Ebrio de sangre y de licor, pregunta á sus 
compañeros si Cruz está muerto; éstos le contes- 
tan, y Bambita les ruega que le aguarden porque 
va á matar á otro. Dirígese al estanco de Luz 
Bolaños, pide más aguardiente, con la que obse- 
quia á los presentes en el tugurio; bebe él tam- 
bién, se ríe, charla y está contento, da la vuelta 



líAMÓN A. SALAZAR 117 



y hunde su puñal asesino en el abdomen de Ma- 
cedón! o Ramírez que dormía su borrachera en 
el mostrador del estanco, y el cual no chista, 
porque del sueño terrenal pasa al eterno, con las 
entrañas, las venas y las arterias desgarradas 
por aquella puñalada maestra, quizá la mejor 
entre las muchas que dio Bambita. 

A un pobre campesino vestido de blanco, le 
mete el puñal dentro del pecho, solo por el ins 
tinto estético de ver teñido de rojo el albo traje 
de aquel desgraciado. 

A Juan de los Santos Paoleta le infiere gi-aves 
heridas, sin preceder riña, por la razón de que 
habiendo peleado, herido y muerto á tantos, sólo 
con Paoleta no lo había hecho. 

A don Fermín Arévalo lo persigue por las ca- 
lles de Amatitlán, con una escopeta; el pobre 
hom^bre sale huyendo despavorido ante la ira- 
cunda fiera y al fin cae con nn golpe en la región 
del sacro, que por fortuna para él no fué mortal. 

Se finje el malvado, militar en comisión del 
Gobierno y bajo este pretexto arranca una muU 
ensillada á Manuel Jonama y un caballo á Ci- 
ríaco Ramírez. 

Mas el demonio aquel era invisible para la 
justicia que por mucho tiempo estuvo tras de su 
pista, hasta que al fin logró apoderarse de él; lo 
pone en la cárcel, á buen recado, y mientras se 
siguen las averiguaciones taladra nuestro Pra- 
Diávolo un subterráneo que va á dar á la calle, 
por donde se escapa. 

Por ese tiempo hirió gravemente á Manuel 
Alvarado ^a) el atolero. 

En veintinueve de noviembre de 42 fué con- 
denado á la pena de diez años con calidad de 



118 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



retención, que debía purgar en el castillo de San 
Felipe del Grolfo. Salió de esta ciudad con direc- 
ción á aquel presidio en el mes de abril del año 
44; mas se fugó en el camino. 

En febrero del año de 45, llega a la aldea de 
''Lo de Anís," hecho una furia. Tiene una daga 
afilada, en la mano, con la que lanza mandobles 
á diestra y siniestra; pasa á su lado una perra, y 
la atraviesa, gritando que deseaba fuese el Al- 
calde. Se le acerca una gallina y de un tajo le 
arranca los pies. 

Como no hay quien se le atreva, vase de allí 
la fiera y se oculta detrás de un matorral. Al 
rato pasan enfrente de él las hermanas Tomasa 
y Cunegunda Salazar; salta el tigre al camino y 
á empujones quiere llevarse á la primera á su 
guarida; mas como esta se resistiese y quisiera 
huir le dá hasta ocho puñaladas que allí mismo 
le dejan muerta. 

La hermana grita pidiendo auxilio por el te- 
mor de correr igual suerte, y Jacinto González 
que llega á ese tiempo y que después figura 
como testigo en la causa, aseguró que había vis- 
to desde lejos á Rogel con un pie sobre su víc- 
tima, forcejeando por extraer su puñal que sin 
duda alguna se había quedado trabado entre las 
vértebras. Después los espectadores lo vieron 
retirarse á pasos largos por un callejón, lamiendo 
el puñal y saboreando la sangre de su víctima. 
Esta horrorosa escena de antropófago no debe 
de extrañar á quien sepa que en aquel tiempo 
los malhechores tenían la preocupación de que 
quedaban sujetos á sustos, visiones y espantos, 
producidos por el alma de sus víctimas quienes 
les amenazaban por todas partes con la persecu- 



RAMÓN A. SALAZAR 119 



ción de la justicia; y que el único remedio para 
libertarse de ello era chupar la sangre de los que 
acababan de asesinar. 

Por fortuna para la liumariidad, Rogel fué 
aprehendido en el acto. El cadáver de Tomasa 
no había perdido el calor de la vida, y como al 
pasar bien seguro y maniatado frente á su vícti- 
ma, sus aprehen sores se la señalasen con el dedo, 
diciéndole que vie^e lo que había hecho, el con- 
testó con sonrisa en los labios y con un cinismo 
que aterra: que era un remiendito 'para no perder 
la devoción. 

Rogel fué juzgado y sentenciado a la liltima 
pena, que sufrió el 20 de noviembre del año de 
1845. 

El periódico del cual he tomado los principa- 
les datos x)ara este estudio, asegura que aquel 
malhechor murió cristianamente, arrepentido de 
las inmensas faltas cuyo solo relato estoy seguro 
que causará espanto en el ánimo de mis lectores. 



XX. 

LA CRIMINALIDAD DURANTE EL GOBIERNO DE LOS 80 AÑOS. 
— CÉLEBRES PALABRAS DE UN ABOGADO DE NUESTRO 
FORO. — LOS CINCO BARRIOS ANTIGUOS DE LA CAPITAL. — 
ANTAGONISMO Y ODIOS ENTRE LOS HABITANTES DE CADA 
UNO DE ELLOS. — BANDIDOS CÉLEBRES. — ALGUNAS DE SUS 
FECHORÍAS. — ^'LA CORTE DE LOS MILAGROS" DE GUATE- 
MALA. — '^LA SIRENA," "el CADEJO" Y "LA LLORONA." 



El Licenciado don Andrés Andreu, en un cé- 
lebre pedimento fiscal decía con fecha 23 de 
marzo de 1868, lo siguiente: 

''Desde los últimos días del año de 1849 es 
imponderable el número de asesinatos que se 
han cometido en el país." 

Y para explicar ese doloroso estado social, ci- 
taba las célebres palabras de un abogado de 
nuestro foro, quien decía: "Consiste ello en la 
falta de educación para las clases pobres, en la 
sujeción á las concripciones militares, estableci- 
das sin leyes preexistentes, en estar expuesto el 
hogar á ser invadido constantemente, j en la 
insignificancia de las leyes de policía." 

La pintura, como se ve, no es halagüeña: ella 
patentiza el estado de moralidad en que se en- 
contraba Guatemala en aquella época que algu- 
nos quieren pintar como la edad de oro de ]a Re- 
pública. 

¡Qué hemos de hacer; no quieren conven- 
cerse de su error! Y tan ciegos son que, si les 
pusiese el Sol en la punta de la nariz, no lo ve- 
rían. 



122 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

La ciudad que tanto se ha extendido en los 
últimos años, estaba hace veinte, dividida en 
solo cinco barrios. 

hJl de la Candelaria á cuyos habitantes les da- 
ban el nombre de "chicharroneros," porque te- 
nían por principal profesión la matanza de ma- 
rranos, y la preparación de morcillas y otros 
productos similares, que malas lenguas decían sa- 
bían confeccionar no solo con carne de chanchos 
sino con tripas de sus prójimos (no de ios chan- 
chos) que diz que son un plato delicioso. 

En ese barrio nació Rafael Carrera tan cono- 
cido en nuestra historia. También fué cuna de 
''Juan Chapín," que aún vive, viejecito y lleno 
de recuerdos. 

¡ü de San Sebastián^ conocido por el barrio de 
"los batanéeos" por que allí existían á principios 
del siglo más de 800 telares de géneros de la tie- 
rra, industria que vino tan á menos cuando se 
decretó la libertad de comercio, por lo cual la 
Repúbli(ía se vio invadida por los géneros ingle- 
ses de pacotilla que hicieron la competencia á 
nuestros productos nacionales. 

El del Calvario^ ó de los "cholojeros'' ó ^'peru- 
leros," que todos esos nombres tuvo y aun con- 
serva. Sus habitantes eran gentes bravas y 
sanguinarias: tenían el privilegio de ser los ma 
tadores en el rastro mayor, y era de verlos pasear- 
se á muchos, salpicados de sangre los vestidos, 
remangadas las mancas de la camisa hasta arri- 
ba de los codos, y con multitud de cuchillos al 
cinto, puntiagudos y afilados, que solo verlos 
causaba escalofríos. 



RAMÓN A. SALAZAR 123 



El de Santo Domingo^ ó de la Habana, morada 
de gente pacífica, de burgueses y de artesanos; 
y por último 

El del Sagrario 6 de la gente decente, en don- 
de estaban las casas solariegas, las que ostenta- 
ban armas heráldicas sobre las puertas, y don- 
de vivían aquellos señores que se dignaban pen- 
sar por nosotros y se servían gobernarnos cris- 
tiana y reaccionariamente. 

Los habitantes de los suburbios vivían entre 
ellos en un estado de guerra perpetua, sin atre- 
verse á pasarla línea fronteriza de la barriada 
vecina, á no ser que fuesen bastante esforzados 
y no temiesen las cuchilladas de sus contra- 
rios. 

Bandidos célebres fueron los Roldanes de la 
Candelaria, quienes asesinaron crelmente á Pa- 
blo Grrajeda (a) el chucho. Félix Roldan (a) ca- 
rota, que había escogido por sitio de sus fecho- 
rías la vecindad del ''Ojo de agua" no les iba en 
zaga á sus parientes de la Candelaria. 

Carlos Machungo, (a) el cabezón., era el terror 
del Calvario. Entre las muchas muertes que 
debía este hombre, se cita la de un viejecillo 
ciego que en mala hora pasó á su lado y á quien 
de una estocada dejó tendido en el suelo jpara 
despenarlo de sus años y de sus achaques^ según 
confesó después el asesino. 

De la misma raza era aquella fiera que mata- 
ba á sus prójimos introduciéndoles afilado puñal 
en el abdomen, para darse el placer de oír el rui- 
do del aire al pasar por el hojal que había hecho 
el arma asesina. 

Y cuenta que no hablo de todos aquellos 
monstruos que produjo la revolución del año 37, 



124 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



con cuyos hechos se podría formar un ''hbro 
negro" que haría temblar de espanto á la huma- 
nidad. 

¿Quién en Guatemala no há oído hablar de 
Monreal, Botero Carrera, Chupina, el chato Flo- 
res, José María Flores (a) el lechero, Grodoy el de 
las hecatombes de Jutiapa y la Azacualpa, Nico- 
lás Quiñónez, €itc., etc.? 

Pues todos esos hombres malos, terror de las 
gentes honradas, murieron asesinados entre 
ellos mismos, y muy pocos en el patíbulo. 

Las buenas piezas á que me refiero, agentes 
del terror hlwnco que trajo consigo la revolución 
reaccionaria, usaban charreteras militares y te- 
nían patente de impunidad, si no ante la ley sí 
ante sus amos; más hubo tres no menos célebres 
y más recientes, como el '^Mancito'' que murió 
siendo presidente de la cárcel, y de quien se 
cuentan tales cosas, que al oírlas involuntaria- 
mente viene á la memoria el recuerdo de ''El 
Maestro de Escuela," de los misterios de París; 
los Guatemala, los Castro, célebres todos en 
nuestros anales del crimen. 

Con tales alimañas que andaban sueltas por 
sus madrigueras, fácil será comprender que las 
gentes que vivían por el centro, no se atreviesen 
á salir á pasear por los suburbios. 

Muy en poco debía estimar su pellejo quien 
se atreviese yendo solo, aun armado, á acercar- 
se á la ''pila del Martinico," al callejón de ''el 
Judío,'' ó al de "la Cruz," "el Chuchero," encru- 
cijadas tenebrosas llenas de asesinos, de lanas^ 
envueltos en chamorros, y en cuyos lugares te- 
nebrosos contaba la leyenda que se veían por las 
noches las sombras de las muchas víctimas que 



RAMÓN A. SALAZAR 125 



habían caído heridas inort ajínente en aquellos 
lugares tenebrosos, que bien pudiéramos llamar 
la ^'Corte de los milagros'' de Guatemala. 

Cuando hoy suelo pasar por ellos, y los veo 
poblados, tranquilos, no puedo menos de recor- 
dar sonriendo el color lúgubre con que en otros 
tiempos se pintaban aquellas encrucijadas mis- 
teriosas, que no conocí sino hasta cuando estu- 
ve entrado en años; pero también me convenzo 
de que debía pasar el pueblo, por un estado muy 
primitivo, cuando se tenía por cosa muy acepta- 
da que por las noches á la entrada de esas calle- 
juelas se aparecía "La Sirena," mujer hermosa 
de negra cabellera que atraía á los hombres con 
sus encantos y los hacía desaparecer para siem- 
pre de la tierra; ''el Cadejo," perro lanudo, con 
ojos de carbunclo y patas herradas; 'la Llorona," 
mujer enlutada que ponía sus gritos largos y 
y acongojados en el cielo, llorando culpas quizá 
imperdonables; "el Sombrerón" y otros tantos 
más aparecidos. 

Siii alumbrado en las calles, á no ser el de los 
farolillos con velas de sebo que los devotos po- 
nían ante algunas imágenes que había en las pa- 
redes de algunas casas, sin serenos, con el temor 
de encontrar tras de cada esquina un ladrón ó 
un asesino, y con la mente llena de terror por 
los aparecidos y los fantasmas de que ya he ha- 
blado, ¡juzgúese como sería esta capital en la 
primera mitad del presente siglo! 



XXI. 

LOS FUSILADOS.— ANTIGUOS AXIOMAS. — EJECUCIÓN DE UN 
REO Y AZOTAINA GENERAL EN LA ESCUELA. — LAS PENAS 
MORALES DE UN SENTENCIADO Á MUERTE. — LA CAPILLA. 
— LA VÍA DOLOROSA.— EL CUADRO.— LOS ECOS FUNERA- 
LES DE LAS BANDAS MARCIALES. — FINAL DE LA TRA- 
GEDIA. 

Existían en otro tiempo dos axiomas que nues- 
tros gobernantes elevaron á la categoría de 
preceptos evangélicos. 

Decían los maestros: la letra con sangre entra. 
Y va de disciplinazos. 

El señor Ministro de Grobernación y Jus- 
ticia aseguraba que: la justicia con sangre se 
imprime. Y lié ahí el patíbulo convertido en 
sacrosanta institución del Estado. 

Y el dómine desde su butaca de baqueta, y el 
señor Ministro desde su silla de terciopelo, se 
guiñaban los ojos y se entendían. Vais á ver 
cómo. 

Ejecución de un reo de muerte y azotaina ge- 
neral en la escuela, eran hechos que coincidían. 
A la misma hora en que el reprobo entregaba el 
alma á su dueño, el niño se retorcía de dolor en 
la escuela. Y eso ¿por qué, y para qué? Por 
una sabia prudencia previsora. Para que los 
rapaces no olvidasen nunca el trágico suceso que 
tenía lugar en el llano de San Juan de Dios, y 
evitasen así el caer en la mala tentación de des- 
pachar á mejor vida á sus prójimos. 

Preguntará alguno ¿qué culpa tenían los ni- 
ños de que á los Bambitas, Glarcías y Jiménez se 



128 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

les hubiese sulfurado el dios Ira en las entrañas, 
ó que su propia perversidad los hubiese arras- 
trado á cometer sus nefandos crímenes? 

Culpa no, ya lo he dicho. Era por simple pre- 
visión. Algo así como una lección objetiva, ¡Si 
cuando digo que aquellos señores eran unos 
sabios! 

Si existe otra razón, ¡ojalá nos la expliquen 
sus panegiristas! 

Mientras llega esa explicación, si es que lle- 
ga, que no creo que llegará; y si llega, bien llega- 
da sea, veamos cómo se ejecutaban á los reos en 
el tiempo que existió el suplicio en Guatemala. 

¡Ay! del que incurriese en pena tan terrible! 
Morir, sea; pero al menos ¡no con tantas tortu- 
ras y dolores! 

Comenzaban por encerrar al sentenciado en 
un c larto estrecho llamado ''Capilla" y allí pa- 
saba el infeliz durante tres días las penas más 
espantosas. 

La cárcel pública se encontraba en el edificio 
Municipal, con la puerta mayor mirando á la Pla- 
za de Armas. Así como en otras partes se ve en lu- 
gar tan iniportante un museo, una iglesia ó un pa- 
lacio, aquí teníamos la cárcel de Corte, hedion- 
da, dando el espectáculo diario de multitud de 
presos tras de las rejas hablando con sus deudos 
ó solicitando la caridad pública. 

Perdida para el reo la esperanza de todo au- 
xilio humano en la tierra, sin salvación ni con- 
suelo, oía desde su celda de dolor, los ecos pla- 
ñideros de las campanas de la capital que desde 
sus torres pedían al cielo la misericordia que el 
miserable no había encontrado en la tierra; y 



RAMÓN A. SALAZAR 129 



más cerca, á las puertas de la cárcel, á algunos 
de sus compañeros de prisión que producían 
chasquidos estrindentes con unas cadenas, y 
pedían á los que pasaban: una limosna por el alma 
del pobre á quien iban á ajusticiar, por el amor de 
Dios. 

Las gentes se apiñaban en tropel en las esqui- 
nas de la plaza á leer la sentencia manuscrita 
en grandes caracteres, tal así como estaban es- 
critas las ^'Doce Tablas" a principio de la Repú- 
blica Romana. Aquí, es decir, dos mil y pico 
de años después, ya había imprenta pero se pre- 
ferían los métodos antiguos, por no tener mu- 
cha confianza de que esa sentencia se leyese en 
''La Graceta.*" 

Y después de conocer el veredicto de los hom- 
bres, aquel concurso de curiosos se iba á la cár- 
cel y desfilaba ante la celda dolorosa, espiando 
las actitudes de la víctima!!! Y los frailes en- 
traban y salían llevando consuelos al condenado, 
con palabras agridulces con el objeto de prepa- 
rarlo para el gran día. 

Y llegaba este al fin. 

Desde muy de mañana las tropas de la plaza 
entraban en movimiento al son de sus clarines 
y tambores. Un inmenso gentío se apiñaba en 
las calles del tránsito por donde había de atra- 
vesar la comitiva mortuoria. El espectáculo era 
gratis y no dejaba de ser interesante. 

En el interior de la cárcel los verdugos se ocu- 
paban mientras tanto en hacer al reo la toilette 
del cadalso. 

Y salía la víctima llevando un sambeni- 
to negro, con calaveras, y una capucha en la ca- 



130 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



beza; en la mano derecha un Santo Cristo, ro- 
deado de frailes y clérigos pálidos y de los miem- 
bros de la Santa Hermandad; y se adelantaban 
con paso sereno, rezando a voz en cuello, confor- 
tando al afligido, y así pasaban acompañados de 
un piquete de tropa entre una larga fila del pue- 
blo amedrentado y curioso. 

El infeliz iba a pie, (los de la Convención man- 
daban á sus víctimas en carros) ^encadenado, y 
al son de los atambores marchaba el cortejo des- 
de la cárcel hasta el llano posterior al antiguo 
Cementerio en la distancia de una milla. 

Muchas veces se desmayaba en el camino, y 
entonces las gentes caritativas lo confortaban 
con vasos de vino generoso. Al llegar á la pla- 
zuela del Santuario, si tenía fuerza, el infeliz se 
hincaba y con voz angustiosa cantaba la salve 
regina y el inmenso auditorio le hacía coro. 
Luego seguía su calvario doloroso hasta llegar 
al lugar del supHcio. 

Pierzon marchó impávido fumando un haba- 
no, desafiando con su sonrisa á sus verdugos. 
No fué un criminal este desgraciado, sino una 
víctima de nuestras revoluciones. 

Otros saludaban por última vez á sus conoci- 
dos, arrojándoles prendas como recuerdos. Otros 
blasfemaban; algunos iban tranquilos y resigna- 
dos; los más dél3Íles, lloraban proclamando su 
inocencia; y los arrepentidos y confesos implo- 
raban la misericordia del cielo. 

De cualquier modo, aquello era conmovedor 
y bárbaro. 

Llegaban al fin. Un gran piquete de fuerzas 
formaba el cuadro, en cuyo centro se encontra- 
ba el mayor de plaza y sus ayudantes. 



RAMÓN A. SALAZAR 131 



Cuando se dÍAdsaba el séquito, la banda toca- 
ba una marcha, cuyos ecos no es posible olvidar, 
y entonces se leía en voz alta, en las cuatro es- 
quinas del cuadro, el siguiente bando: 

A nombre de la República, pena de la vida al que 
implore gracia 6 m.erced para el reo. 

Entraba éste y los sacerdotes auxiliares, y na- 
die más. La multitud pálida y ansiosa, se pre- 
paraba para la gran tragedia. 

Se leía la sentencia y por último se vendaba 
los ojos á aquella masa sin vida, se le sentaba 
en el fatal banquillo, y era pasado por las armas 
después de tres días de los más atroces suplicios. 

El Juez de 1'? Instancia don Justo Milla, al 
dar cuenta de la ejecución del asesino Fernando 
Ramírez, terminó su informe de la manera si- 
guiente: 

"Se le sentó en el banco y luego fué pasado 
por las armas, hasta quedar hecho un cadáver, 
notándose que no habiendo bastado los ocho 
primeros tiros de la escolta designada al efec- 
to, para que muriese fué necesario que otros 
soldados acudiesen á dispararle otros tre? tiros 
más, y entre estos, algunos no pudieron ve- 
rificarlo por no haber dado fuego las ar- 
mas." 

Cuando se fusiló á los asesinos de los niños 
Klée, se colocaron en las paredes vecinas al lu- 
gar del suplicio dos carteles que en letras gor- 
das decían: 

Pues por cuanto la sentencia no es preferida luego 
contra los malos hijos de los hombres cometerán males 
sin temor alguno. 

Eclesiastés cap. 8? vers. 11. 



132 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



Atento está siempre el señor á las acciones de to- 
dos los hombres. A los de los que lo ofenden 
para borrar su memoria de la superficie de la 
tierra. ^ 

Salmo 33 vs. 15 y 16. 

Tales eran aquellas escenas espantosas, que 
por desgracia muchos alcanzamos a presenciar. 



xxir. 

^^BAILE DEL Ví]NADO/' PARA CELEBRAR Á LA VIRGEN DE CON- 
CEPCIÓN, REPRESENTADO POR NUEVE PERSONAS (SIC) SEIS 
MONTEROS, 1 VENADO Y 2 CACHORROS. 



He dicho en otra parte que poseo una colec- 
ción de loas, entremeses, villancicos y cantares 
de nuestro pueblo. Producto de la inspiración 
de una gente sin cultura, todas esas piezas rima- 
das se destinaban á celebrar á la Virgen y 
al Niño-Dios. Pero, ¡qué composiciones! Leyén- 
dolas se apodera del alma cierta melancolía, cier- 
ta piedad cariñosa por la memoria de aquellas 
gentes que desde el fondo de su ignorancia de- 
bieron ser felices y buenas. 

No conocían los resortes del teatro, mas se 
divertían á su modo, haciendo figurar en sus 
composiciones, no solo á seres ideales, sino á los 
pobres indios, hablando un mal castellano, pro- 
nunciado con acento cachiquel y a algunos ani- 
males de nuestros bosques, á quienes daban 
inteligencia y don de lenguas. 

Voy á insertar la letra de un "Baile,'' género 
de diversión muy especial de los indígenas, y lo 
publico con todos los defectos gramaticales, con 
todas sus faltas contra el sentido común, con 
todas las puerilidades y ridiculeces conque lo he 
hallado en un viejo manuscrito. Se dirá que la 
puerilidad es mía dando á luz esa pieza informe. 
Mas debo advertir que en algunos libros de 
Folklore he leído composiciones aun más infanti- 
les; y como en estos artículos me he propuesto 
exhibir el estado del pueblo en época pasada en 



134 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

esta república, creo que nada hay que le pinte 
mejor que la presente pieza, de carácter tan siii 
generis. 

1 Montero. — Divina Reina y señora 

alegría de Cielo y tierra 
hermosa como la luna 
con los cabales de llena 
oy con pechos amorosos 
toda esta feligresía 
celebrar la fiesta vienen 
de la enperatriz María. 
Tu eres más de todas gracias, 
trono de la omnipotencia, 
estrella de la mañana, 
por cuya guia se nabega 
todos, todos engolfados, 
celebran alegre el día 
celebrando muy conformes 
la Concepción de María. 

2 Montero. — Sacro incorructible cedro 

el Sacro espíritu os llama 
pues sobre todos te encunbras 
quando por tu humildad bajas, 
también el dócil ciprés 
Vuestras virtudes comparan 
pues se elevan de tal suerte 
que á madre de Dios te exaltan 
por eso en tu Concepción 
eres presa, limpio, intacta. 

(tocan y salen dos). 

3 Montero. — Eres fuente de aguas vivas 

de donde salen las gracias 
en quien los hombres ocurren 
a limpiarse de las manchas 
quedando limpios i puros 
con las corrientes que emana 
buestra gran misericordia 
buestra piedad tan hermosa 
como médica Divina 



KAMÓN A. SALAZAR 135 



como madre tan poderosa, 
te apareciste señora 
en esta tu triste casa, 
para ser nuestro consuelo 
y también nuestra abogada. 

4 Montero. ^ — Guerto gracioso y sagrado 

eres princesa sagala 

pues la flor del campo chesito 

es de buestro guerto planta 

en él florecen señora 

los que de corasón te aman 

los que firmes te veneran 

los que por reina te aclaman 

i los que á tu Concepción 

festejan con vida y alma. 

(tocan i salen dos). 

5 Montero. — En tí está sinbolisada 

la Iglesia bella señora 
pues madre del uniberso 
los fieles a tí te imbocan 
congregándose gustosos 
acogerse bella aurora 
á tu protección materna 
por la gracia que atesora 
i por aserse partícipes 
de la gloria que te gosas 
para ser nuestro consuelo 
de tu Concepción Señora. 

6 Montero. — Palma eres dulce Princesa 

i palma siempre frondosa 
que es para el cristiano gremio 
rica y brillante corona. 
Palma que es señal del triunfo 
que del Demonio se logra 
i por quien de sus engaños 
concigue el orve victoria 
por eso en buestra puresa 
te llevas la palma toda. 

7 Montero. — Pues para que todos juntos 

celebremos esta fiesta 



136 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



vamos en busca del ciervo 
asiendo la diligencia. 

2 Montero. — Yo penetraré el monte 

y yo iré muy bien armado 
i les prometo esto a todos 
el coger a este venado. 

3 Montero. — Yo iré con mis cachorros 

i e de aser tal alarde 
que me lo an de pescar 
al pobre miserable. 

4 Montero. — Tengo de aser tal tino 

con mi fleclia i arquillo 
^ que él seguro caira 

dándole en el codillo. 

5 Montero. — Aunque soy un pobre viejo 

cargado de mi vordón 
yo le e de ver en mis pies 
con mi santa bendición. 
G Montero. — Y la India qüala ¿qué ara, 
metida en el rebolcón 
pudiendo estar en su casa 
desmotando su algodón? 
(Todos). 
Todos. — Al monte, a la seiba, al prado, 
a coger a este venado 
para celebrar la fiesta 
de aquel nombre inmaculado, 
(tocan i dan buelta, viene el biejo i la india la que trairá 
una canasta con lo que aquí se pide y un jarro). 

5 Montero.— Aunque soy un pobre Biejo 
e venido a esta función 
porque de entre los Monteros 
soy el de la vendición 
traigo ííalambre mis piernas 
por eso traigo vordon 
ai mis güeso adolorido 
ai ai Virgen de Concepción, 
venimos aser el fiesta 
venimos aver función 
vengo a buscar el moger 
qué tuna, mujer atroz. 



RAMÓN A. SALAZAR 137 



Yndia. — Para qué vas a buscar 

aquella india con Stucion 
primero voy saludar 
a María con sillón, 
ai, está lindo el altar, 
(saluda al uso de las indias) 
ai Jesús Santa María 
Señor Santo San Antonio 
Santo bien amontonado 
perdona con su pecado 
ai Anima Purgatorio 
señor San Pedro, San Pablo ,^ 

San Miguel Arcangelado ^|^ 

ai santo Ángel de la guarde 
mi marido está muy malo 
perdonayo con el señora 
tiene calambre sus pies 
ai señora no ai tu pecado. 
5 Montero. — Daca moger que almorsar 
acaba no sos porfiado 
pues vamos subir el cuesta 
para coger el venado 
tengo un poco mi calambre 
tengo las pierna aploxado. 

(mete la mano al chiquigüite i la india se enfada &c.) 

Yndia. — Miren que endemoniado 
muerte de jambre, jarton, 
primero ai está tu estoraco 
para aquel tu bendición 
i luego ai está tu tamal 
ai está un poco tu pistón 
ai está un pedaso de secina 
ai está un poco tu chirmol 
ai está choseque ladino 
ai está tortilla Prijol 
ai está entero tu abacate 
tu chile verde mejor 
ai está un poco pescadito 
el cangrejo no lo ayo 
ai está un pedaso tu alióte 
ai está entero tu vicoi 



138 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



ai está quatro ñcucos 
vamos a comer los dos 
ai está un penca platanito 
ai ai María con sillón 
no ba a dar frío calentura 
bamos á morir los dos 
su mala maña este Pueblo 
aquel tiene su calor, 
(hace como que le da frío). 
aqui te traigo otra cosa 
no va a mirar el maior 
porque luego en la picota 
vamos apagar los dos 
va a dar un siento con migo 
otro siento para vos. 
5 MoNT" — Daca un tragite no más 
para ver su aprovador. 

(bebe) 
mire que cosa tan buena 
ai de pucha que licor 
parece aquel abariente 
que vende aquel español 
parece falta su dulce 
miren que linda agua plor. 
Yndia. — No ves aora este caso 

lo vendiendo el Rosa Gomes, 
caro aqueste rapadura 
si quieres llebar si no 
tapa i media por un real 
por eso duce palto, 
(beben) 

5 MoNT*? — Ay de pucha cosa boena. 
Yndia. — Tapa radiaplo no bes 
los Tosticias i maior 
parece no ai tu verguensa 
quisas ai corregidor. 

5 MoNT*' — Calla pues no boi a dar 
con vos un tu pescosón 
mas que voy adar la cárcel 
endemoniade elec(Sn. 



RAMÓN A. SALAZAR 139 



(Aquí llega el Benado i los dos cachorros i Pepina; la in- 
dia toda alborotada i el Yndio todo asustado.) 

Benado. — Soberana Emperatris 

de los Cielos y la tierra 

madre la más admirable 

de los Angeles Princesa, 

Yo soy un humilde cierbo 

el que está en buestra presencia 

pues me an traído estos monteros 

aser con migo la fiesta 

gosaba ilustre Señora 

goíjaba ilustre Princesa 

de aquella celestial gloria 

para realse de tus proesas 

i para amparo de todos 

i muro de aquesta Iglesia 

o que dichosa Parroquia 

pues que en ello se ermocea 

el rosicler conque esmalta 

lo grande de tu puresa. 

Gosate flor de los campos 

lustre de la primavera 

sol berdadero que alumbras 

aun a las mesmas estrellas 

perdonad de tus Devotos 

esta umilde i corta ofrenda 

de todos tus feligreses 

perdona la insuficiencia. 

1^ Perro. — Como también te suplica 
que tengas de mí piedad 
aunque soy un pobre perro 
i soy un pobre animal 
que de tu casa me llaman 
i no guelo ni aun el pan 
sino una pobre tortilla 
que cuando quiei'en me dan 
i me tienen amarrado 
i en el pescaeso un collar 
i cuando tengo mucha ambre 
todo se me va en ladrar. 



140 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



2" Perro. — Y el pobrecillo que te olle 
a tí también que dirá 
toma tu carne me llaman 
pero nunca me la dan 
lo que me dan es asial 
que es una bestialidad 
i así me ayo muerto de ambre 
mis tripas que ni casi tal 
si se me antoja salir 
por salir algo á buscar 
con lo que topo es con palo 
que es una bestialidad 
i asi me lie buelto ladrón 
que ese es mi mal natural. 

2 MoNT? — Ca pues que lia savéis 

lo que estas voces declaran 
oy quiero que repitan 
mil voces con alegría 
venimos a celebrar 
la Concepción de María. 

3 MoNT".* — Dios guarde al gran capitán 

y tu ilustre compañía. 
1" Cap. — Sea muy enorabuena 

tomen Vstedes asiento 

y digan á lo que vienen 

que es lo que traen preciso 
2 MoNT" — Señor a darte el abiso 

que nos alindes allogías 

con un corto cortejo. 
]/? Cap. — Sabrás pues que en las montañas 

vive un anciano genioso 

pone trampa con gran eficacia, 

tiene dos perros muy diestros 

y estos podemos agregar 

para que aprendan los nuestros. 

2 MoNT^ — Uno tengo muy lijero 

velicoso y mostrador 
encontrando con la caza 
acomete con valor. 

3 MoRT" — Bamos aber al anciano 

llevémosle el vesamano. 
(salen bailando los cuatro capitanes y llegan onde está el 
anciano.) 



RAMÓN A. S ALAZAR 141 



BiEJO. — Qué es de la gente que abita 
en esta salobre cabana '? 
Yndia. — Quien es esa gente loca 

que tanto ruido viene asiendo 
porqué no lo ablas poco á poco 
que mi viejo está durmiendo, 
que los buscas mi casa 
no lo venís ajurgar 
ai esto la camino pasa 
porque no lo doy lugar. 

1 MoNT" — No te asustes hija mía 

no venimos arrobar, 

á buestro esposo buscamos 

que le queremos ablar. 

2 MoNT'* — Aganos favor mi vida 

el recordar á buestro esposo 
que lo emos de minester 
para un precioso negocio. 
Yndia. — Está loca su merced 

para que lo voy a recordar 

está enfermo la pobre viejo 

le duele mucho una su pie. 

(le da una palmada en la pierna i se recuerda el viejo). 

BiEJO. — Que es esto, Candelaria? 
Yndia« — Bastante español en tu casa 

levanta, vení á ver. 
1 MoNT*? — Dios guardé venerable anciano 

con gusto i salud cumplida. 
B. — Como queres que te convide 

si no e dado ni un vocado. 
1*.' — Señor somos buestros hijos 

atiéndanos con bien. 
B. — Que lo pide tu rason 

ablayo decía con mi oreja 

están sordo mi marido. 
1*? — Por noticias que tenemos 

de buestra industria i primor 

una trampa pretendemos 

que nos pongas de fabor. 
B. — Para qué sirve los trampa! 
1° — Para coger un Benado. 



142 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



B. — Para qué sirve Benado 

no lo vende carne el Pueblo. 
1*? — Señor no es para comer 

sino para un festejo. 
B. — Qué festejo, que alegría? 
I*'— La Concepción de María, 
y el Benado que buscamos 
se lo queremos llebar. 
BiE. — Ya tres todo lo menester 
plor, candelas y todo 
para sajumar la monte 
que ese es la mera moda ? 
1" — Ya está todo prevenido 
asiéndonos vreve el fabor. 
BiE. ---Pronto quieren vstedes 
(pone la trampa.) 
la Español ya está los trampa 
bien compuesto lo jisimos 
quando viene la másate 
aquí derecho lo venimos. 
1" — Baya pues anciano, ecliaya la vendición. 
BiE. — No sabo yo cantar cansión. 
1? — No te decimos que cantes 
sino la vendición te pedimos. 
BiE. — No sabo yo curar plución. 

1" — Baya anciano no dilates 
BiE. — No lo vendimos aguacate 
aquellos tiempo de antes. 
1" — Baya anciano echa la vendición. 
BiE. — Baya pues porpiado 
disí tu palabra bien. 
1" — En el Nombre del padre y del hijo 
i del espíritu santo amén. 
BiE. — Aora sí en el nombre de mi 

compadre y mi comadre y todos 
mis hijos y el Biejo uoto á tantos 
Amen. Baya español 
á tu casa que ya voy a llegar con 
el mácate que lo veniste á encasar, 
(corren el venado i lo cogen). 



KAMÓN A. SALAZAR 143 



Benado. — Ya me tenes en tus manos 
monteros pero albertí 
que debes de concederme 
lo que te voy á pedir 
que te detengas un poco 
que me quiero despedir 
de los montes donde yo 
me solía divertir. 
Adiós montes y collados 
ricos riachuelos y rios 
de donde tomé tus aguas 
para sustentarme amigos, 
Ilebenme ya si mi suerte 
así me lo a permitido 
pero me queda el coraszón 
que con migo an celebrado 
la Virgen de Concepción. 

BiEJO. — La Español, aquí está la másate 
que lo fuiste a encargar 
que lo cogí con plucion 
que desis que es para celebrar 
á María con sillón. 

V! Cap. — Y pasando gran señora 
con todo amor y aúnelo 
es tener al Señor Cura 
allá rriba en Cielo, 
cura que por dicha nuestra 
lo es de todo este congreso 
y de aquesta Santa Iglecia 
dale Señora la corona 
que para sí se decea 
que bien merecen sus prendas 
su Doctitud y noblesa 
. lo veamos con una mitra 
que merese su cabeza. 
Venado. — Como á todos los cofrades 
dadles soverana reina 
una salud muy cumplida . 
con prosperidad j»erfecta 
para que siempre te sirban 
en aquesta Santa Iglecia. 



144 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



también á las Capitanas 
que solecnisan tu fiesta 
les damos la enorabuena 
i si á pedir oy se acierta 
á todo el cónclave ilustre 
perdonen las faltas nuestras^ 
tanbien las hijas de María 
que solecnisan tu fiesta 
les damos la enorabuena 
para que siempre le sirban 
en aquesta Santa Iglesia: 
dadles Soberana Reina 
una salud mui cumplida 
con prosperidad perfecta 
y así perdonen Señores 
todas las faltas nuestras. 

FIN. 

Dos cosas se notan en esta desgraciada com- 
X>osici*ón. 

La primera, que los animales hablan mejor 
<jue los hombres; y la se,ü-unda, que no debe ha- 
ber si<io extraño el cura del lugar en que el 
^'Baile" se representaba, á la redacción de dicha 
pieza, pues se le alaba, se le ensalsa y hasta se 
pide una mitra para él. Evidentemente el santo 
hombre estaba tras de bastidores. 



XXIII. 

EL PORQUÉ DE MI TOTAL DESACUERDO CON EL PASADO. — 
ATENTADO CRIMINAL DE LOS CONSERVADORES CONTRA LAS 
INSTITUCIONES REPUBLICANAS. — ACTITUD DE LOS CUER- 
POS CONSULTIVOS DEL ESTADO. — NOBLE CONDUCTA DEL 
CLAUSTRO DE DOCTORES. — IRAS DE DON MANUEL F. PA- 
VÓN. — BLASFEMIAS POLÍTICAS DEL CÉLEBRE MINISTRO. — 
PRESIDENCIA VITALICIA DEL GENERAL CARRERA.— SE LE 
INVISTE DE FACULTADES OMNÍMODAS. — MUERTE DEL FE- 
TICHE. — CAKRERA EN EL CIELO Á LA DIESTRA DE DIOS 
PADRE. — PAVÓN DE RODILLAS ANTE SU ÍDOLO. 



Algunos de mis amigos jóvenes me han solido 
preguntar alguna vez el motivo de mi total des- 
acuerdo con el pasado ; interrogándome también 
:si no habría sido fácil destruirlo con una evolu- 
ción política, de esas que se ven en los países 
cultos, antes que recurrir al medio siempre do- 
loroso de la Revohición. 

A esos jóvenes les contestaré con la verídica 
é imparcial relación que sigue. 

Voy á contarles el modo cómo nuestra pa- 
tria fué una oligarquía tiránica y ridicula desde 
el año de 1854 hasta el de 1865, en que murió el 
General Carrera, y cómo siguió siendo lo mis- 
mo, menos el prestigio de aquel caudillo, bajo la 
administración del Greneral Cerna, hasta el me- 
morable 30 de Junio de 1871, en que nuestro 
partido venció en lucha leal al bando conser- 
vador. 

Por supviesto que no hablaré de la perso- 
nalidad del Greneral Carrera, ni repetiré la 
larga historia de sus actos tiránicos, que tan 



146 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



bien pintados se hallan en el famoso Manifiesto 
de David, escrito por el General don Francisco 
Morazán. 

Muerto está aquel hombre célebre, y no seré 
yo quien remueva sus frías cenizas, ni abra de 
nuevo el proceso histórico del Jefe del partida 
conservador. 

Pero sí puedo hablar del derecho, exhu- 
mando ciertos documentos históricos, que com- 
prueban hasta la evidencia que nuestra patria,, 
durante treinta años mortales, fué el escándalo 
de este continente y el ludibrio del mundo, y 
que los políticos conservadores, en vez de inspi- 
rarse en las tendencias de nuestro siglo, fueron 
á mamar á las ubres de las viejas monarquías, 
para darnos como fruto, aquel flaco engendra 
aristocrático que se llamó la presidencia vitali- 
cia del Greneral don Rafael Carrera. 

Para llevar á cabo ese atentado contra la Re- 
pública y el sentido común, se consultó la opi- 
nión de las autoridades, funcionarios públicos^ 
prelados eclesiásticos, jefes militares y corpora- 
ciones de la nación. 

Algunos de estos cuerpos contestaron en el 
acto, adhiriéndose al plan liberticida. Otros, coma 
la Suprema Corte de Justicia, hicieron distin- 
gos, y se atrevieron á deslizar en su dictamen 
alguna frase, en la que se adivina que aquellos 
jueces y magistrados, aunque retrógrados, no se 
las tenían todas consigo al aprobar de lleno una 
idea que pudo desencadenar de nuevo los furo- 
res de la guerra civil. 

Quien sí tuvo, por esa época, una conducta le- 
vantada y patriótica fué el Claustro de Docto- 
res. El dictamen que emitió, es uno de los do- 



RAMÓN A. SALAZAR 147 



Cimientos más notables de la época; es largo, 
juicioso, abundante en datos sobre la historia pa- 
tria y está escrito en nn estilo sobrio pero firme, 
y con cierta independencia de miras, qne desdi- 
ce de los otros documentos firmados por las al- 
tas autoridades del Estado, por ese mismo 
tiempo. 

Hé aquí un párrafo del indicado documento : 
''Los Capitanes (xenerales se removían perió- 
dicamevite en tiemi3o del Gobierno real; y lo 
mismo los Oidores, y éstos fueron los funciona- 
rios que los pueblos veían los goberiiaban: para 
ellos el Rey era un Dios, cuya vista no les era 
permitida, y así es que su poder ejercía esa in- 
fiuencia tan poderosa sobre la imaginación de 
estos habitantes. Por otra parte, decretada la 
perpetuidad del Presidente, ¿no varía completa- 
mente el sistema adoptado? ¿No es convertir á 
la República en una verdadera monarquía? Es- 
to no puede dudarse, y en tal caso es necesario 
examinar, si el país tiene ó consta de elementos 
para sostener un tal sistema, para que no se va- 
ya á pensar del General Carrera lo de Justiniano, 
comparándolo la historia á Teodosio el joven, 
que destruía con uña mano lo que construía con 
la otra, puesto que Su Excelencia creó la Repú- 
blica (sic) y se destruya bajo su propia adminis- 
tración, para no levantar sobre ella una monar- 
quía; ó que queriendo retroceder en busca del 
punto de donde nos extraviamos después de 
nuestra emancipación, vayamos á precipitarnos 
en un abismo, cosa que no podrán consentir 
aquellos que se hallan rodeados de hijos, cuya 
suerte les es tan cara y de cuyo bienestar no po- 
drán prescindir sino con la muerte." 



148 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

A don Manuel F. Pavón, el alma de aqnel 
complot contra la República, se le acusaba de ser 
enemigo de los abogados, según leemos en la 
biografía que sobre dicho sujeto escribió don 
José Milla. 

Ya se comprenderán sus iras, al leer esta pro- 
testa franca sobre el sueño acariciado de su vi- 
da política, y que fué el digno coronamiento de 
su carrera pública. 

Entonces escribió lo que sigue : 

''Algunos, que con suficiente honradez en el 
alma y rectitud de espíritu, han abandonado co- 
mo insostenible, la peligrosa teoría de la soberanía 
del pueblo, no han podido resolverse á abdicar 
por completo un sistema que lisonjea el amor 
propio y se han refugiado en lo que llaman sobe- 
ranía de la inteligencia, teoría falsa y audaz y 
que en el fondo no es otra cosa que una nega- 
ción de Dios y la Providencia que gobierna las 
cosas de este mundo." 

Se comprenderá que, quien escribe esto, no 
tiene miramientos ni para el país en que vive, 
ni para nuestro siglo de democracia pura, ni pa- 
ra los hombres como don Ignacio González, don 
Mariano Padilla, don José Luna, don Quirino 
Flores, las personas más conspicuas que forma- 
ron el dictamen y que fueron en su tiempo de 
las primeras eminencias científicas del país. 

Dice el Claustro que lo que se quería era con- 
vertir á la República en una monarquía; pues 
bien, responde el señor Pavón: ''fácil es persua- 
dirse de que no todas las Repúbhcas han sido 
democráticas y que las ha habido también aris- 
tocráticas, con gobernantes vitalicios, con jefes 
hereditarios, y, lo que es más, puede decirse que 



RAMÓN A. SALAZAK 149 



con reyes," y sigue citando, con un acopio de 
erudición trasnochada, los ejemplos de las Re- 
públicas teocráticas de Israel, de Treveris y de 
Maguncia; las oligárquicas de Argos, de Tebas, 
de Corinto; y habla de los Arcontes atenienses, 
de los Duxes de Venecia, de los Protectores de 
Inglaterra, de los Statouders de Holanda, y con 
ejemplos tales, sacados de otras edades y de 
otros pueblos tan distintos del nuestro, prueba, 
según él, que su proyecto fijará la prosperidad de 
Guatemala, ''poniendo término á las competen- 
cias que suelen suscitarse, muchas veces con la 
intención mejor, i)or la idea absurda de la división 
é independencia de los poderes. 

Él quiere un hombre fuerte á la cabeza del 
Gobierno; desea un solo timonel, bajo cuya di- 
rección se encamine la nave del Estado; y lo 
quiere á pesar del veto de los sectarios de la sobe- 
ranía de la inteligencia, importándole poco sus 
protestas, que la 'posteridad calificará debida- 
mente. 

Decid, pueblo de Guatemala, ¿quién tenía ra- 
zón, el Claustro de Doctores ó don Manuel Pa- 
vón^ 

Pero en el mundo no es siempre la impúdica 
diosa razón, según el dicho del mismo, la que 
triunfa; triunfó el partido conservador, y el 21 
de octubre de 1851, día nefando en nuestra his- 
toria, la Junta General de Autoridades superio- 
res. Corporaciones y funcionarios públicos, re- 
conoció ''que la suprema autoridad que residía 
en su Excelencia el General don Rafael Carre- 
ra, por favor de la Divina Providencia, no debía 
tener limitación en el tiempo, aclamando en 
consecuencia su perpetuidad/' 



150 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

Pero no era esto todo; se quería mucho más. 

Para que el alerquín quedase completo, había 
que colgarle a los hombros el vestido de la rea- 
leza. El ''Don" ya lo tenía, pues jamás se lo 
apearon en los documentos públicos. Nadie po- 
día hablarle al Capitán General sin darle el títu- 
lo de "Excelencia."" Era caballero de muchas 
órdenes, y la gran Cruz de la de Guadalupe de 
México no la tenían sino tres reyes y el Presi- 
dente de Guatemala. 

Ya se comprenderá que para el pueblo incul- 
to aquellos atributos exteriores significaban mu- 
cho. El aparato escénico de que se rodeaba al 
tirano, era deslumbrador. La casaca vieja y 
holgada, con que se presentara el primer día que 
invadió á la capital con sus hordas, había sido 
sustituida por otra, nueva, bien tallada, llena de 
galones y de bordados. El hombre tenía aspec- 
to marcial. Llevaba el uniforme con soltura y 
en aquel pecho, en cuyo interior ardían tantas 
iras y que había estado expuesto tantas veces á 
las balas enemigas, no iban mal las cruces ni los 
entorchados. Le conocí ya viejo, y aunque en 
mi hogar no se le quería bien, siendo yo un ni- 
ño, ajeno á las luchas políticas, no dejaba de en- 
tusiasmarme con la figura del guerrero. 

El General Carrera, que había sido un tirano 
rematado de hecho, fué convertido por los con- 
servadores en tirano de derecho. 

Hé aquí las facultades y prerrogativas con 
que lo invistió la Cámara de Representantes, y 
que fueron publicadas en la Gaceta de Giuiiema- 
1a el 13 de abril de 1855. 

1? Ser inmune, inamovible é irresponsable por 
sus actos; 2';' tener facultad de crear condecora- 



RAa¿ÓN A. SAL AZAR 151 



<?iones; 3? iniciar por sí sólo las leyes; 4? nombrar 
Consejeros de Estado od libituw'; 5" suspender ó 
diferir las sesiones de la Cámara por un mensa- 
je, ó convocar de nuevo á elecciones, en caso 
que lo exija el interés de la Nación, ó sexi el del 
Presidente; 6? nombrar é instituir Magistrados y 
Jueces; 7?, y esto es tan escandaloso como lo de- 
más, que la justicia se administra se, no á nombre 
de la República, sino en el del Presidente don 
Rafael Carrera. 

¿Necesita algún comentario este Decreto? 
^Vivimos en el siglo XIX ó en el de las monar- 
quías absolutas? 

¿Somos rusos ó americanos'? ¿Es posible que 
en este continente de luz y de alegrías, en don- 
de se columbra la aurora arrebolada de nuevos 
días para la humanidad; que en esta tierra que 
oyó la voz tronante de Barrundia, los conceptos 
de Molina, y los consejos de la sabiduría de 
Crálvez, se haya llevado á cabo lo que ni la Ar- 
gentina pudo hacer con Rosas, ni el Paraguay 
con Francia? 

i Triste celebridad la del partido conservador 
de Guatemala!!! 



A los siete días de haberse concluido la obra 
nefanda contra la libertad de la Nación, su 
instigador principal recostaba su cabeza en el 
sepulcro, como agoviado por la responsabilidad 
inmensa que había contraído ante la historia. 

10 años después, día por día, el Greneral Carre- 
ra pagaba también su tributo á la tierra. Mu- 
rió el Presidente perpetuo el 13 de abril de 18G5. 



152 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



Vanitas, vanitaiem^ et omm.ia vanifas. 

Si es cierto lo que dijo Moiitalvo, ''que al en- 
trar el Greueral Barrios en el templo de la glo- 
ria, Morazán debe haberse puesto en pie," 
cuando el General Carrera entró en el cielo para 
tomar asiento á la diestra de Dios Padre, á don- 
de fué á colocarse por disposición del Reveren- 
do Padre Paúl, don Manuel F. Pavón debe ha 
ber estado de rodillas. 

Y es de suponerse que así haya sido, pues en 
la tierra él y los suyos no vivieron de otro modo^ 
á semejanza de aquellos negros del interior de 
África que fabrican sus fetiches de troncos, y 
en seguida se echan de hinojos á adorarlos. 

Pero dejemos en paz á los muertos. 

Y que la juventud juzgue por lo que queda 
escrito, si, para lavar la frente de la patria, de 
aquella mancha, no hubo necesidad de recurrir 
al medio cruento de la Revolución. 



XXIY. 

ME DESPIERTO Á LA VIDA DEL PENSAMIENTO. — AMOR PATRIO. 

— MI POBRE OUATEMALA ESTÁ ENFERMA. — CIERTOS PER- 
VERSOS LA MOMIFICAN, Y COMO SON 3IAG0S LA HACEN 
HABLAR Á SU ANTOJO. — Y HABLA Y NO SE LE CONOCE MÁS. 

— ESTABA DELIRANDO. — OPINIÓN DE UN ESCRITOR EXTRAN- 
JERO SOBRE LA OLIGARQUÍA GUATEMALTECA, Y SOBRE EL 
ESTADO MORAL DEL PAÍS EN LOS DÍAS DE LA INIUERTE DE 
CARRERA. — ¿QUIÉN SERÁ EL SUCESOR DEL PRESIDENTE 
VITALICIO? — LA CÁMARA DE REPRESENTANTES, Y EL SIS- 
TEMA ELECTORAL DE AQUELLA ÉPOCA. — LA IMPRESIÓN QUE 
LE CAUSÓ Á UN VIAJERO AMERICANO. — DOBLE CLASE DE 
REPRESENTANTES. — LOS DE LAS CORPORACIONES Y LOS 
DEL PUEBLO. — CÓMO Y QUIÉNES LOS ELEGÍAN. — EL PUEBLO 
CASI EXCLUIDO DEL DERECHO DEL SUFRAGIO. — RESULTA 
ELECTO EL MARISCAL DE CAMPO DON VICENTE CERNA. 



He llegado á una parte de mis escritos en que 
mi pluma se empapa en lágrimas. La crisálida 
que había en mi corazón de niño, se ha transfor- 
mado en mariposa. Ya no sueño, ni me deleitan 
ni aterrorizan las visiones de mi niñez. Soy 
hombre, soy patriota, y gracias, Dios mío! 
soy liberal. ¿ Qué ha pasado en tu alma, pobre 
joven? Porqué tu dicha inefable, se ha con- 
vertido en llanto, porqué tu voz, es eco de voz 
de lloradores f 

Es que me he dado cuenta de que hay luia 
madre tierna y buena, que se llama Patria, de 
cuyo seno nacimos, que oreó con sus tibios 
suspiros los • primeros alientos nuestros, que 
acarició nuestras frentes con el beso de sus 
auras, que nos tenía preparada ya la lengua en 
que debíamos pronunciar estas grandes ideas y 
nobles sentimientos: Dios, Amor, Libertad. 



154 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

Esta inadve patria en donde vimos por vez 
primera, la luz del sol centellante, el azul del 
cielo, el verde variado, como una gama, de los 
bosques, el magestuoso azur de las montañas, 
las niveas y espumosas blancuras de las aguas, que 
no se sabe cómo admirarlas más si cuando están 
en calma ó cuando se encrespan en huecas 
ondas sonoras. 

La i)atria bien amada en donde por vez pri- 
mera contemplamos estas cosas admirables de 
la naturaleza: la aurora precursora del sol, el 
crepúsculo cpie se tiñe de celajes para despe- 
dirlo, la mujer que ama, la niña que canta, el 
pájaro que vuela, el arroyo que murmura, la 
rosa que da perfumes, la madre que llora al 
borde de la cuna de su hijo enfermo, el padre 
que trabaja alegre y sonriente, buscando entre 
la ruda lucha, el jugo necesario para el sustento 
de la familia. 

Esta patria, en fin, pequeña ó grande, rica ó 
miserable, maldecida ú odiada por los extraños, 
mas para nosotros siempre bella y siempre 
amada. Por la que daríamos la vida, para de- 
fender su honra; por la que debemos sacrificar- 
nos hasta hacerla grande en el sentido déla li- 
bertad y de la justicia. 

Pues bien; mi pobre Guatemala estaba enfer- 
ma, hacía años, cuando yo comencé á pensar 

Eres libre, patria mía? 

— Ay, que no! Y la acongojada matrona gime 
en silencio sus dolores que han durado mucho 
tiempo. Una caterva infame le chupa la san- 
gre, la aniquila y la degrada. 

¡Pobrt- Penélope, rodeada de pretendientes. 



RAMÓN A. SALA ZAR 155 



que te asedian, queriendo que seas infiel á tu 
desposado del año de 21! 

Y nosotros tus hijos, ¿qué haremos para li- 
bertarte? 

Madre nuestra, aquí están nuestro cuerpo y 
nuestra sangre, para que sirvan de holocausto 
y llegue pronto el día de tu redención. 

Así pensábamos los jóvenes de mi edad cuan- 
do comenzó á hervir en nuestros pechos el amor 
por Guatemala. 

Románticos, diréis. 

No, sino muy desgraciados. Ya veréis por 
qué. Hubo un día en que un puñado de perversos 
se echaron sobre Centro-América y la destro- 
zaron en cinco girones. Abandonaron .cuatro 
de los despojos, y le gritaron á Guatemala: ¡tú 
eres nuestra! Y como á Prometeo la encade- 
naron en una roca y comenzaron á picotearla. 

A los pocos días la niña era una momia. Le 
habían extraído la sangre, y paralizádole el co- 
razón, y lo que es peor, inyectádola con líqui- 
dos preparados en sus laboratorios. 

Y como eran magos y sacerdotes del gran ar- 
te, le digeron: jhabla! 

Y habló .... Y ella, que en sus días felices 
entonaba hinnios sonoros á la Libertad, se puso 
á balbucear lánguidamente; ¿qué eréis que bal- 
buceó? 

— La Marsellesa quizá? 

— No, balbuceó 'vEl Sylabus.'' 

"Anatema sea, decía, al que se atreva á pen- 
sar, fuera de Roma. 

''Anatema, al que diga, que Ja prensa es libre. 

''Anatema al que hable, al que ande, al que se 
mueva, al que se asocie. 



156 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



"Vengan mis frailecitos. Venga mi señor 
Obispo. Vengan los jesnitas. Afuera Barrun- 
dia, y Gálvez y Molina. 

''Muerte á los liberales. Apagad las luces^ 
que eso nos hace mal. Cerrad las escuelas. 
¡Viva el Padre Ripalda; viva Manuel F. Pavón! 
Comed, nobles, de mis carnes.'' 

— Evidentemente la pobre niña se encontraba 
en pleno delirio. 

Entonces se vio un espectáculo doloroso. Los 
poetas, los jurisconsultos, los oradores tomaron 
camino del destierro. Y mientras ellos salían 
por una puerta, entraban por la otra, en parva- 
da voraz, los frailes y los jesuítas. 

Y reinó la noche en nuestro país. Noche lar- 
ga, silenciosa, fría. 

En tinieblas se hallaba Gruatemala, cuando 
los jóvenes de mi generación vinimos á la vida. 

En el año de 1865 murió el Greneral Carrera. 
Y su partido quedó sin alma ni brazos. Eviden- 
temente el General era una figura egregia, y una 
interesante figura política y militar. Razón tu- 
vieron, pues, sus partidarios en llorarlo y decre- 
tarle suntuosas exequias. 

Derrumbado el titán, aquellos hombres pare- 
cían una comparsa ridicula y ruin. 

Como no quiero que se me tache de apasiona- 
do, voy á citar textualmente lo que con ese mo- 
tivo dijo el escritor mexicano don Federico La- 
rrainzar: 

''Vei'dadera calamidad fué para Guatemala 
que, á la sombra de Carrera, un partido funesto 
se elevara á la dirección de los negocios, mante- 
niendo á la República miserablemente encerra- 
da bajo su yugo, é importándole poco, que caye- 



RAMÓN A. 8ALAZAK 157 



se envilecida con tal que él se conservara pode- 
roso. Compuesto de tres ó cuatro familias aris- 
tocráticas, á quienes el victorioso sable de Ca- 
rrera sacó de la oscuridad en que yacían; aliadas 
con esa muchedumbre de aduladores que se 
agrupaban bajo el pedestal del poder, habíase 
en su gobierno sustituido la política leal y fran- 
ca de las Repúblicas, con esa oligarquía que en 
a-lgunas naciones europeas hubo de prevalecer 
en el peor período de su historia, viviendo con 
esos elementos bastardos que no son ni el ta- 
lento, ni el mérito, ni la virtud .... 

Declarado el país menor de edad, se le tenía 
sujeto á horrible tutela. Perseguíase con enco- 
no á todo aquel que no (Quería vender su con- 
ciencia, presintiendo una rebelión en cada sus- 
piro, un obstáculo en cada idea, una vergüenza 
en cada movimiento, hasta pretender destruir 
los dogmas más modernos para gobernar más 
cómodamente con los vicios del absolutismo. 
Por donde quiera viven contentos los hombres, 
respirando el aliento de la libertad; sólo en Grua- 
temala vivían con la cadena de la servidumbre, 
vegetando en la degradación, cual si llevaran un 
estigma de deshonra.'' — Hasta aquí el autor 
eitado. 

Ya veis, pues, si teníamos razón de llorar y en 
nuestro dolor elevarnos á la lírica de lo efebos, 
en su primera hora de desengaño- 
Lloran los niños, lloran las mujeres, lloran 
los hombres. Al niño se le aplaca el llanto con 
un bombón, á la mujer con una caricia; mas 
¡ah! del que haga llorar al hombre ! 
Pero volvamos á las cosas pedestres. 
¿ Quién sería el sucesor del General CaiTera 'f 



158 n'ECUERDOS DE MI JUVExN'TUD 

Eso lo iba á decir olicialmevte la Cámara de 
Representantes, entre pocos días, porque de 
antemano la grey sumisa sabía que Carrera 
había señalado como su sucesor á don Vicente 
Cerna. 

Estando una vez el Presidente vitalicio en 
Escuintla, rodeado de un círculo de gentes de 
las cuales viven algurms, se llegó al T. Coronel 
Juan Ignacio Beteta, que se hallaba enfermo. 

El Jefe estimaba á aquel valiente, á quien 
recomendó como tal á los circunstantes; y como 
se hallaba un poco excitado le dijo al enfermo,, 
casi llorando : 

''Vea Juan Ignacio, yo ya me voy á morir; 
perú ahí les voy á dejar un Presidente que vale 
más que yo. Cerna, es valiente, seguirá mi 
política, y no será ingrato con los que me han 
servido bien." 

Y efectivamente, poco tiempo después moría 
el Presidente perpetuo y la Cámara nombró 
como sucesor de él al Mariscal de Campo don 
Vicente Cerna. 

Mas antes de estudiar esta figura política, 
veamos qué cosa era la ''Cámara de Represen- 
tantes" y cuál el sistema electoral de aquella 
época. 

La Cámara (estilo monárquico parlamentario 
sin la forma ni el fondo, porque de ser parla- 
mentaria estaba obligada á parlar^ y aquellos 
señores no hablaban, y casi me atrevo a decir 
que no pensaban, porque ya las cositas se las 
mandaban hechas de por allá arriba); era un 
cuerpo mudo, viejo, (los jóvenes no tenían 
cabida en ella,) laico-clerical, sumiso, retrógra- 



RAMÓN A. SALAZAR 1 5í> 



do, y que se reunía en un salón poco ilumi- 
nado. 

Un viajero americano que la visitó por simple 
curiosidad, dice que había en ella tantos cléri- 
gos, y que tenía la reunión un aspecto tan som- 
brío, que aquello le causó el efecto, más bien de 
un Concilio que no de un cuerpo Parlamentario. 

Concurrían á ella dos clases de Represen- 
tantes : 

Los que elegían las Corporaciones, y los que 
elegía el Pueblo. Las Corporaciones que envia- 
ban Diputados eran, el Cabildo Eclesiástico, la 
Suprema Corte de Justicia, el Claustro de Doc- 
tores, el Consulado de Comercio y la Sociedad 
Económica. 

En la Curia, votaban los eclesiásticos elegidos 
por el Metropolitano, y naturalmente diputaba 
éste individuos de los suyos, buscando lo más 
coloradito en eso de fanatismo católico é intran- 
sigencia política. 

La Suprema, cuyo nombramiento de sus 
miembros lo hacía directamente el Presidente 
de la República, delegaba á alginios abogados, de 
aquellos de las Siete Partidas, y de la Novísima 
Recopilación, entre los cuales habría muchos que 
no habían abierto un libro de Derecho Consti- 
tucional, ni de Derecho Administrativo, ni de 
Economía Política, ni de Historia, por ser ramo& 
esos que no se enseñaban en la Escuela. 

En el Claustro de Doctores, votaban los del 
mismo título, los maestros, los licenciados y los 
bachilleres. 

En el Consulado sufragaban los del gremio,, 
los comerciantes y si no estoy equivocado, los 
capitalistas. 



160 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

En la Sociedad Económica, los socios y los 
maestros artesanos, con taller abierto ó mayores 
de veinticinco años. 

Se ve, pues, que todos los cuerpos del Estado 
tenían su representación. El sufragio se hacía 
á viva voz en día determinado, previa Misa 
del Espíritu Santo. 

Eso en cuanto á la Corte. En los pueblos la 
cosa era otra. Ahí se votaba por distritos elec- 
torales ante una comisión compuesta de algún 
individuo del Ayuntamiento (el de Guatemala 
se llamó: "muy noble Ayuntamiento, y no tenían 
acceso á él sino los muy nobles señores) algunos 
vecinos ricos y el señor Cura de la Parroquia. 
Por no ser difuso no alargo este escrito. Basta 
saber que al redactarse la ley electoral se tuvo 
muy especial cuidado de excluir al pueblo del 
sufragio, que se atendió más á la riqueza que al 
saber, para poder ser elector, y que tan sembrado 
de espinas estaba el camino del sufragio para el 
pueblo, que éste casi se hallaba privado de 
aquel derecho, y en realidad de verdad, la suerte 
del país estaba en unas cuantas manos privile- 
giadas. 

Pues bien, por Asamblea de esa clase fué elec- 
to Presidente de la República don Vicente 
Cierna. 



XXV. 

RECIBIMIENTO QUE SE HACE AL GENERAL CERNA AL VENip Á 
HACERSE CARGO DE LA PRESIDENCIA. — 3IALA IMPRESIÓN 
QUE CAUSA SU FIGURA. — LE PONEN UN APODO GRÁFICO.— 
MUESTRA PREDILECCIÓN MARCADA POR LOS JESUÍTAS. — 
ESCOGE CONFESOR ENTRE ELLOS. — INSTITUYE UNA FIESTA 
EN LA IGLESIA DE LA COMPAÑÍA. — TOMA POSESIÓN DEL 
MANDO. — MANIFIESTO. — SE RESUELVE EL ENIGMA. — ¡ES- 
TABAN ciegos! — ANTECEDENTES POLÍTICOS DE CERNA Y 
JUICIO SOBRE ÉL DE UN ESCRITOR EXTRANJERO. — ESTADO 
DE LA ADMINISTRACIÓN.— ENSEÑANZA. — GUERRA. — JUSTI- 
CIA. — CARENCIA DE TODO. — PLAN RENTÍSTICO. — LA AD3II- 
NISTRACTÓN DE CORREOS. — MOVIMIENTO RAQUÍTICO DE LA 
CORRESPONDENCIA. — ALTO PRECIO DEL PORTE. — "EL MAS- 
CARÓN DEL CORREO." — EQUIVOCACIÓN DE UN GUAJIRO. — 
; ESTABAN CIEGOS Y TAMBIÉN SORDOS ! 



El día veintiuno de Mayo del año de 1865 hi- 
zo su entrada en Guatemala el General Cerna, 
procedente de Chiquimula en donde ejercía el 
cargo de Corregidor, ün inmenso concurso de 
gente fué á encontrarlo hasta la finca de Acei- 
tuno en donde se reunió el cortejo oficial, y el 
de curiosos, entre los cuales me encontraba yo, 
rapaz de pocos años. 

Verdaderamente, el nuevo Jefe no impresio- 
naba favorablemente por su aspecto físico. Muy 
conocido es su retrato, y no creo que haya quien 
lo confunda con el de un Adonis. 

Pasaba de la mediana edad, y era de regular 
estatura. La forma de su cráneo revela])a desde 
luego que aquel hombre no era un pensador 
profundo. Llevaba la barba en barbiquejo, lo 
que lo hacía parecer aun más vulgar. Era enton- 
ces muy encogido en sus movimientos, y se 



162 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

conocía que le embarazaban las adulaciones y 
acatamientos de los palaciegos. 

La recepción fué espléndida, recordando las 
que á los Capitanes Grenerales se les hacían du- 
rante la colonia, cuando venían á hacerse cargo 
de su'fifobernación. 

Tuvo desde luego la desgracia de no ser sim- 
pático á nuestra sociedad; y no tardó mucho sin 
que en los corrillos, se refiriesen anécdotas y 
chascarrillos que lo ponían en ridículo. 

A él lo apellidaron con un apodo gráfico, 
propio de pueblo inculto. No hay que negar 
que una parte de nuestra sociedad tiene gracia 
para hallar sobre-nombres apropiados, de mane- 
ra que en una ó dos palabras se pinta al vivo el 
defecto físico ó moral predominante en la perso- 
na que se quiere zaherir. 

El apodo á que me refiero hizo gracia, y que- 
dó como estigma que marcaba una cualidad 
negativa en nuestro hombre. Y ésto que en 
otro país ó en otra época, nada significaría, influ- 
yó mucho en el caso de que se trata. 

Y luego, las mujeres lo acusaban de feo, como 
si el hombre hubiese tenido la culpa; decían que 
llevaba mal la chistera y que sé yo cuantas mu- 
niedades más poco dignas de que tome nota de 
ellas la crónica. 

Los hombres, más prácticos naturalmente, 
aunque oían sonrientes aquellos epigramas, 
aguardaban los acontecimientos, para externar 
juicio. 

Algunos hasta se atrevían á esperar, ¡oh espe- 
ranza! cuántas veces en nuestra carrera nos has 
engañado con tus falsos espejismos! 



RAMÓN A. SALAZAR 163 



El célebre poeta don Juan Diéguez, que des- 
pués de muchos años de destierro, de miseria j 
de dolores, había vuelto al país, era uno de los 
engañados. 

Aun tengo grabada en la retina la figura del 
gran poeta! Cuando lo conocí ya estaba viejo, 
yá^no cantaba. Iba por la calle cabizbajo. Se 
detenía en las esquinas mirando por todos lados, 
no queriendo quizá creer que, después de su 
largo ostracismo se hallaba otra vez en el seno 
de esta patria, por la que tanto había sufrido. 

Esta patria, que no tuvo para él una corona 
de inmortales, y en cuyo seno ya cababan los 
gusanos su sepulcro, por ese tiempo. 

Decía que Diéguez era de los que esperaban, ó 
sea de los que se engañaban. 

En un discurso que por entonces pronunció 
en la Academia teórico práctica, dijo á los 
jóvenes pasantes de Derecho: "que se prepara- 
sen por medio de estudios serios. Que los tiem- 
pos eran de renovación. Que en las Repúblicas 
todos los ciudadanos tenían derecho á tomar 
participio en la cosa pública, y que eran los 
abogados los que por sus luces y conocimientos 
•estaban llamados á ilustrar los Consejos del 
Estado." 

i Esperar en Cerna ! ¡ pobre pueblo ! 

El General era casi desconocido. 

No tardó mucho sin que marcase predilección 
decidida por los Jesuítas; sin duda para congra- 
ciarse con ellos, |)or haberle sido adversos en 
otra época. 

En tiempo de Carrera, las autoridades y Cor- 
poraciones, asistían en cuerpo á las solemnida- 
'des de la Metropolitana. 



164 RECUEUDOS DE 311 JUVENTUD 



El Presidente bajo un sitial carmesí ocupaba 
el primer puesto, y el conjunto de funcionarios^ 
vestidos de negro ocupaban la nave principal en 
fila de dos hileras, según su categoría. El uso de 
los cojines que durante la colonia produjo escenas 
tan cómicas como ridiculas volvió a restablecer- 
se, no pudiendo usarlos sino las más elevadas 
Corporaciones. 

Aquella reunión, dado el espíritu de la época 
era imponente. 

Carrera rodeado de sus generales, veteranos^ 
héroes de cien batallas, y de los Altos Poderes,, 
parecía que abría corte, no en Palacio, sino en 
el Templo. 

Ahí, ahí, debieron colocarle la diadema caste- 
llano-cachiquel; ahí debió formarse el pacto 
de alianza, y de reconciliación entre los vencidos 
de Utatlán y los descendientes de aquellos que 
hicieron arder vivos en las hogueras á los prín- 
cipes de la casa de Cumarchá. 

Mas no se atrevieron á tanto. 

Y con Cerna era un poco más diñcilillo el 
asunto. 

En nada se hizo innovación entre las relacio- 
nes de la Iglesia y el Estado durante el período 
en que me ocupo. 

Mas como nuestro hombre era tan devoto,, 
tomó su confesor entre los jesuítas, y en su 
iglesia de la Merced se le vio recibir el misterio 
eucarístico. 

Hizo más; estableció una festividad religiosa, 
costeada con ¡<us propios fondos, y alguna vez el 
público vio á su Excelencia de porta-guión en 
la procesión que los jesuítas hacían á la imagen 
patrón a, entre las paredes del templo ya citado.' 



RAMÓN A. SALAZ AR 165 



Cenia tomó posesión solemne de su cargo el 
4 de mayo de 1865, jurando ante el Arzobispo 
Metropolitano, cumplir los deberes de su cargo. 

Con ese motivo publicó un Manifiesto que 
cayó como una bomba sobre la República. 

La incógnita estaba despejada. El continua- 
ría en todo, sin la más pequeña variante, la sabia 
política de su antecesor. Personas, ideas, prác- 
ticas, odios y amores, todo, todo se conservaría 
como estaba, pues el cambio últimamente efec- 
tuado no era sino en la persona del Presidente, 
mas en ningúu modo de las instituciones. 

''Ejemplo raro de moderación, de cordura y 
buen sentido'' dice el periódico la Semana, que 
no encuentra términos para elogiar ese acto ''tan 
raro en nuestros tiempos, decían, en las otras 
naciones revoltosas de América." 

Ciegos, no comprendían que soltar esa prenda 
y azotar de ese modo el rostro de un pueblo an- 
sioso de reformas y de libertad, era como abrir 
una vez más las puertas del templo de Jano, al 
travez de las cuales iba á desbordarse el torrente 
de la guerra civil. 

Jamás lie llegado á explicarme que hado ene- 
migo de Griiatemala ató las manos y ofuscó la 
inteligencia de aquellos hombres. 

Tiranos hay que estropean la libertad, pero 
que al menos aman el progreso. Pero aquellos, 
nada; la inercia y el silencio de las tumbas por 
todo plan de Gobierno. 

Estaban ciegos, sí, estaban ciegos. 

¡Cuántos males habrían evitado á la Repúbli- 
ca, si hubiesen sido más previsores y menos 
preocupados! 

El miedo á la libertad, los perdió. 



166 , RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



Quisieron hacerse los valientes, y tuvimos 
que echarlos á cañonazos. 

Creyeron que asustarían al pueblo haciéndo- 
le caras de hombres feroces^ y el pueblo se rió 
de ellos, y les dio su merecido. 

Pensaron que aquel matón que tenían en lu- 
gar de Carrera, les defendería el puesto, y él mis- 
mo los perdió por su inepcia. 

Si eran de la escuela de Fernando VII, ¿igno- 
raban cual había sido el resultado de la obra 
nefanda, del más repugnante de los reyes tira- 
nos del siglof 

Si como los realistas franceses de la época de 
la Restauración, eran nuestros gobernantes de 
aquellos de quien alguien dijo: "que nada apren- 
den ni olvidan en la desgracia" ^No habían 
oído siquiera hablar de la suerte corrida por los^ 
Borbones en 1830? 

¡Oh! Aquellos hombres estaban sordos y 
ciegos. Y entonces el pueblo comenzó á prepa- 
rarse para la* lucha. Mas antes de relatar esta,. 
estudiemos los antecedentes políticos del nuevo 
Presidente de Gruatemala. 

El General don Vicente Cerna, dice don Fede- 
rico Larrainzar, creíase una gran figura, pero en 
realidad no era más que una completa medianía. 
Como mihtar no contaba en su carrera sino he- 
chos comunes. Como político, solo se distin- 
guía por su limitado horizonte intelectual, que 
lo hacía aferrarse á doctrinas sin grandeza, re- 
belde á lo presente é inaccesible á lo porvenir, 
y por la sujección á las inspiraciones de su Mi- 
nisterio. Los lamentos del pueblo llegaban á él 
tornados en cantos de alabanza; las espinas que 
en el camino de éste punzaban, se hacían apa- 



RAMÓN A. S ALAZAR 167 



recer como flores; y si alguna vez los ecos de la 
tempestad rezonaban con fuerza en sus oídos, 
la turba de palaciegos le insinuaba que era fácil 
apaciguarla, con medidas extremas ó con solo 
la fuerza de su prestigio. Era además de carác- 
ter obcecado, y al poco tiempo después de haber 
ejercido el mando se atrajo la antipatía gene- 
neral por sus numerosos defectos, aiuique poco 
se cuidaba de ello, sobrándole desdén para des- 
afiar todas las opiniones." 

Tal es el hombre pintado al vivo, por una 
persona imparcial. 

Y dado el caso que el sentimiento del patrio- 
tismo le hubiese tocado el corazón, por mejorar 
la suerte desventurada de su país, ¿habría tenido 
fuerzas para tamaña emx)resa ? Creo muy de- 
veras que no. 

El estado de la administración era caótico, y 
para removerlo se necesitaba el brazo robusto y 
el genio fuerte de un semidiós. 

Y Cerna, no pertenecía á la raza. 

Veamos ligeramente en que situación se halla- 
ban algunos de principales servicios públicos. 

He hablado del sistema de enseñanza funesto 
que implantó la ley Pavón, y nada tengo que 
añadir ni quitar, pues, salvo algunas ligerísimas 
innovaciones indignas de mencionarse, el siste- 
ma subsistía, con los malos maestros, si maestros 
podían llamarse aqviellas gentes que jamás ha- 
bían pisado el suelo de una Escuela Normal. En 
cuanto á la calidad de textos tampoco habíamos 
mejorado. 

¡ Cosa especial, durante la larga duración del 
Gobierno conservador, no hay recuerdo que 
se iiaya impreso en Guatemala mas que un libro 



168 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

de aliento. Lo demás que salió de la prensa, i)or 
ese tiempo no fueron sino opúsculos insignifi- 
cantes, Catones cristianos, Cartillas de 8an 
Juan, Novenas de los santos y Almanaques. 

En el ramo de la guerra todo era desorden j 
rutina. Nuestro ejército estaba armado de fu- 
siles de chispa y de riñes llamados '^Camoyanas" 
del nombre del comerciante que importó por 
primera vez esas armas al país. 

Se cuenta que en vísperas de la revolución se 
mostró á Cerna un Remington, proponiéndole 
en venta una buena partida de ellos. 

Examinó el Greneral aquella arma, y, devol- 
viéndola con desprecio declaró dogmáticamen- 
te, que no servía. 

Lo mismo sucedió en Napoleón con el vapor 
aplicado á la navegación, cuya utilidad no com- 
prendió. 

¡Semejanzas de los genios! 

En táctica no se conocía sino la antigua es- 
pañola. Subsistía el sistema de reclutamiento 
entre el pueblo, cartte de cañón. La gente decen- 
te no estaba obligada al servicio, ni á pagar la 
excepción de él. 

Instrumento de tortura oficial por entonces 
era el '^Hirejó}i de vieynbrillo. Los cabos iban á 
las paradas, á las evoluciones y á las revistas, 
provistos cada uno con sus correspondientes 
armas de tortura. A la menor y más leve falta 
los jefes inhumanos sentenciaban á 100 ó 200 
palos, que se daban en el cuerpo de guardia á 
presencja délos compañeros y de los transeúntes. 

No era remoto ver por las calles, al pasar una 
escuadra, el que los verdugos azotasen á sus su- 
bordinados. Desgraciadamente, esa vileza y esa 



RAMÓ^^ A. SALAZAR 169 



infamia, no se ha abolido entre nosotros sino 
hasta hace pocos años; pero lo cierto es que las ca- 
rreras de baqueta y el temible cepo de campa- 
ña vienen de lo antiguo, y que en Europa han 
subsistido hasta el presente siglo. No hace mu- 
chos años que en Alemania todavía estaban 
en uso. 

Me duele como al que más, el que aquí se ha- 
ya abusado de él. 

Pero, me pregunto ¿porqué cuando sólo se 
apaleaba á los humildes hijos del pueblo, no se 
protestó contra esa iniquidad'? 

¿Es que nosotros carecemos acaso de sensibi- 
lidad'^ ¡Ay! si se registraran nuestras espaldas, 
cuántos verdugones se encontrarían en el] as! 

Horrible era el espectáculo que nos daban los 
militares por entonces. Los domingos, partidas 
de soldados disfrazados de paisanos y con bayo- 
netas bajo el brazo, salían á atajar á los ''faltis- 
tas," correteando por las calles á las pobres gen- 
tes, golpeándolas é hiriéndolas hasta sacarles 
.sangre, y llevándoselas al cuartel, como (Crimi- 
nales, para que prestasen su servicio. El presio 
€ra dos reales diarios para el soldado, sin ran- 
cho. Además tenía que pagar el lavado de su 
ropa. 

La oficialidad no tenía uniforme, y podía cada 
uno vestir como le diera la gana. De ahí que 
en las grandes paradas se viese un conjunto 
abigarrado de colores chillones, muy desagra- 
dable á la vista. 

No existían cuerpos de artilleros, ni cañones 
modernos, ni atelajes ni animales de tiro. 

Carrera ejecutó una hazaña digna de recordar- 
se. Atacó y tomó el Castillo de Omoa, se trajo 



170 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



los mejores cañones que existían en el fuerte^ 
entre los cuales hay algunos históricos del tiem- 
po del Gobierno español. 

Los encaminó desde el mar hasta el río de los 
Plátanos, por el Motagua, y tuvo energía bas- 
tante para hacer subir las piezas, entre las cua- 
les habían varias de gran calibre, desde aquel 
punto, hasta la altura en que se haya situada 
Gruatemala. 

Lo único que existía era unos cuantos morte- 
ros, y cuatro ó seis cañones de bronce, los que 
sirven hoy día para las salvas. 

Sabido es que ijor ese tiempo no teníamos 
* Códigos. En cuanto á procedimientos judicia- 
les subsistía la chicana que nos dejó el sistema 
colonial, causando escandaloso retardo en el 
despacho de los negocios. 

Se carecía de un plan verdaderamente rentís- 
tico. Eran los principales ingresos los de la 
Aduana y los de los estancos de tabacos y 
aguardientes. 

El último estaba arrendado á una Compañía^ 
que pagaba una módica suma al Erario y que 
hacía para ella espléndido negocio. Tales abu- 
sos cemetió esa comjjañía, y tan odiosa se hizo 
al pueblo, que su destrucción fué uno de los 
gritos de guerra de la Revolución. 

Puede que los hombres de la situación cono- 
cieran algo de Economía Política, pero lo cierto 
del caso es que jamás llegó á establecerse nin- 
guna contribución, conforme á las reglas de 
la ciencia moderna. 

La Administración de Correos se hallaba situa- 
da entonces en Palacio, ocupando la sala en don- 
de despacha el Ministro de Fomento en la ac- 



RAMÓN A. SALAZAR 171 



tualidad. Se componía el personal del servicio 
de tres empleados. 

No había (^arteros para repartir la correspon- 
dencia a domicilio. 

Mas como era tan raquítico el movimiento de 
ese ramo, todos los días de correo se ponía en un 
cartelóu manuscrito, no más largo de un metro, 
el nombre de las personas para quienes había 
correspondencia. 

. El precio de porte era carísimo, pues por una 
carta dirigida á Europa del peso de unas cuan- 
tas onzas, se llegaba á pagar hasta dos y tres 
pesos. 

Consideraban aquellas buenas gentes que el 
ramo de correos era una renta, y no un servicio^ 
que en muchos países tienen que sostener lo» 
Grobiernos. 

En toda la ciudad no existía sino ima sola 
estafeta, colocada en los muros exteriores de la 
sala en donde estaba la Administración. 

La estafeta representaba la cabeza de un gi- 
gante con tamaña bocaza abierta — que se tra- 
gaba las cartas. 

Todos la conocíamos con el nombre de "El 
Mascai'ón del Correo," y cuéntase de un guagiro 
que al verla por primera vez y creyéndola ima- 
gen sagrada, nos trató de brutos, diciendo estas 
textuales palabras, que causaba nuestra hila- 
ridad: 

i Qué brutos los chapines! [Miren donde tie- 
nen al Divino Rostro ! 

Puesta en esa pared, gobernando en el inte- 
rior del edificio aquellos señores Inquisidores^ 
mas bien hacía recordar la carota á las que en el 
palacio de los Duxes de Venecia existían, para 



172 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

que, sin compromiso, se de^jositasen las demm- 
ems de los que conspiraban contra '4a Señoría" 
de la reina del Adi^iático. 

Su gran principio era: no hagavwí^ nada, dur- 
w.am.os^ que ya tenemos quienes trabajen para v/o.s^- 
otros y así se estaban todos juntos en grupo clá- 
sico de ''Reyes Holgazanes." 

Cuando alguno, dolido del estado tan lastimo- 
so en que se encontraba el país les proponía 
una reforma, contestaban: re o es tiempo. 

Ensayaron llevar el telégrafo hasta Amatitlán, 
y al poco tiempo lo abandonaron, por ser aque- 
llo deparo lujo. 

* I Si cuando digo que estaban ciegos aquellos 
hombres ! 

Y ya veréis hasta donde los condujo su ce- 
guera, queridos lectores. 

En el capítulo siguiente haré notar que ade- 
más de ciegos estaban sordos, pues no oyeron 
los truenos de la revoluci(5n que se les venía 
encima. 



XXYl. 

EL ACTA CONSTITUTIVA. -¡ESTABAN CIEGOS ! — EL PAÍS Ní> 
LOS (QUERÍA. — LOS CALVOS.-r- TRABAJOS PREPARATORIOS 
PARA LA REELEC^CIÓN. — GERNA, CANDIDATO DEL GOBIERNO. 
EL GENERAL ZAVALA, CANDIDATO DEL PARTIDO LIBERAL. — 

EL DÍA 1.7 DK ENERO DE 1869. — ACTITUD DEL PUEBLO. 

YA NO HAY MÁS ESPERANZA QUE LA REVOLUCIÓN. 



El Acta Constitutiva que alguien lia calificado 
como ^'uii informe conjunto de prescripciones 
que exprofeso venían apoyando la tiranía," na 
prohibía la reelección. Que había de prohi- 
birla. Si la reelección es mala, pues ella la san- 
(3Íonaba; así como sanciona en todos sus artícu- 
los, todo lo que tienda á humillar, al pueblo y 
exaltar la tiranía de uno solo. 

Estaba para terminarse el primer período 
presidencial del Greneral Cenia. Con aquellos 
jadeos de una máquina á la que va faltándole 
fuerza se veía acercarse al Grobierno á la hora 
de la suprema lucha. 

Malo les había resultado el hombre, aun para 
ellos mismos; pues reelegiríanlo. Otro hombre 
quizá los habría salvado; pero prefirieron per- 
derse entre los embates de la revolución. ¡Es- 
taban ciegos! 

El país entero estaba contra ellos. Los mis- 
mos jóvenes de sus familias se inclinaban á la 
oposición. Al verlos marchar compactos en 
pequeña falange, contra viento y marea, se ha- 
bría calificado su terquedad, de valor heroico, 
si hubiesen logrado llegar á la meta de sus. 
deseos. 



174 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

Hay que hacerles la justicia de que defendie- 
ron su obra hasta la desesperación. Tienen en 
América el raro mérito de haber sido los últi- 
mos servidores del absolutismo ¿qué digo servi- 
dores? la representación más genuina de él^ 
Los calvos los llamaban; y ¿qué otra cosa habían 
de ser sino calvos f ¿ó queríais por ventura que 
fuesen unos efebos de veinticinco años con el 
hinino de libertad en los labios? 

¡Á instituciones viejas, hombres viejos y 

calvos! 

Allá á lo lejos se oían los clarines que des- 
pertaban á los pocos que se habían quedado 
* dormidos, para que se levantasen á la lucha. 
Trepidaba no sé si la tierra ó nuestros cerebros. 
Había más oxígeno en la atmósfera y más espe- 
ranzas en nuestros corazones. 

En esas circunstancias comenzaron los traba- 
jos preparatorios para la elección presidencial. 
Dos eran los candidatos puestos en lid: Cerna 
y el General Zavala. Al primero ya lo conoce- 
mos. Veamos quien era el segundo. 

El General Zavala, era individuo de una de 
las más distinguidas familias de la capital y 
estaba casado con una dama de la aristocracia. 
Educado en los Estados Unidos, dueño de una 
regular inteligencia, pulcro en el vestido, gracioso 
en el decir, afable con todos, pasaba en sociedad 
por un caballero perfecto. En la época á que me re- 
fiero, había ganado ya los entorchados de Maris- 
cal de Campo, peleando heroicamente en Nica- 
ragua contra los filibusteros y en el Salvador en 
el año de 63, en que fué Mayor General del 
Ejército. 

Poseía un carácter jovial y alegre. Le gus- 



RAMÓN A. S ALAZAR 175 



taban los chascarrillos y los retruécanos. Los 
honores y los altos puestos no le envanecieron. 
Era por entonces el hombre más popular de la 
República. 

¿Queréis saber quién, es popular en un pueblo? 
Pues acercaos á los niños cuando fantaseando 
dibujen á solas, y observad lo que hacen. Si 
veis que borronean la figura de un hombre pú- 
blico, de quien se ocupa la fama convenceos, que 
el tal es figura popular en su país. 

Zavala, era uno de estos seres privilegiados. 
Usaba un uniforme muy correcto y elegante, de 
-General. Sus facciones eran simpáticas y se 
prestaban al dibujo. Recuerdo que cuando nos- 
otros en el colegio traveseábamos con el crayón 
tratando de sacar de memoria el retrato de Cer- 
na, siempre obteníamos una caricatura, en tanto 
que el de Zavala nos salía perfectamente. 

Zavala no era lo que pudiera llamarse un 
hombre político. Servía á la Administración 
como militar, y era un modelo entre los hom- 
bres leales. No creo tampoco que por sus estu- 
dios fuese demócrata ni liberal avanzado. Te- 
nía muchos lazos de unión con la aristocracia, 
para que pudiera ser uno ú otro. Su mayor 
defecto era la falta de seriedad y el poco domi- 
nio que ejercía sobre sus pasiones locas. Este 
Víctor qué Víctor . . . vaya con Víctor . . . de- 
cían los viejos del cenáculo cuando sabían de 
¿alguna su calaverada. Todas de buen género, 
por supuesto, y en el que lucía su valor y su te- 
meridad. Tal era el candidato del j)artido libe- 
ral. Si los conservadores lo hubiesen aceptado, 
•es posible que se salvaran, porque efectivamente 
Zavala no era más que candidato de transición. 



176 itECUERDOS DE MI JUVENTUD 

La reforma entonces habría venido paulatina- 
mente, como la concebían aquellos teóricos, y 
habríamos llegado quizá hasta la revolución po- 
lítica, nunca á la revolución so(dal. 

Pero lo suerte lo había dispuesto de otro 
modo. 

El día 17 de enero de 1869 las galerías de la 
Asamblea, los corredores del edificio en que esta 
se hallaba y las calles adyacentes estaban llenas 
de gente. 

El Gobierno había puesto sobre las armas 
tres mil hombres. En las calles cercanas al 
edificio de la Representación Nacional se halla- 
ban estacionados algunos batallones, que mudos 
y sombríos descansaban sobre sus armas. La 
gendarmería, formada en fila en el interior del 
edificio al mando de su Jefe el sicario Jerez, un 
nicaragüense rechoncho, de cara avinagrada á 
quien no había más que azuzar, para que se 
echara contra los liberales. 

Y comenzó el escrutinio por medio de papele- 
tas cerradas. Todos estábamos callados y an- 
siosos. En las tribunas de los Diputados se 
oían cuchicheos y susurros. Los Jefes de ambos 
bandos iban de un lado á otro api'etando la ma- 
no á uno, confortando al de más allá, y á medida 
que la votación avanzaba crecía la ansiedad. 
De las manos de algunos diputados pudientes se 
veían deslizarse unos papelitos que á nosotros 
nos parecieron cheques. 

Al fin se terminó el acto, y se proclamó el 
resultado de la elección. 

El (Jeneral Cerna había resultado reelecto por 
mavoría de votos. 



KAMÓN A. SALAZAR 177 

, El (38tupor embargó al principio nuestras al- 
mas; pero x^asado el primer momento, comenzó 
el murmullo sordo, siguió la protesta y al fin los 
ánimos estallaron en gritos de muerte contra el 
Gobierno. 

La ola de indignación se estendió del interior 
del salón, al patio del Edificio y de ahí á la 
calle; y entonces los cielos escucharon un clamor 
adolorido, pero amenazante, que significaba, que 
el pueblo ponía al nmndo por testigo de que no 
era él el responsable de la sangre que se iba á 
derramar. 

Los miembros del Gobierno y sus paniaguados, 
se retiraron cabizbajos y avergonzados de su 
triunfo. No se atrevían á alzar la frente ante 
los vencidos. A ser menos generosos los ha- 
bríamos estranu'ulado ahí mismo. 

Invitóse al General Zavala para que se pusie- 
se al frente de nosotros que, aunque mal arma- 
dos, lo llevaríamos á la victoria. 

Pero no quiso. El dijo "que no quería subir 
al solio presidencial sobre gradas de lodo, sino 
sobre alfombras.'' 

Sobre nuestros cadáveres, y los de nuestros 
adversarios habría subido; pero ; vive Dios! que 
habría subido. 

Las fuerzas estaban estacionadas en las calles 
arma al hombro, mas sin ha^íer nada hasta enton- 
ces. El pueblo se había esparecido por las calles, 
yendo hasta las ventanas de Cerna á insultarlo 
lo mismo que á sus Ministros. 

8i entonces hubiese surgido un Jefe audaz 
que levantase la bandera que había dejado caer 
el General Zavala, quien sabe que nos hubiese 



178 ' RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



deparado la suerte; ¡la victoria tal vez, quizá la 
hecatombe! 

Pero siempre la gloria de lucliar 6 morir por 
la libertad. 

¡Oh bellos días de mi juventud! oh suerte 
injusta! si me hubiese siquiera dado morir en 
aquel día al servicio de mi país! 



XXVII. 

liA NOCHE TRISTE. — MUERTE DE DON LUIS RUBIO. — LA MON- 
TAÑA EN ARMAS. — DON SERAPIO CRUZ Y SUS ANTECEDENTES. 
SU FAMILIA. — LA REVOLUCIÓN DEL 48. — REFLEXIONES 
SOBRE CARRERA. — EL ESPÍRITU DE OPOSICIÓN CUNDE EN 
TODAS LAS CLASES SOCIALES. — LAS MUJERES DE LA REVO- 
LUCIÓN. — LA OPOSICIÓN EN LA CÁMARA DE REPRESENTAN- 
TES. — DON MIGUEL GARCÍA GRANADOS. — DON MANUEL 
LARRAVE. — DON ARCADIO ESTRADA. — DON JOSÉ MARÍA 
8AMAY0A. — ORADORES DEL GOBIERNO. — TRABAJOS DE LOS 
EMIGRADOS. — ABRE NUEVA CAMPAÑA EL GENERAL CRUZ. — 
PROGRESOS DE LA REVOLUCIÓN. — EL PAÍS ENTERO ENCEN- 
DIDO EN GUERRA — LO QUE LE TOCA CONTAR Á LA HISTORIA. 



El paeto eon la libertad estaba sellado con 
:sangre. Aquella noche triste del 17 de Enero 
■de 1869 algunos patriotas que no querían con- 
formarse con los decretos del destino, vagaban 
por las calles obscuras de la ciudad doliente, 
delirantes y locos. 

Sin armas, sin jefes, sin plan, ellos iban por 
,ahí como fantasmas tras una sombra querida. 
Victoriaban á la Libertad. 

En grupo clásico, abrazados entre sí, jóvenes 
todos, surcaban por las tinieblas lanzando al 
viento ecos vibrantes de llanto y amenazas. 
Mandaba la legión de patriotas un joven roza- 
gante y bello. Alto, de barba sedosa, gozando 
de la plenitud de la vida, había dejado á sus 
•chicuelos en el hogar y á una amiga cariñosa y 
buena, para ir en busca de lo desconocido. 

Había llegado cerca del teatro el grupo de 
patriotas, no se sabe con qué ñn, cuando sale de 
la emboscada el General Bolaños y su ayudante 



180 • RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

Valdés. Intiman á los jóvenes que se rindan; 
ellos resisten, y entonces la ciudad amedren- 
tada oyó una cosa horrible. Una descarga nu- 
trida, que caía sobre aquellos seres indefensos. 

Era el eco de la revolución hecha truenos. 
Era el verbo de la libertad que nos llamaba al 
combate. Varios de los del grupo resultaron 
heridos y uno muerto. 

El muerto era el Jefe, el patriota Licenciado 
don Luis Rubio. 

El pacto con la libertad, pues, estaba sellado con 
sangre. Ellos lo habían querido, y ellos habían 
disparado los primeros fusi lasos. 

Mientras tanto pasaba otra cosa en los bos- 
ques. 

El Mariscal de Campo don Serapio Cruz, se 
había levantado en armas en su hacienda de 
Sanzur, en 1867. 

Retirado de la cosa pública durante la admi- 
nistración de Cerna, el General seguía atento la 
marcha política del Estado. 

Cruz pertenecía a una familia de patriotas y de 
guerreros. 

Su hermano don Vicente, el Brigadier, había 
sido Vice-presidente del Estado en días muy 
difíciles para la República, y aunque no desem- 
peñó el cargo por mucho tiempo, supo rodearse 
de gente liberal, haciendo alborear la esperanza 
á mediados del siglo en la RepúbUca. 

Cuando en el año de 1848 Guatemala como 
todo el mundo civilizado, entró en conmoción 
al oir el estruendo de la caída de Luis Felipe en 
Francia, don Vicente y don Serapio estaban en 
armas en la montaña, contra Carrera cuya tira- 
nía se había hecho insoportable. 



RAMÓN A. SALAZAR 181 



Carrera salió fugitivo del país, llevándose más 
de trescientos mil pesos, extorsionados en aquella 
época de miseria, de las arcas piiblieas y de los 
particulares. 

Fué puesto fuera de la ley, por Decreto céle- 
bre que suscribió don Manuel J. Dardón. Lle- 
gó al mando el partido exaltado, cuyo Jefe era 
don José F. Barrundia; y hubo quince meses de 
lucha, ¿y por qué no decirlo? de insensateces. 

Los presidentes pasaban en escena como en 
un diorama, atropellados y echados al suelo 
por el huracán de la revolución. 

Los Jefes revolucionarios formaron un con- 
venio en Zacapa, y reconocieron al Gobierno sur- 
gido de los acontecimientos, que sucedieron á la 
caída de Carrera, y ¡cosa notable! ni el Vice- 
presidente ni don Serapio, los vencedores, pidie- 
ron nada para ellos, contentándose con su obra 
patriótica de habe]* contribuido á la caída del 
tirano. 

Traigo estos antecedentes para recordar que 
don Serapio Cruz era liberal de abolengo. 

Hijo del pueblo, educado en sus costumbi-es, 
valiente bástala temeridad, sin gran instrucción, 
amando á la libertad por instinto más que por 
principios científicos, Cruz podría ser una ame- 
naza al mismo tiempo que una esperanza para 
el partido liberal. 

Carrera, con quien en años posteriores se re- 
concilió, le temía y lo halagaba; y supo mantener- 
lo á raya con el prestigio de su nombre y de su 
autoridad. 

Carrera tuvo muchos defectos, ya lo he dicho; 
más en medio de ellos, poseyó una gran cuali- 



182 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

dad: la de mantener el orden en su país, y hacer 
que se respetase en él al Poder, 

Nos salvó sin duda de la anarquía. Conietid 
el crimen de haber levantado á la montaña, po- 
niendo en manos de campesinos incultos y semi- 
salvajes, las armas contra la libertad. Mas^ 
cuando se vio en la cumbre, á pesar de haber 
llenado de honores y entorchados á los que le- 
habían ayudado, contuvo sus impulsos fieros, y 
no los dejó pasar del puesto en que le convenía 
mantenerlos. 

Instrumentos, sí, nunca personajes activos é 
influyentes. 

feEra previsión ó era envidia? 

í,Quién podría sondear á aquel abismo? Por- 
que el alma de Carrera era un abismo. Cruz^ 
que poseía un carácter inquieto, dio el primer 
grito de revolución contra el Gobierno del Gre- 
neral Cerna en el año de 1867. 

La intentona no le resultó buena, porque aún 
habían algunos ilusos que creían que podía arre- 
glarse la cosa j)or los medios legales, y tuvo que 
emigrar al Salvador. 

Pero el hombre era tenaz y siguió conspiran- 
do desde la nación vecina. Dueñas, que go- 
bernaba por entonces en aquella República,, 
le prestó auxilio ó al menos se hizo sordo, por 
manera que estuvo á punto de invadir de 
nuevo nuestro territorio, con armas y recur- 
sos, mas á última hora, por ima de esas incon- 
secuencias, temores ó maquiavelismos que for- 
maban el carácter de los hombres de la época, re- 
cibió la orden de reconcentrarse y salir del país, 
en el plazo de breves días 



RAMÓN A. .SALAZ A R 183 



Cruz se dirigió á Nicaragua y después á Chia- 
pas. 

Dejémosle camino de aqiiel Estado de la fede- 
ración mexicana, y veamos lo que pasaba en 
Guatemala por entonces. 

La capital había sacudido vsu modorra. 

Los comerciantes, los abogados, los agriculto- 
res, y todos aquellos que representaban grandes 
intereses eran adversos á la situación. 

Había más ; el espíritu de la revolución había 
cundido hasta en las aulas universitarias, hasta 
en el mismo recinto de las viejas casas feudales. 

Y no eran solo los hombres los exaltados é 
iracundos. También las mujeres estaban domi- 
nadas poi* la sacra llama del patriotismo. 

Cristina Grarcía Granados, era una especie de 
Mdme. Roland, que infundía alientos al pequeño 
grupo de girondinos de que su esj)Oso era Jefe. 
Anita Arce, señora de buena sangre, puesto que 
venía de gente liberal, era el verbo del pueblo 
hecho saeta. Ella, la mujer sin miedo, algunas 
ve(5es imprudente, siempre patriota, recorría 
los (iírculos populares, censurando, vilipendian- 
do, maldiciendo á la caterva opresora. 

Doña Leona Flores de Molina, ¡que conjunto 
de nombres tan shnbólico! formaba también en 
las filas — Leona era en efecto aquella respetable 
señora x)ara defender sus ideas, que eran las 
ideas de su casa, pues estaba enlazada con un 
hijo del Doctor Molina, el Procer de la indepen- 
dencia, y por sus venas corría sangre del Vice- 
presidente don Cirilo Flores, asesinado en la 
iglesia de Quezaltenango el año de 27 por la hor- 
da servil. 



184 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



Esta señora en la noche triste en que murió 
don Luis Rubio, y cuando el desgraciado joven 
había quedado desamparado, fué á prestarle sus 
últimos auxilios en la plazuela del teatro de 
Carrera, en donde expiró la desgraciada YÍctima. 

Muy jóvenes estaban por entonces Marcela 
Cruz y María Barrios, hija la primera de don Se- 
rapio, y hermana de don Rufino Barrios la segun- 
da, y ya se hablaba de su varonil rigor y de su pa- 
triotismo. Marcela abogaba por la causa de su 
padre, sin miedo y con ardor. Lo mismo hacía 
la segunda, que tuvo que venir de San Marcos, 
cuando por un acto de venganza cruel pusieron 
preso a don Mariano, su padre. La noble joven 
se acercó á los tiranos, no en son de súplica, ni 
con tono compunjido, sino, como hija heroica 
que reclamaba por los fueros de la justicia, y 
pedía la libertad de su padre. 

Y para no olvidar á ninguna de aquellas he- 
roínas del deber, citaré á Soledad Moreno, mu- 
jer activa que se exponía á la inclemencia de los 
caminos, y bajo cuyo manto de dama se escondía 
una patriota y que conducía la correspondencia 
entre los opositores y los farciosos. 

En frente de ellas estaba una matrona aristó- 
crata: doña Luz Batres. señora de altos vue- 
los, una especie así como de canonesa del tiem- 
po antiguo, protectora de algunas casas de be- 
neficencia, más realista que María Antonieta, y 
que se acercaba con los gobernantes echándo- 
les en cara su debilidad. 

El corazón de la República |)alxjita1>a en la 
Cámara de Representantes. Allí hablaba y tro- 
naba un grupo altivo, cuyo Jefe era Miguel Gar- 
cía Granados. 



RAMÓN A. SALAZ AR 185 



Pocos eran los opositores, pero equivalían á 
nna legión. 

Veamos lo que eran y lo que significaban aque- 
llos patriotas. 

García Granados lo he dicho en otra vez, 
era la figura más culminante, más atrayente y 
digna de estudio en la República, durante la 
Administración del General Cerna, después de 
la reelección. 

En sus ''Memorias," cjue más bien son una 
-confesión, á manera de las de Juan Jacobo, nos 
<iuenta detalladamente los episodios de su vida 
accidentada. Fué testigo de todos los grandes 
acontecimientos ocurridos en Centro-América, 
desde el día de nuestra independencia. Cono- 
ció á todos nuestros grandes hombres, figuran- 
do aunque en línea muy secundaria, en los suce- 
sos más inq:)ortantes de la revolución. 

En la época en que llegó al primer puesto, era 
ya hombre entrado en años, con mucha expe- 
riencia de la vida y una gran preparación inte- 
lectual para llevar á cabo el fin político que se 
proponía. 

Estamos acostumbrados en América, por un 
espejismo muy perjudicial, á juzgar á nuestros 
hombres públicos por patrones ó moldes deter- 
minados. Según el partido á que pertenezca- 
mos, así es nuestro ideal. Los liberales buscan 
el suyo en los héroes de la Revolución francesa, 
j los conservadores, que se respetan, en los auto- 
res de la restauración monárquica. 

Pues bien. García Granados no estaba vacia- 
do en ninguno de esos moldes. 

El era un tipo especial. Poseía un gran ta- 
lento, cultivado por estudios muy serios de las 



186 RECUERDOS DE. MI JUVENTUD 



ciencias político sociales, y estaba adornado- 
por un excelente corazón. 

Los que le conocieron y trataroD íntimamen- 
te dicen de él que era un agradable ''causeur/' 
Con poca religión en la mente, estimando en su 
justo valor al hombre, como individuo, abriga- 
ba sin embargo en su amplio pecho, hermosos 
ideales por el hombre especie. Era así como 
un filósofo que tenía blindado el corazón con- 
tra los delirios y las exageraciones. Fué militar 
y valiente, tribuno y hombre de Estado. Ad- 
versario leal y culto, se le veía un día en la tri- 
buna del parlamento á la altura de su deber 
patriótico, y al siguiente, en los salones en 
amistosa plática con a(j[uellos a quienes en la 
víspera había triturado moralmente. 

Por eso los hombres de aquella situación, que 
tenían saturada la mente de ideas aristocráticas 
ridiculas, lo comparaban con Gondí, Cardenal 
de Retz, el de la Fronda. 

Y hasta en eso se equivocaban: pues no era 
intrigante, ambicioso, ni palaciego. 

Era sí, un símbolo y una esperanza para el 
pueblo de Guatemala, que lo alentaba con 
aplausos. 

Al pasar él, pensativo y con aire indiferente, 
la multitud se detenía, acariciándolo (ion ese 
murmullo sordo, mezcla de cariño y de respeto^ 
con que se saluda á los grandes hombres. 

Sabía que la juventud estaba con él, y por eso 
se sentía fuerte contra los hombres de la tradi- 
ción. 

Pero donde había que verlo era en la tribuna. 
Viejo ya, conservaba rasgos en su fisonomía 
que denotaban que debió haber sido un joven 



RAMÓN A. SALAZAR 187 



hermoHO y elegante. Atildado en su traje, acce- 
sible á todo el mundo, popular en el corrillo del 
Teatro, en el salón de Variedades, su «specto 
prevenía desde luego favorableniente. No pue- 
de decirse (|ue fuese un orador de la talla de 
Barrundia ó de Montúfar; pero era certero en 
el ataque y hacía llegar el dardo de su crítica al 
lugar do lo asestaba. No usaba flores retóricas^ 
y más bien parecía un speaker sajón, sobrio y 
severo, que no un tribuno latino, gongórico ó 
grandilocuente, como tan á menudo los oímos 
en nuestras Asambleas. 

El arma que usaba en el combate, era una 
masa formidable como la masa de Alcides, con 
la que trituraba siempre á su adversario. 

Pero ¿qvió deseaba este diputado levantisco 
que traía tan exaltados los espíritus f 

¿Qué quería este x)aladín de antigua casa, víc- 
tima un día, él y su familia de la tormenta re- 
volucionaria, emparentado con las gentes de 
la Aristocracia "? 

¿ Qué deseaba este nuevo Riquetti, que repre- 
sentaba en la Cámara á los agricultores y arte- 
sanos de la Capital ^ 

Pues una cosa muy sencilla. 

Deseaba lo que todo el mundo: que se intro- 
dujesen en la Administración las reformas ur- 
gentes reclamadas por el siglo; deseaba que 
aquellos hombres remoras, pusiesen en manos 
más dignas el cetro dé hierro con que nos ha- 
bían dominado. 

Quería para su país una Constitución, tal 
como la posee la América del Norte, ó un Go- 
bierno parlamentario á la manera del inglés. 



188 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

Protestaba, sí, y en voz muy alta contra el 
despotismo del Greneral Carrera, de quien dijo 
un día : '^que si hubiese pedido la luna como 
X)lato de regalo, sus seides se la habrían propor- 
<3Íonado/' Protestaba contra la tiranía de su 
sucesor, instrumento dócil en manos de los 
jesuítas de quienes recibía inspiraciones para 
su Gobierno. 

Hablaba de libertad, palabra nueva y muy 
temida entonces; hablaba de protección al pue- 
blo, sumido en la abye(*ción; de mejorar nuestro 
plan de enseñanza, de mejorar el sistema de im- 
puestos entonces existente. 

Pues bien; estaban aquellas gentes tan aferra- 
das á sus principios, que ni aun en eso fué po- 
sible conseguir de ellas, no presintiendo que, 
por negar tan |)Oca cosa, iban á verse envueltas 
dentro de poco en las tormentas de una revolu- 
ción que, con sus sacudimientos formidables, 
las arrojaría lejos del poder, cuartearía las ins- 
tituciones todas con tanto afán creadas por ellas y 
haría surgir hombres nuevos en cuyas manos se 
encontrarían sus destinos y los de la República. 

Al lado de García Granados se hallaban 
don Manuel Larra ve, don Arcadio Estrada, don 
José María Hamayoa hijo, y otros de menor 
importancia. 

Larrave, comerciante rico, tío Nelito, como lo 
llamaban cariñosamente sus amigos, era un li- 
beral de antigua data. Hombre de carácter y 
de buena inteligencia, había desempeñado papel 
importante en el año de 48. Fué amigo íntimo 
del Presidente Martínez, su consejero é inspira- 
dor. Convencido, más que ilustrado, los jóve- 
nes lo veíamos como uno de los pocos que en el 



RAMÓN A. SALAZAR 189» 



naufragio de las libertades, que Carrera y los^ 
suyos lial)ían echado á pique, lograron salvarse 
en aquella tremenda fecha. 

Don Arcadio Estrada, era toda una potencia 
intelectualmente considerado. Brillaba en el 
foro, entre los primeros. Magistrado incorrup- 
tible, sus juicios eran escuchados como orácu- 
los. Le faltaba tan solo para lucir como lum- 
brera ante el pueblo, energía material, voz y 
alientos. Era enfermo del pecho, y apenas po- 
dían oírse desde lejos sus discursos; mas se 
sabía que eran contundentes ó incisivos. Estra- 
da era algo excéptico y volteriano, como sus 
amigos Flores y Fuentes Franco, pero á la tri- 
buna, llevó el ardor de un revolucionario teóri- 
co, y si Grarcía Granados fué el ariete demole- 
dor, el verbo de la Revolución, el paladín de las 
nuevas ideas, el otro fué el espíritu, consejero 
é inspirador de los grandes pensamientos. 

Cerca de ellos estaba don José María Samayoa, 
hijo. Joven, entonces, rico, emprendedor, socio 
déla Compañía de Aguardientes, no era por 
entonces figura jjolítica bien definida. 

Los intereses de su casa, lo atraían al Grobier- 
no; mas su humilde cuna, y sus luces lo llevaba 
al lado de los opositores en donde relampagea- 
ban las buenas ideas. 

Los ámbitos de la Asamblea ya no estaban 
vacíos. Los llenaba el pueblo, que concurría 
noche á noche, en tiempo en que la Cámara es- 
taba reunida, á presenciar la lucha de los gla- 
diadores. 

Porque el bando gobiernista no carecía de 
adalides. 

El Dr. Andreu, don José María Saravia, don 



190 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



Lázaro Graldames, indio de origen, exelso por el 
talento y el Licenciado don Manuel Echeverría, 
Ministro de Gobernación con dotes de orador, 
y bastante valor cívico. Tales eran los corifeos 
de uno y otro bando, que luchaban en el campo 
parlamentario. 

Pequeño era el núcleo oposicionista, pero era 
grande por t;l valor y el talento. 

Aquella Cámara, silenciosa y fría en otro 
tiempo se había transformado en arena ardiente 
en que se debatían los más altos principios y los 
futuros destinos del país. 

Hay que confesar que el espíritu de Barrun- 
dia, ei fogoso tribuno del año 31 y del 48, no in- 
fluía sobre la actual oposición. A haber sido 
así, quizáhubieran tenido motivo de justa alarma 
los conservadores. No se defendían ideas ex- 
tremas, sino las más moderadas de la escuela 
liberal y sinembargo, nada pudo obtenerse. 

Estaban aferrados aquellos hombres á no de- 
jar que avanzase un paso la República y, vuelvo 
á decirlo, tuvimos necesidad de recurrir á la 
revolución armada. 

Fué entonces, cuando el Dr. don Lorenzo 
Montúf ar, desterrado del país por el año 49, 
lanzaba desde Costa Rica, en im célebre perió- 
dico denominado ''El Quincenal Josefino," ar- 
tículos llenos de fuego y patriotismo, como 
todas las producciones del gran tribuno y pro- 
pagandista. 

Con Antonio (Jruz y don Francisco Molina, 
también desterrados, trabajaban en igual sen- 
tido. 

El Mariscal Cruz abrió nueva campaña en 
1869, invadiendo la República, por el lado de 



RAMÓN A. S ALAZAR 191 



-Chiapas, y ya acompañado de don elusto Rufino 
Barrios, que tan grandes destinos debía desem- 
peñar en su país, y de quien me ocuparé separa- 
<lamente. 

Proponíase Cruz, el hacer guerra de montaña, 
y fatigar las fuerzas del Grobierno, como en efec- 
to casi lo logró. Con una actividad digna de 
asombro, tan pronto se sabía en la capital que se 
hallaban él y los suyos en los departamentos de 
los Altos, como que habiendo burlado la vigi- 
lancia de las columnas que los perseguían se ha^ 
bía internado en la Verapaz, camino de la mon- 
taña. 

Cruz estaba en relacicSn con los opositores de 
la Asamblea, aunque á decir verdad, estos se 
mostraban remisos, y tacaños para suministrar 
los fondos que necesitaba el guerrillero. 

Obtuvo triunfos y descalabros, pero la revo- 
lución marchaba. Muchos fueron los hechos 
de armas que se verificaron durante la campa- 
ña y que yo relataría aquí, sino fuese que este 
capítulo se ha alargado demasiado. 

La historia relatará la intrépida aventura de 
don Vicente Méndez Cruz, introduciéndose á 
esta capital para combinar el asalto de las pla- 
zas de la Antigua, Amatitlán y el Puerto de 
San José. 

Contará cómo abortó aquel plan y cómo en 
San José, Méndez Cruz sorprende la guarnición, 
a la cabeza de diez hombres, la desarma y se 
dirige á Escuintla, en donde es derrotado. 

Contará así mismo, cómo en el fuerte de San 
José de esta capital se fusiló á Corado y dos 
compañeros más, sin forma de juicio, y á presen- 
<3ia del Presidente Cerna. 



192 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



Dará á conocer en ñn, los pronunciamientos 
de Cuajiniqnila]ja, Cubulco, el de la guarnición 
de Solóla, la ocupación de las plazas de Cobán y 
San Pedro Carcha, las de Joyabaj y San Martín; 
las prisiones de ancianos y jóvenes, los atrope- 
llos, y en fin, el terror pánico que se había 
apoderado de aquellas gentes, viendo que, en 
menos de un año, y á pesar de las fuerzas por 
ellas desplegadas y los recursos, que tan á tiem- 
po les llegaron, pues por ese tiempo se recibió 
en Guatemala la primera remesa del empréstito 
de dos millones contratados en Europa por don 
Enrique Palacios, la revolución se había exten- 
dido por toda la República, y que aquel núcleo 
insignificante que en marzo de 1869 había S(jr- 
prendido el destacamento de Nentón, se había 
convertido en un ejército numeroso y respetable 
con ramificaciones y adictos en todo el país. 

Tendrá coronas para los caídos en la glo 
riosa lucha, para Francisco Cruz, fusilado con 
otros patriotas, por haberse levantado en San 
Marcos; para Ramón Cruz, un joven valiente 
hijo del General en Jefe muerto en acción 
heroica; y para otros muchos que aun debían 
caer en aquel drama sangriento, cuyo desenlace 
se verificaría en el pueblo de Palencia, en uno 
de los más tristes días de nuestra historia. 

La rota de Palencia, y las espantosas escenas 
de aquel día, serán el objeto del siguiente ca- 
pítulo. 



XXYIIl. 

El. 2o DE ENERO DE 1870. — ILUSIONES Y ESPERANZAS. — LOS 
V(^LSCOS Á LAS PUERTAS DE ROMA. — LOS ESTUDIANTES 
ÉRA.AIOS REVOLUCIONARIOS. — TATA TONITO. — PALENCIA. — 
EL 3[AR1S(^\L CRUZ. — LE CORTAN LA CABEZA Y LA PASEAN 
POR liA CAPITAL COMO TROFEO SANGRIENTO. — EL COMEKCIO 
l'RESENTA UNA CASACA BORDADA AL VENCEDOR. — MUCHOS 
DE LOS PALACIEGOS ACTUALES, YA ERAN ADULADORES POR 
A(¿UEL TIEMPO. — MUERTE DE TONINO. 



Esta fecha es una de las más luctuosas que 
registra en sus anales la República. 

En ese día el partido conservador rebajó al 
país al nivel de los pueblos berberiscos. 

Era domingo. La mañana había amanecido 
espléndida cojno mañana de enero en esta nues- 
tra bella tierra de Gruatemala. 

Desde temprano corría el rumor de boca en bo- 
ca, de que las fuerzas revolucionarias comanda- 
das por el Mariscal de Campo don Serapio Cruz, 
se encontraban muy cerca de la capital, por el 
lado de Oriente. 

Á las 10 a. m. todo el mundo se hallaba en 
movimiento; unos camino del Guarda del Gol- 
fo, á pie, otros á caballo, y todos ansiosos por ad- 
quirir noticias. 

Los Volscos están á las puertas de Roma, de- 
cían unos; los libertadores han pasado el Rubi- 
cón, decían otros. 

Los estudiantes éramos todos revoluciona- 
rios, excepto algunos tipos nmy contados. 

Tat<( Tonino, un viejo General montañés, veni- 
do de Santa Rosa (íon (niatrocientos hombres, 



194 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

f aé destacado la noche anterior con dirección al 
Pontezuelo, en donde se decía que se encontra- 
ban los facciosos. 

Este hombre, de quien se contaban las más 
negras historias, era la esperanza de los conser- 
vadores. 

Á las once del día comenzó á esparcirse la 
noticia del triunfo de las armas del Grobierno. 
Cruz y los suyos fueron sorprendidos en Falen- 
cia, á donde llegó Solares muy temprano y atacó 
de improviso á los insurgentes, los que sin nin- 
guna noticia de la a])roximación de la fuerza, se 
hallaban esparcidos por las rancherías del pue- 
blo en busca de víveres. 

La acción de armas duró hora y inedia, al ca- 
bo de la cual, el grupo revolucionario fué deshe- 
cho del todo. 

Cruz y sus principales jefes, viéndose perdidos, 
huyeron por la barranca: desgraciadamente don 
Serapio que llevaba fracturada una pierna no pu- 
do continuar su marcha, cuando lo encontraron 
sus inicuos enemigos y lo ultimaron en el acto. 
No se saben detalles sobre los últimos momentos 
del mártir. 

Pero es lo cierto que se ejecutó en su cuerpo 
inia escena de caníbales. Caliente aún el cadá- 
ver, le cortaron la cabeza, y el General victorio- 
so dispuso mandar á su amo aquel trofeo san- 
griento, para que aplacase en su festín de odio, 
su hambre de venganzas. 

Y entonces pasó en la capital de la República 
una escena espantosa. 

Enmedio de cien sayones vestidos de soldados 
venía uno de los vencidos, Luis Benavente, jo- 
ven compañero mío de escuela, y en sus hom- 



RAMÓN A. SALAZAR 195 



bros en una red rellena de hojas y flores, la ca- 
beza del vencido chorreando sangre. Pero no 
bastaba esto; había que estremar la nota trágica 
y bárbara; así es que al llegar frente á la iglesia 
de Candelaria, la víctima aquella, portadora de 
la espantosa carga, fué obligada á extraer el 
triste despojo y exhibirlo á la multitud sobre- 
-cogida. 

Y en efecto así lo vimos; por abajo con una 
mano ensangrentada agarrando el cuello y con 
la otra encima, sosteniéndolo de los pocos pelos 
que quedaban á aquella víctima inmolada en la 
guerra civil. 

Y así pasó por una vía trágica; y así fué trans- 
portada por lo más céntrico de la ciudad la ca- 
beza de Don Serapio, al son fúnebre de los tam- 
bores y de la música que lanzaba al viento ecos 
fúnebres, y entre el espanto, las maldiciones y 
las lágrimas de todo un pueblo, que lloraba no 
tan sólo la muerte del guerrillero, sino por la 
vergüenza que aquel acto de salvajes hacía caer 
sobre nuestra patria. 

La cabeza fué depositada en la capilla del 
Antiguo Cementerio. Ahí la vi de cerca y 
temblando de dolor, al siguiente día. Tenía en- 
treabiertos los ojos, y una sonrisa amarga se 
delineaba en sus labios. La frente del mártir 
€ra despejada, y le quedaban pocos cabellos en 
^1 occipucio. Un rasgo que no olvidaré jamás, 
es el de sus orejas, un tanto grandes, oradada 
una de ellas en su lóbulo al través del cual 
pasaba una cinta de seda roja. Dicha cabeza fué 
fotografiada, para conservar por el arte, lo que 
la historia conservará en sus anales con letras 
i^angrientas. Dicen, personas bien informadas, 



196 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



que el árbol bajo el cual fué sacrificado Cruz, 
se secó, y no retoñó más. 

Mientras pasaban aquellas escenas H. E. el 
Presidente y sus Ministros festejaban los días 
del General Cerna en su casa de habitación, be- 
biendo sendas copas de champagne á la salud y 
prosperidad de nuestra desventurada patria. 

Dos días después hizo su entrada triunfal en 
Guatemala Tata Tonino. Entonces conocí á 
aquel hombre, sobre quien los conservadores 
hacían recaer la culpa de la escena afrentosa 
que había presenciado la capital. 

Era un viejo alto, flaco, negro, inculto, huraño. 
La vida de la ciudad le era insoportable, y vivía 
en la montaña como patriarca entre su tribu ó 
Jefe de Kabila en su aduar. Era el tipo más 
acabado del antiguo guerrillero, de esos aldea- 
nos fanáticos é ignorantes que la revolución 
convertía en generales, y cuya única táctica 
consistía en gritar á la cabeza de sus hordas 
armadas de malas escopetas y de machetes: 
/ A dentro muohachos ! 

Fieras más que hombres, la historia de esos 
salvajes causa pavor. 

Fanáticos, ignorantes, sin idea alguna de la 
organización social, no conociendo el mundo 
sino por lo que habían visto de él en su aldea, 
no tenían otras ideas que las que el Cura de su 
lugar había querido enseñarles, nada más á 
propósito para convertirlos en instrumentos 
ciegos contra la civilización y el progreso. 

Tonino no sabía leer. Su nivel intelectual 
rastreaba al mismo de los demás indios de la 
montaña. Sus hábitos y costumbres no diferían 
de la de los aldeanos: de ahí su popularidad en- 



RAMÓN A. SALAZ AR 197 



tre las gentes de Oriente. Alojóse el vencedor 
con sus tropas en el ^'Campamento,'' cuartel á 
extramuros de la ciudad, muy cercano al actual 
edificio de la Penitenciaría, y allí recibió pleito 
homenaje de los serviles y de sus aduladores; es 
deídr: ''los serviles de los serviles." 

Aun los recuerdo por sus nombres y apellidos. 
Muchos hay que aun viven y no han olvidado 
el oficio, pues los he visto en distintas épocas, 
en las administraciones que sucedieron á la 
de Cerna, siempre á la puerta de Palacio, men- 
digando sonrisas de los que mandan y prodi- 
gando elogios y adulaciones. 

Numerosa comisión del Comercio se presentó 
una tarde á saludar a su héroe, y ofrecerle un 
uniforme galoneado y rico, que no ha de haber 
usado aquel hombre, porque, según parece, no 
gustaba de entorchados. 

Y además no gozó nmcho de las delicias de 
su triunfo. 

Tonino murió quemado vivo un día 23 de enero 
de un año que no puedo recordar, según dicen 
á la misma hora que su víctima, sacrificada tan 
inhumanamente en Patencia. 



XXIX. 

LA REVOLUCIÓN DEL 7L 



Por grande que sea un golpe, suele á veces 
producir no más que aturdimiento y conmoción, 
observándose Cjue después que uno y otra han 
pasado, la sangre circula con mayor fuerza que 
antes, llegando la reacción hasta la fiebre y el de- 
lirio. Tal sucedió á Gruatemala el día fatal de 
la muerte de don Serapio Cruz. La población 
quedó aplanada y muda. El elemento oficial, es 
verdad que se movió, simulando una alegría que 
estaba muy lejos de poseer. Hubo serenatas, 
banquetes, manifestaciones de adhesión y de 
contento por la acertada marcha política del 
Estado y el triunfo del Gobierno. Escribió el 
señor Milla la historia del levantamiento y, des- 
pués de pintar á su modo los sucesos, entra en 
consideraciones que en verdad no son halagado- 
ras para el país ni para los mandatarios. 

Tenían aquellas gentes entre otros nmchos 
pecados, el del orgullo. Un orgullo desenfrena- 
do y liáÍQvJíTr ^ 

Habían abierto desde sus periódi(*os, cátedra 
de necedades. Juzgaban desde aUí la política 
de las repúblicas de este continente, y encon- 
trándola mala, puesto que, natura hnente, no es- 
taba conforme con la de ellos, se ])onían á dog- 
matizar y emitir consejos gratis que por fortuna 
nadie oía y si se oían era para que se bin*laran 
de ellos. 

Y luego estaban poseídos de otra obsesión:* la 
de que no tenían sucesores dignos de ellos. ^ 



200 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



"P0CO8 hombres quedan ya" decían en son de 
lamento y pena, y con esas jeremiadas, azota- 
ban al pueblo todo y á los pensadores de la época, 
negando qne hnbiese en el país personas capaces 
de pensar, y mncho menos de gobernar. 

Dos axiomas qne hallará mny repetidos en los 
periódicos del tiempo, el qne se tome el trabajo 
de hojearlos, son las signientes: ''Pocos hombrías 
qnedan ya." ''Hay escacés de gente apta." 

Y en verdad qne no i)uede haber confesión más 
j)aladina. En^ treinta años no pndieron formar 
nn solo^liombre, })ara (|ne fuese digno sucesor 
de"eT[os, y continuar como paladín de su sis- 
teihal 

Pero si tenían la mononianía del apostolado, 
el cual ejercían predicando en desierto, también 
estaban atacados de la de la confcvsión, no auii- 
cular, sino á gritos. 

Conf^^saban que no habían ])odido hacer nada, 
que no existían ni ferrocarriles, ni escuelas, ni 
caminos, ni prensa, ni códigos; que el país estaba 
pobre, casi en bancarrota; pero ¡hay />r/i, decían, 
hay orden, nadie habla ni se mueve! 

Injustos, agregaban, ¿cómo queréis que haya 
todo eso, sino hay dinero? Cómo queréis que 
haya dinero, sino hay agricultura? ¿Cómo que- 
réis que haya agricultura, si apianas alcanza el 
tiempo para bostezara Y efectivamente, boste- 
zar, y r ezar era la o cu|)a('ión fnvñriía d(^ la ''poca. 
¡besgraciadosi Estaban encerrados en un círcu- 
lo dantesco: no h.achñi, porqu(^ no podtav, — Y no 
podían hacer nada en pro del país, porque no 
hacían tampoco nada para impulsarlo. Basta 
decir que el movimiento de exportación por 
aquella época, en toda la república no Regalía á 



RAMÓN A. SALAZAR 201 



dos millones de pesos; y que el café, cuyo culti- 
vo tanto empuje obtuvo después de la revolu- 
ción, se tomaba entonces, como tizana, como 
remedio heroico para disipar neuralgias. Dice 
don Julio Rossignon en uno de sus interesantes 
artíí'ulos escritos por aquella época, que habien- 
do ido un día con ud amigo á Amatitlán, pidie- 
ron después de suculento almuerzo una taza de 
café la que les fué negada al princi])io, por no ha- 
ber en la población, y que como insistiesen, logra- 
ron al ñu hallar una libra del precioso fruto, ya tos- 
tado y en polvo, no del país, sino importado de 
la Habana. 

Pero había llegado la época en que definitiva- 
mente iban a cesar los bostezos, los lamentos, 
los rezos, las neuralgias y la inercia. 

Don Miguel Gr. Granados, dos diputados más 
de la oposición y los señores Generales Solares 
y Villalobos fueron ex])ulsados del país, por su- 
j)onérseles complicados en el movimiento des- 
graciado de Cruz. 

Granados, aunque anciano, no era hombre que 
se dejase abatir por la desgracia y (j(ue se sentase 
en medio del camino á llorar su mala suerte. 

Se fué á México y allí se puso en relación cotT^ 
los señores Juárez y Lerdo de Tejada, los hom- 
bres civiles más notables de la Reforma y de la 
Revolución de aquel país. Se entendieron segu- 
ramente porque á mediados del año de 70 ya 
se eticontraba el tribuno en Comitán, á donde 
llegó á tiemx)0 para alentar á los patriotas divi- 
didos desgraciadamente entre sí, pobres, y no 
sobrados de esperanzas. No tnrdó mucho tiem- 
po sin que llegasen unos cuantos Remingtons y 
fusiles Henry, que por encargo del Ji^ft^ pasó don 



202 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

Francisco Andreu á comprar al Norte. Barrios^ 
y la mayor parte de la falange se unieron á 
García Granados y lo reconocieron por Jefe, 
comprendiendo patrióticamente que, si ellos re- 
presentaban la fuerza y la audacia, en el anciana 
estaba el prestigio, la experiencia que da la 
edad y el renombre conquistado en veinte años 
en una lucha tenaz contra la tiranía. 

Vicente Méndez Cruz se separó del grupo, 
proponiéndose f accionar por su cuenta. 

Don Justo Rufino Barrios, que por encontrar- 
se herido no asistió á la acción de Falencia, la 
personificación del patriotismo, valiente, teme- 
rario, ardiente en sus impulsos, joven aún y ya 
poseyendo don de mando, activo hasta no cono- 
cer el cansancio, invadió la Rejuiblica (x la ca- 
beza de 44 valientes, todos guatemaltecos, cuyos- 
nombres algún día escribirá la historia con le- 
tras de oro en sus anales, y en un día fausto en- 
tonces para la patria, pero que 14 años más tar- 
de debía de ser de luto para Centro- América, el 
2 de abril de 1871, llegaron al pueblo de Tacana^ 
en donde iba á librarse la primera batalla heroi- 
ca de la nueva campaña, contra el partido con- 
servador. 

Soy poco amigo de las batallas, y en verdad 
que no me entusiasman ni el humo de los com- 
bates ni la descripción de las grandes hecatom- 
bes, por más que el cuadro sea delineado por 
Víctor Hugo ó por Tliiers, los grandes maestros 
modernos en esa clase de escritos. Mas no me 
sucede otro tanto, cuando se trata del (íombate 
de un pueblo por su independencia y por t4 re- 
cobro de su libertad. ;, (¿uién podrá ignorar en 
América los episodios (le Junin, ó las proezas- 



RAMÓN A. SALAZAR 203^ 



efectuadas en los campos de Ayacuclio'? Quién 
no vibra, amando la libertad, al leer aquella pá- 
gina quizá la más heroica de los tiempos mo- 
dernos, que escribieron en la historia los mil de 
Marsalaf 

Pues bien, pasando de aquellos acontecimien- 
tos que tienen la grandeza de una epopeya en 
que se jugaron los destinos de un continente, y 
los de toda una civilización, á los nuestros,. 
locales, si se quiere, pero im|)ortantísimos para la 
historia de América, Tacana es un punto lumi- 
noso en la historia, por cuya causa ha luchado 
la América española, por casi un siglo. 

En Tacana murió de muerte vergonzosa el 
absolutismo clérico-aristocrátieo de América. 
Allí, cuarenticinco héroes con Justo Rufino- 
Barrios á la cabeza, cantaron los funerales al 
son de sus tambores guerreros y al estruendo de 
sus armas, de esas armas que figuran en nues- 
tro escudo nacional, al cadáver de la colonia^ 
que á fuerza de tópicos, clisterios y tónicos ha- 
bían hecho vivir en este rincón de América los 
hijos de los encomenderos, disfrazados de repu- 
blicanos. 

Cuenta la leyenda que las fuerzas del gobier- 
no, comandadas por el Capitán Búrbano, y que 
pasaban de trescientos hombres, vieron en cada 
uno de los 45 de Tacana, un fantasma ó un 
león, y que fué tal el terror que les infundieran 
aquellos héroes, de cuyo compacto grupo llo- 
vían balas á millares, que no pudieron resistir- 
los por más de hora y media. Se peleó con bra- 
vura por ambos lados, pero el triunfo fué de los 
nuestros, y la noticia de la victoria cundió coma 
por ensalmo por toda la Kepúl)lica. 



"204 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



Eran de oírse los comentarios heclios en los 
-corrillos de la capital. ^ — Qniénes decían haber 
visto en el campo de los libertadores una legión 
de caribes, cuyos ojos destellaban fue.^-0; quié- 
nes que la invasión estaba compuesta por un 
ejército numeroso, equipado con muchas armas 
modernas, cañones y caballos, que hacían impo- 
sible toda resistencia. Así pues. aqueUa acción 
i'elativaiiiciitc iiisiü'iiijlcante (pie costó al ejérci- 
to del (Tol)ierno tan S(')lo oclio muertos, produjo 
un efecto moral asom])r()SO. 
^' La revolución triunfó desde ese momento, y 
el edificio con tanto afán creado por la gente 
conservadora, comenzó a desmoronarse en rui- 
nas. El ejército ¡x^rdió la moral; el Pcwico, ese 
pánico que pocos días después confesaron ellos 
mismos había acometido á las tropas, que 
tantas burlas provocó, y que tan bien supimos 
esplotar, mordía las piernas de sus soldados. 
Comenzaron las defecciones de sus defensores 
de la víspera, que se nos pasaban con cartuchos 
y todo; hablo moralmente, porque los jefes y el 
ejército, si no peleaban con entusiasmo, no de- 
feccionron. — La prensa asomó la cabeza, y des- 
de la ''Guasa,'' periodiquito de estudiantes que 
trataba las cosas en broma, hasta ''La Sociedad 
Económica," en cuyas columnas escribió don 
Ramón Rosa algunos artículos brillantes alenta- 
ba el genio de la libertad, se oyeron verdades que 
nadie hasta entonces se había atrevido á decir 

Nosotros los estudiantes no ocidtábamos 
nuestro entusiasmo. Victoreábamos á la liber- 
tad, y alguna vez la policía se nos liechó en(*i- 
ma. Cerna estaba furioso, pero por fortuna im- 
I)otente. El día que salió para irse á poner 



HA>rÓX A. SALAZAK 2()'' 



frente al ejército, nos fuimos en grnpos hasta el 
(luarda de Bnena Alista, en donde lo despedi- 
mos con sonrisas y ninrmuUos. El hombre se 
indignó, y deteniendo su cal)allo se dirigió con 
mirada amenazante hacia nosotros, prometién- 
donos la revancha para la vuelta. El frío qui- 
zá, talvez el miedo y de seguro el alcohol que 
ese día había tomado en mayor cantidad que de 
ordinario, lo tenían excitado, y nosotros no hici- 
mos caso de la amenaza ridicula, sino que nos 
regresamos en grupos cantando soto voce la Mar- 
sellesa. 

El drama se precipitó, aun más de lo que es- 
perábamos. En el espacio de tres meses se li- 
braron cinco batallas que fueron otras tantas 
victorias para el ejército revolucionario. Re- 
talhuleu, Laguna Seca, Tierra Blanca y San Lú- 
eas fueron la vía triunfal por donde atravesaron 
los héroes para acercase á la capital de la Repú- 
blica, que los aguardaba ansiosa. La campaña 
ha sido descrita por ios señores don (irregorio 
Contreras y don fíoaquín Dui-án, en las colum-A\ 
ñas de ''El Progreso Nacional," y á esos traba-?^ 
jos me remito para (4 que quiera conocer aque- 
llas jornadas. 

El 29 de junio, día de San Pedro, feriado en 
aquella época, comenzaron á llegar los derrota- 
dos de la acción de San Lúeas, que se había li- 
brado en esa mañana. Mustios y tristes, ve- 
nían sin armas ni esperanzas á acogerse tras 
los nnu'os de la ciudad. Cerna había huido, por 
caminos extraviados, camino del Salvador. I)tí 
los Jefes piincipales de su ejército, nada se sa- 
bía. Los gobernantes, del último de sus ban- 
quetes que en ese día se celebraban, se levanta- 



206 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

ron para irse á esconder de los vencedores, cu- 
yas venganzas temían. La ciudad estaba, pues, 
:acéfala. 

Sabíamos que el fuerte de San José nos per- 
tenecía. Un hombre, brazo fuerte de los con- 
servadores, el que contrató el empréstito de 69 
en Londres, el que influyó porque Nicaragua 
entregase a Gerardo Barrios al Grobierno de El 
Salvador, que le fusiló cruelmente, el espíritu 
más mojigato y recalcitrante de la época, se im- 
provisó patriota pocos días antes y se convirtió 
en Argos. — Hablo de don Enrique Palacios, que 
estaba á nuestro lado i)i'otestando su adhesión a 
la causa de la revolución triunfante. 

Pocas noches he visto más serenas y transpa- 
rentes que la del 29 de junio de 1871. La luna 
brillaba hermosa en nuestro cielo, y en la ciu- 
dad tranquila apenas se oían los pasos de las es- 
cuadras de los patriotas que habían tomado las 
armas para velar por el orden. Don Luis Bo- 
grán, que después fué Presidente de Honduras, 
y que por entonces seguía en esta capital la ca- 
rrera de Abogado, fué nombrado capitán de 
uno de aquellos batallones. Á la mañana si- 
guiente, 30 de junio, la población, que se había 
levantado muy temprano, vio tremolar en las 
torres de la ciudad multitud de banderas blan- 
<3as en señal de paz y libertad. 

El pueblo en forma de avalancha se lanzó has- 
ta a extranmros de la capital. Llenaba toda la 
gran calzada que viene desde el Gruarda Viejo, 
hasta la Plaza de Armas. Jamás ha visto la 
capital mayor regocijo. Ese día se cantó y se 
lloró, todo de alegría. Ese día se oyeron him- 
nos patrióticos que surgían espontáneos del 



RAMÓN A. S ALAZAR 207 



fondo de los corazones; ese día, en fin, alboreó 
espléndida y hermosa la luz de la Nueva buena 
on nuestro país, esa Inz de libertad, que tanto 
trabajo nos ha costado mantener encendida y 
que tantos sacrificios ha costado al país. 

El Greneral Zavala, ya muy decaído entonces 
^n el concepto público, por sus inconsecuen(3Ías 
y meticulosidades, que, de ídolo se había conver- 
tido en figura de relumbrón, entregó á García 
Grranados en la Plaza de Armas, las ''llaves de 
la ciudad;" y así quedó terminada la revolución 
armada. 

García Granados y los suyos se dirigieron á 
Palacio, desde cuyas ventanas fueron ol3Jeto de 
ima entusiasta ovación por parte del pueblo, 
que llenaba la plaza mayor. 

Yo, como joven curioso y entusiasta, estaba 
cerca de ellos, entre un grupo de patriotas. El 
héroe estaba gozoso, al ver coronada su obra de 
una manera tan espléndida. Un hombre impru- 
dente, en su entusiasmo ciego, lanzó gritos de 
muerte contra los vencidos, que fueron apenas 
contestados. Mas el varón ilustre, volviéndo- 
se airado, impuso silencio, diciendo: "No, no, 
callad; muerte á nadie; la libertad no necesita 
de sangre para florecer, y es muy grande y muy 
glorioso este día para empañarlo con esos gritos." 

Mr. Sueca, un francés entusiasta que se hallaba 
al frente de otros sus paisanos de buena casta, y 
todos nosotros, victoriamos al héroe, acallando 
con nuestros gritos la única nota discordante de 
aquel día. 

En Catedral, en donde se cantó un te deum en/ 
acción de gracias, prometió al Arzobispo Pinol, 



208 liECUERDOS DE MI JUVENTUD 

que estaba temblando por los suyos, toda clase 
de garantías. 

¡Oh día espléndido! ¡oh día inuiortall 
Día de júbilo y esperanzas, el más alegre de 
mi vida. Yo te saludo después de 25 años, du- 
rante los que habré tenido muchos desengaños; 
mas no he x>ei*dido el entusiasmo con (jue te 
canté cuando era joven!!! 

Mas ay! que los vencidos no supieron com- 
prender la generosidad de los libertadores, y 
pronto levantaron á la montaña en armas lan- 
zando á los aldeanos á la contra revolución! 



XXX. 

JUSTO RUFINO BARRIOS. 
(Discurso pronunciado el 2 de Abril de 1892.) 

Comprenderían nial mi entusiasmo por el 
General Barrios y la lealtad que debo á su 
memoria, los que creyesen que en aquel muerto 
ilustre veo tan sólo al Grobernante que por 14 años 
rigió los destinos de la República y de quien fui 
colaborador cuando me encontraba en los prime- 
ros albores de mi vida política. 

Barrios, más que un mandatario, es para mí 
un hombre símbolo, un hombre idea. 

Lo he estudiado en todas sus fases, en sus 
debilidades como en sus grandezas, en sus peque- 
neces como en sus actos magnánimos. 

He procurado hacer de esa figura egregia un 
estudio psicológico, y he tratado de sondear los 
abismos de su alma. 

Presencié algunos de sus raptos de orgullo, 
así como tuve ocasión de escuchar su palabra 
cariñosa y amiga. Hay más: con una curiosidad 
natural he estudiado lo que pensaba sobre la 
vida, aquel Dictador, temible; y la impresión que 
saqué fué buena. 

Resumiendo: esa gran figura me atrae, por su 
patriotismo, por su energía, por sus ideales, por 
sus hechos, por muchos de los actos de su vida 
pública, por sus virtudes domésticas, por su vida 
consagrada al bien del país y por su muerte 
llena de gloria en el campo de batalla. 



210 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

Lejos de níí la idea de hacer una apoteosis 
ciega de aquel ilustre muerto, ni inuclio menos 
de halagar, adulando, á *los partidarios de su 
memoria. El país sobre todo; y la verdad como 
base de mi discurso. 

Para que se me crea, debo decir todo lo bueno 
que pienso sobre Barrios y no debo ocultar lo 
malo que hizo. 

El muerto de que se trata no es un muerto 
vulgar. No exige ni miramientos ni recatos en 
la frase, cuando se trata de juzgarlo. No es 
como esas doncellas que se ruborizan cuando se 
pronuncia ante ellas una frase ambigua ó se les 
dirige alguna ligera censura. 

¡ Qué iba á ser así, aquel espíritu fuerte, aquel 
reformador, aquel revolucionario, aquel hombre 
de Estado que transformó la faz de la República 
y logró hacer viable á la pobi*e enferma (jue se 
llama Guatemala! 

Yo bien sé que la memoria de ese hombre 
debe estar acorazada para que pueda lanzarse 
sobre ella la vei'dad, sin que sufra mella su repu- 
tación. 

Improperios, calumnias, jamás en mis labios, 
ni aun para mis enemigos. Juicio severo, eso 
sí, sobre todo para Barrios que fué mi amigo, 
que lo es, aun en la tumba, y que lo seguirá 
siendo mientras en mi alma siga ardiendo la 
llama del patriotismo y de la libertad! 

Que se levante, pues, de su lecho de muerte y 
escuche lo que voy á decir de él, con la mano en 
el pecho y la mirada fija en el i)aís. 

No se extrañe que mi discurso sea un poco 
subjetivo. Creo que á Barrios debe estudiársele 



KAMÓX A. SALAZAR 211 

física y moralmente para descifrar el enigma 
misterioso de su vida. • 

Conozco un retrato de él, tomado en el tiempo 
•en que acababa su vida de aventuras y embos- 
ugadas, ó sea en los últimos días de junio de 
1871. 

Al volver á ver ese trabajo, cuando han pasa- 
do tantos años de su muerte y se han olvidado 
^n su mayor parte los detalles de la época de la 
revolución, se sorprende uno de encontrar foto- 
grafiada, de un modo tan original como imper- 
fecto en el trabajo, la figura del que siendo 
después dictador omnipotente, comprendicS tan 
bien los deleites de la vida y supo disfrutar de 
ella, tan á sus anchas. 

Más que un General, que un Jefe de ejército, 
.aquello parece la efigie de un aventurero. 

Uniforme no lo tiene; un sombrero de anchas 
alas, tan necesario en el trópico, cubre la frente 
de un joven cuyas facciones ha ennegrecido el 
sol ecuatorial. No lleva la barba completa; pero 
lo que tiene de ella y que cubre sus la))ios, así 
como su mirar, denota en él un hombre atrevi- 
do y terco. Una garibaldina hace las veces de 
<íasaca; por espada, un fuete; y un ancho plaid 
■embozándole el tronco. 

Así, así lo vi por primera vez el día de la 
entrada triunfal del ejército hbertador en Gua- 
temala. 

Desilución no podré decir que la tuve; pero 
aunque joven, casi un niño, no pude menos de 
hacerme la refiexión de que se necesitaba.mucho 
desprestigio del Gobierno caído y mucho decai- 
miento moral de parte de las tropas que lo 
•defendían, para haber podido obtener la victoria 



212 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



con los modestos elementos con que contaba la 
revolución triunfante. 

El ejército aumentado después de las derrotas 
que le prepararon la victoria, no contaba arriba 
de dos mil hombres, no todos armados. Un mal 
cañón de montaña era el único material rodante 
de que disponían aquellos hombres audaces. 
Generales, no puede decirse que hubiese entre 
las filas libertadoras. El Jefe don Miguel G. 
Granados, era un hombre civil, viejo, que aun 
en campaña no había podido abandonar los^ 
hábitos de buena vida que en la paz le propor- 
cionaban sus riquezas. Barrios había sido 
Escribano, aunque no de la raza del que, al huir, 
causó la muerte de Pedro Alvarado; fué desde 
su juventud varonil y de ánimo esforzado, pera 
no había sido soldado antes de la revolución, ni 
tenía dotes, ni las adquirió después para ser Jefe 
de ejército. 

Era demasiado temerario y audaz, y le faltaba 
la serenidad necesaria para poder ser un buen 
General. En cambio, fué un buen guerrillero. 
Componía el resto del ejército un puñado de 
patriotas, que habían suscrito el acta de Patzi- 
cía y de los cuales quedan pocos vivos, á no ser 
en la memoria de sus compatriotas agradecidos. 
Después se agregaron algunas personas más y 
todos juntos formaron aqiiella faleiige que inau- 
guró la serie de sus victorias en Tacana para 
sellarla gloriosamente en las faldas de las mon- 
tañas de San Lucas. 

El prestigio de la revolución se compartía 
entre el viejo patriota García Granados, célebre 
por sus luchas parlamentarias durante los últi- 
mos años de k Adnúnistración del General 



RAMÓN A. S ALAZAR 213 



Carrera y toda la Admiiiistracióu de Cerna, y el 
joven guerrillero á quien la prensa'oficial de la 
época pintaba como un tigre sediento de sangre, 
pero que la eonciencia popular miraba con 
simpatías é interés por sus luchas y sufri- 
mientos. 

Contaba por entonces Barrios 35 años, la edad 
florida de la existencia en que poseemos todas 
las fuerzas y todas las energías para llevar á 
cabo grandes resoluciones. 

Su complexión era robusta, su talle mediano; 
poseía manos pequeñas, que más tarde cuando 
dictador las cuidaba como una dama. Tenía la 
boca ancha y el labio no gi'ueso. La frente 
despejada, amplia, cuando estaba en calma, tem- 
pestuosa en sus momentos de ira: usó siempre el 
pelo corto, á punta de tijera- Su mirada era 
viva y penetrante. Sea que el hombre tuvie- 
se fuerza magnética poderosa 6 que hubiese lo- 
grado imponerse en el ánimo de todos, lo cierto 
es que él ñjaba atrevido la mirada y no creo que 
haya habido alguno que haya podido sostenér- 
sela. 

Barrios no era un hombre ilustrado. Se dice 
que en sus mocedades se distinguió en las clases 
de matemáticas y que aprendió con alguna per- 
fección el latín; pero en la época de la revolución, 
lo había olvidado todo. Tenía algunas ideas 
generales. No era ateo, como muchos lo supo- 
nen. Tenía memoria prodigiosa, sobre todo 
para las ñsonomías. Su expresión no era fácil. 
Era muy orgulloso y se escuchaba á sí mismo 
para no aventurarse á ponerse en ridículo con 
una frase mal dicha. Hablaba su propia lengua 
€on algunas imperfecciones y arcaísmos, tan 



214 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 



comunes de oír en el lugar donde nació. Era 
amigo de la -buena mesa. De alcohólicos no 
gustaba, ni sé que se le haya visto una vez em- 
briagado. Cuando murió sus enemigos inventa- 
ron que estaba borracho, lo que fué una infame 
calumnia. 

Era además, un hombre nervioso é impresio- 
nable y la dicha ó la desdicha de los que se le 
acercaban dependía de la impresión primera que 
le causaran. 

El talento era para él cosa respetable, solo 
que teniéndolo de sobra, veía muy pequeños a 
los demás. 

En cuanto á su fuero más íntimo, difícil me 
sería pintarlo. Admiro al Reformador, aunque 
no jmedo decir otro tanto del hombre. La figu- 
ra tiene rayos que me atraen, pero también 
muchas sombras que me disgustan. Cuando yo 
lo conocí, lo habían adulado tanto los hombres 
que se me figura que los despreciaba, lo que no 
tenía embarazo si no en decirlo, al menos en 
probarlo. Puede que haya tenido predileccio- 
nes por alguno, pero de nadie fué amigo, pues 
siempre quiso, y lo logró, el mantenerse á una 
inmensa distancia, aún de sus más íntimos- 
Comprendía, sin duda, que una familiaridad 
demasiada con sus subordinados, perjudicaría á 
la alta dignidad de que disfrutaba en la Repú- 
blica. 

En su conversación, predominaba la nota 
seria y severa, y sabía tratar las cuestiones de 
Estado con toda la altura y circimspección que 
demandan. 

Esto no obstaba para que, en sus ratos de 
intimidad, f^e ti'ansformase en otro hombre: 



RAMÓN A. SALAZAlí 215 



entonces era de oírlo, no siendo uno el objeto de 
sus burlas: agudo, incisivo, sarcástico, cruel á 
veces, con su frase acerada. Risa tan franca y 
tan llena, no la he oído en otro hombre. Con 
sus dichos y agudezas, pudiera formarse un 
volumen, interesante sin duda por que eso pin- 
taría mejor á esa extraña figura, conjunto de 
grandezas y pequeneces. 

Quizá se me pregunte ¿qué méritos encuentro 
en el personaje cuyos rasgos fisonómicos descri- 
bo para jjrofesarle la ley que he demostrado por 
él en todas las circunstancias de mi vida políti- 
ca? A decir verdad, con lo que dejo di(ího hay 
tela, cuando más, para formarse el juicio de qu(^ 
no era sino un hombre vulgar, y un carácter 
poco digno de estimación. 

Pero ese hombre hizo la revohudón, tuvo 
audacias de genio, carácter indomable, valor 
heroico, rasgos magnánimos, estuvo á muchos 
codos de altura sobre sus conciudadanos y, del 
modo que sea, es la figura más conspicua que 
haya producido en Centro-América la revolución 
liberal. 

Qué fué lo que condujo á la revolución? La 
ambición quizá? Admitamos que haya sido eso 
lo que guió sus pasos. Virtud noble que ha 
hecho héroes y que á él le ha valido el título de 
Libertador. Ambicionar qu*^ mejore niiestra 
patria, ambicionar que prospere moral y mate- 
rialmente y que nuestros compatriotas y noso- 
tros seamos libres: noble ambición! Por conse- 
guirlo podemos y debemos dar nuestra sangre. 
Si no lo hacemos ni aun somos dignos de llamar- 
nos hombres. Pero cambiemos la palabra, 
sustituyéndola por la verdadera. Lo que con- 



21G RECUERDOS DE MI JUVEINTUD 

(lujo á Barrios á la montaña fué el patriotismo. 
En esas aras derramó su sangre é insi^ii'ado i)or 
el consiguió la \"i(3toria. 

Y su patriotismo era aug-usto. Al siguiente 
día del triunfo quiso retirarse á la vida privada, 
(contento de haberlo obtenido, después de haber 
liecho morder el ;k>//;o al tirano. Fueron sus 
palabras. 

Y eso dicho por boca de aquel león tiene ecos 
d(^ trueno y repercusiones de tempestad. 

Pocos días se dilató en la capital pasado el 
triunfo de junio. Lo asfixiaba la atmósfera de 
este gran couv(Mito. Después del olor de la pól 
vora y del humo de los combates no le iba bien 
el del incienso de las sacristías. 

Y sobre todo, el )^0 de junio no era sino la 
última escena de la i)rimera jornada. 

A dormir sobre los laureles, eso, (pie había 
comenzado con todos los brillos de una epopeya 
habría terminado miserablemente como un saí- 
nete. De esos saínetes que los pueblos de Amé- 
rica presencian periódicamente, en los que 
representan el papel de Hans, Wurst ó Polici- 
nella los farsantes que se llaman Prado, Yíúnte- 
milla ó Daza. 

Afortunadamente para Gruatemala no fué así. 
Barrios voló á los Altos, no á descanzar en una 
segunda Capua, Convocó á los notables de la 
metrópoli áltense. Les pintó la situación, que 
ei'a el único que comprendía. Les dijo (pie la 
montaña Oriental comenzaba a dar alientos de 
reacci()n y que pronto nuestros Yendeanos esta- 
rían en pie de guerra. Les pidió armas. Armas 
para defender la libertad. 



RAMÓN A. S ALAZAR 217 



Y SUS previsiones fueron certeras, pues ese 
mismo año el Oriente se incendió en guerra y la 
facción fué general. Presente está en el recTier- 
do de todos la lucha titánica . de aquellos días, 
las alarmas en la misma capital, los des(;alabros 
de nuestras partidas volantes, la muerte de 
algunos de nuestros más valientes Jefes, la 
intentona de Arana, las amenazas fililnisteras 
en las costas del Norte y nuestro definitivo 
triunfo en Fraijanes y los campos de Santa 
Rosa. 

El General García (Tranados, el liomljre de la 
ley y del sentimiento, tuvo que ceder el puesto 
al joven caudillo, el hombre de la energía y de 
las audacias revolucionarias. 

Y entonces pasó aliento sofocante sobre 
todas las instituciones. Tembló todo, hombres 
y cosas. Fueron, derogadas las antiguas leyes. 
Hubo general zafarran(dio por grado ó por 
fuerza. 

La atm(')sfera estaba cargada de tempestades. 
Por primera vez los hombres de mi generación 
oímos nuevas palabras, proscritas de nuestro 
suelo ')() años hacía. Jóvenes y adultos hablá- 
bamos de reformas. Sólo los viejos ñaquea1)an, 
sólo los viejos temían. Pero nosotros no. 
Había en aquello algo de desconocido, algo de 
misterioso; y eso nos ofuscaba aiin más. Ser 
libres! delicia del cielo. /Que más i)odía soiiar 
el corazón de un x>atri()ta.^ Y luego pasaban ])or 
nuestra mente visiones con reflejos de aurora é 
incendios de luz del medio día. Un país sin 
precedentes históricos, sin grand(\s com])r()mi- 
sos con el pasado, un ])aís rico, bañado por dos 
océanos, rodeado de islas con puertos en ambos 



218 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

mares, en el camino del comercio como Genova,. 
Venecia y Marsella, sin proletariado, sin noble- 
za hereditaria, jqné condiciones mejores para 
hacer de él el pueblo más venturoso de la 
tierra! 

Y la revolución continuaba, operándola unos 
con los brazos y los demás aplaudiéndola con el 
corazón. Y nuestros aplausos eran más ruido- 
sos al ver caer alguna vetusta institución. En 
medio de ellos y con todo nuestro jiibilo, vimos 
venir abajo los conventos, la Universidad de 
San Carlos, el Consulado, el Concordato, los 
diezmos. Y cuando vimos que se iban los jesuí- 
tas, los frailes y los obispos mucho que 

mejor...... 

Pero si la tierra estaba cargada de ruinas y el 
aire de polvo de los ediñcios derruidos, también 
estaba lleno de gérmenes de una nueva vida. 

Entre los lamentos y los vítores, el estruendo 
de los cañonazos y las salmodias de la iglesia 
angustiada, y el continuo huracán demoledor, y 
las sombras fugaces que llegaban al poder y se 
desvanecían, por falta de alientos para la lucha 
titánica, una sola figura se destacaba, robusta y 
altiva, con el pendón de la libertad en la mano, 
enhiesto y orgulloso sobre los escombros, con el 
corazón henchido de patriotismo, señalando con 
el dedo el porvenir; esa sombra era la del Grene- 
ral Barrios. 

Contempladlo en ese momento el más glorioso 
de su vida. .- .Allí le tenéis, con resplandores 
de Mesías, con diadema de semidiós. 

Fuerte en la lucha, pero no manchado aun 
por la crueldad. Querido de su país, temido de 
sus enemigos. Su corazón no palpita sino para 



RAMÓN A. SALAZAR 219* 



el bien. Aquel caudillo es una especie de soña- 
dor bíblico, pues ya entrevé con claridades de 
profeta la regeneración de Guatemala. 

Profundo amor el de la patria. Cuando pren- 
de en un alma, como la de Barrios, como la de 
Lorenzo de Medicáis, ay! del audaz que quiera 
disputárselo. En ese amor hay embriagueces, 
celos, pero ¡ qué embriagueces y qué celos ! Los 
de Otello son de pahmia comparados con los de 
aquéllos. 

Patria mía : estás desnuda, abatida, triste; tu 
corazón no late ni funciona tu cerebro. Ven á 
mí, amada mía ! — No puedo, dice la patria, que 
tengo encadenados los miembros. 

Y el héroe, hijo ó amante, que ambas cosas 
tiene la pasión del patriotismo, se lanza sobre 
el enemigo y se repite una de aquellas escenas, 
como el castigo terril)le de los amantes de Pené- 
lope por Ulises ó como la llevada á cabo por 
Krinhilda, d(^ los Nibelungos, en el palacio de 
Atzel. 

Y eso pasó en Guatemala. 

La diosa airada del patriotismo en delirio exi- 
gió hecatombes en expiación. 

Razón tenéis vosotros, los amigos y parientes 
de las víctimas, en llorar por vuestros deudos. 
Nosotros mismos lloramos y nos dolemos de las 
calamidades de la revolución. 

Apresurémonos á decirlo ; en el terreno de lo 
absoluto habrá tanta injusticia en condenar del 
todo á Barrios, por sus actos, como en absolver- 
lo del todo. La moderación y la tolerancia, 
virtudes supremas para ciertos temperamentos 
y ciertos instantes, no podrían ser exigidos á. 
hombres como Barrios, incultos y dominados 



220 KEOUEFJDOS DE MI JUVENTUD 

]>()r convicciones ardientes y absolutas. El era 
de esa raza de biliosos que en el panorama de la 
historia van desfilando huraños, altivos y seve- 
ros y que se creen ó llamados á abatir el feuda- 
lismo, como Luis XI, ó á encarnar con sangi*e la 
idea liberal, como Saint Just. Persuadidos de que 
la idea que los domina es el Inen supremo para 
su país, marchan adelante, al través de todos 
los oT)stáculos, inexorables como el destino. 
Como hacen poco caso de su propia existencia, 
les importa poco la de los demás. En las épo- 
<*as de calma y moderación podría respetar la 
vida humana, y aun conservarla con avaricia; 
no así en esos momentos decisivos de los pue- 
blos en que se sacrifica la existencia con esjmn- 
tosa prodi^íalidad. 

80I0 así se explican las exaltaciones de las 
épocas de la Reforma, y los excesos de 1793. 
Viene después la calma, se restañan las heridas, 
se apagan en el aire los lamentos, cesa la borras- 
ca revolucionaria y el país por el que ha i)asado el 
alud se encuentra transformado, ya gozando de 
la libertad de examen, como los países sajones, 
después de Calvino ó Enrique VIII, ó ya de la 
igualdad, como Francia después de la revo- 
lución. 

A uno de los Pedros de Castilla le llama Cruel 
la historia, aunque el pueblo le suele dar el 
nombre de Justiciero ; Richelieu, es un carácter 
todavía no definido, y ¡cuanto tiempo será nece- 
sario para que se haga justicia áDantón y todos 
<iquellos soberbios revolucionarios del gran mo- 
vimiento francés de 1789 y 1793! 

Respecto al General Barrrios no me atrevería 
¿i lanzar la última palabra. Habrá sin duda 



RAMÓN A. SALAZAR 221 



muchos juicios que enmendar sobre él, mucho 
de que acusarle y mucho qué perdonarle, si- 
(juiera como á la mujer del Evanjelio, porcjue 
amó mucho á su país. 

Yo de mí sé decir, que le habría (j marido líu^- 
nos soldado y más hombre de letras. 

(¿uisiera, asimismo, que el país le hubies(3- 
adulado menos en vida, para »iue tuviésemos^ 
dercídio á ser más severos en nuestros juicios» 
hoy que está muerto. 

El lirismo desenfrc^nado (pie reinaba en la 
prensa le llegó á comparar á Washington y 
Bolívaí', y precisamente lo que le faltaba era algo 
de aquellos egregios semidioses. En Bai-rios 
había algo de temperamento de Pedro el Grande,. 
aunque el medio en que operó sea tan distinto 
del que le tocó en suerte al famoso Czar. 

Regeneró á Guatemala á cíosta de su fama, y 
ha podido decir como Dantón: '^Sálvese la pa- 
tria, aunque perezca mi memoi-ia." Fué cruel, 
y nadie duda que su des])otismo lin dejado hne- 
ila sangrienta en el país. 

Dio leyes que no siempre cumplió, y fundó 
instituciones que no ({uiso respetar. 

Y al decir todo esto de Barrios, siento estre- 
mecérseme el corazón . . . Quisiera pintarlo inma- 
culado, puro. . .y prefiero ser verídico. Estoy 
muy lejos de los que por odio denigran su me- 
moria, y de los que por pasión defienden todos 
sus actos. Quiero ser justo ante todo, y en tal 
sentido he externado estas ideas, que entrego 
al juicio severo de mis conciudadanos. 

Porque hay que pesar en la balanza de la jus- 
ticia los merecimientos de ese hombre, de un 
lado, V sus faltas del otro. 



222 RECUERDOS DE MI JUVENTUD 

Probedlo á hacer y veréis que se inclina el 
fiel al lado de los primeros. 

Quien haya conocido nuestra sociedad antes 
del 71, y la estudie en los tiempos que corren, 
hallará una gran suma de progresos que la abo- 
nan. Sé que es ley de los pueblos el progreso, 
pero el progreso lento, mesurado. El Japón se 
ha. dado á conocer en nuestros días por su revo- 
lución social. En diez años se ha verificado en 
íiquella apartada región de Oriente una revolu- 
ción, que los pueblos occidentales necesitaron 
10 siglos para llevarla á cabo. Algo parecido ha 
pasado en Guatemala. Del régimen teocrático, 
monárquico, hemos pasado á la democracia pu- 
ra, al libre examen. Para salvar el abismo que 
nos separa del pasado, empleando los procedi- 
mientos ordinarios, habríamos necesitado de 
muchos años, mientras que la revolución nos ha 
proporcionado ese beneficio de una sola década. 
Ved lo que pasa en el Ecuador, en donde no se 
ha efectuado un movimiento regenerador social. 
Impera allí la teocracia, y aquel pueblo agoniza 
<3ntre los brazos de un poder qtie lo retiene uni- 
do al pasado con sus garras de hierro. Qué 
necesita ese pueblo para acercarse al presente ? 
Bastará con una evolución mesurada, con me- 
dios comunes, con la acción lenta del tiempo, 
con lo que suele llamarse la protección paternal 
■del Gobierno para que salga del estagnamiento 
y postración en que se encuentra? Varios pue- 
blos han ensayado este procedimiento ; y está 
bien probado cpie no da frutos. De haber se- 
guido esa senda México, Venezuela, la Argenti- 
na, no habría llegado al grado de desarrollo en 
que se encuentra felizmente. Han necesitado 



RAMÓN A. SALAZAR 223 



de las conmociones y sacudimientos que las han 
agitado ; ha sido preciso que comprasen con sa - 
crificios la libertad y habiendo sellado el pacto 
con las nuevas ideas con sangre, están interesa- 
das en mantenerlo incólume, y tienen necesidad 
de estar atentas para mantenerlo vivo. 

En nuestros tiempos pasa en los pueblos un 
fenómeno digno de estudiarse. La libertad es 
de ayer. La incubó la revolución francesa ; y 
todos los pueblos han ido á comer en las ágapas 
del 89. Vencido, pero no dominado el partido 
teocrático, hay una lucha ciega y latente entre 
los hombres de ayer y los de hoy. Descuíden- 
se uno 11 otro y será definitivamente vencido. 
Los hombres de ambos partidos, son como los 
vestales que tienen encargo de mantener vivo 
el fuego de las ideas que profesan. Mantener- 
lo vivo en las almas, predicando con el ejemplo 
y la palabra la excelencia de sus doctrinas. No 
iiay descansos que valgan ; en política no debe 
existir la palabra desaliento. Dudar es pecar. 
Pecar contra la patria. Porque la libertad tie- 
ne sus eclipses, debemos siquiera imaginarnos 
que sea posible que muera? Los escépticos de- 
ben dejar la plaza libre á los audaces y conven- 
cidos. ^ No estorbar, señores, los desengaños, 
que tras de vosotros está la falange de la ju- 
ventud j)resta á tomar en sus manos la bandera 
de la libertad. Dejar de hacer ya es un crimen. 
Anníbal fué vencido, porque se entregó al ocio 
y á las delicias en Capua. La vida es la lucha. 
La política no admite descanso. Es bueno pen- 
sar de noche, para obrar al siguiente día y 
no dejar para mañana lo que se puede hacer 
hoy. 



224 KECÜKRDOS DE MI JUVENTUD 



El fenóiiieiio á que me he referido, es la lucha 
sin tregua ni descanso de los dos enemigos ar- 
mados que se disputan el predominio de la so- 
ciedad. Y lo Ihimo extraño y muy especial, 
porque no se ha visto cosa parecida en ninguna 
otra época histórica. Verdad es que han exis- 
tido luchas sociales, pero no del carácter de la 
presente. En la de otros tiempos el cebo era el 
poder y las (comodidades que éste trae. Era la 
la fuerza la que se buscaba*, era el bien, ya para 
el individuo ó la casta. Hoy no: el objetivo es 
la [)ati*ia. El ideal es el bien del país. Cada 
uno de los partidos cree que su sistema es el 
más apropiado para regir la sociedad en que 
operan. La grande y trascendental diferencia 
e.s que unos se apoyan en los recuerdos del pasa- 
do,' mientras que los otros cuentan con las ilu- 
siones y promesas del porvenir. Los unos son 
los viejos cirínmspectos y temerosos, los otros 
son los jóvenes audaces y confiados. Para 
quién es el triunfo í Para el que más trabaje. 
Al menos momentáneamente. Porque el defini- 
tivo y sc^guro es de la libertad. 

Esto lo comprendia Barrios y obró en conse- 
cuencia. De allí su energía y su vigor no des- 
mentido jamás. Su actividad era pasmosa. A 
sil lado se sentía el fuego de su ideas, y los lati- 
dos de su corazón. Tenía el don de comunicar 
sus convicciones. Tenía don de gentes. 

Merced á sus trabajos administrativos y á la 
labor provechosa de su discípulo y amigo, que 
le ha sucedido en el mando, alcanzamos hoy 
una era de progreso visible á todas luces. Las 
letras han tenido una especie de renacimiento. 
Hay en el espíritu público más amplitud en 



RAMÓN A. SALA ZAR 



todas sus concepciones. Tenemos tela en nues- 
tras leyes para ser libres. 

La cie ncia se ha eman cipado del dogma. Pre- 
ferimos Descartes, Kransse y Kant, a Santo 
Tomás de Aquino y al Aristóteles mediveal. 
Hemos entrado de lleno e n el libre examen y en 
la^fer^rj^ Ni la. teología ni la biblia 
ymTvan en nuestras investigaciones científicas. 
E l cura pudiera estar ])n(MK) para sn parroquia, 
T3 ero no para fiíru r;ii á la caíx'za (U^ la sociíMlad. 
Eslamios en vías de ser tolerantes en ])()líti('ay 
en religión. Ya no es posible la reacción, al 
menos como programa definitivo de Gobierno. 

Y aunque la revolución no estuviese encar- 
nada en las leyes, no correría riesgo, porque lo 
está en el corazón de la juventud, la llamada á 
coniplctai- la obra de P>arri()s. 

Ella que no sufrió, como nosotros, los dolores 
de la gestación de las leyes de reforma, y que 
por lo tanto, no está cansada, debe comprender 
que es la llamada á realizarla, y que cometería 
un crimen si no se interesara porque la libertad 
sea al fin un hecho en Guatem^da. 

La vida de Barrios, puede ser un símbolo y 
debe prestarse á ser una gran enseñanza. 

Estudiándolo detenidamente podemos con- 
vencernos, de que puede llegarse á la gloria 
cuando el patriotismo inspira nuestras acciones. 




Abogado y N ";\rio 



"=>r<" 



CONCLUSIÓN 



Aquí termino esta serie de artículos escritos 
con amor, porque constituyen para mí recuerdos 
gratos de una edad dichosa. 

Sin pasión ni odios, mas con un cariño entra- 
ñable á mi patria, he juzgado á los hombres de 
aquella éporn, procurando ser justo con ellos 
hasta donde lo permitían sus errores políticos y 
sus desacie^rtos administrativos. 

Sin haber tomado hasta «-1 año de 1871 parte 
alguna en la cosa pública, nada me liga con los 
hombres del partido conservador, á no ser la 
amistad particular que con algunos de ellos he 
cultivado, amistad que por más honrosa que ella 
sea no me ha impedido nunca decir todo lo que 
siento y todo lo que pienso sobre la situación del 
país, durante su gobierno. 

Y esa independencia y esn imparciaHdad guia- 
rán mi pluma en la segunda parte de estos 
'^Recuerdos," que j^ublicaré algún día, con el 
nombre de ''Memorias para la historia de la 
Reformn en Guatemala " ''Perfiles y bocetos de 
los hombres de nuestra Revolución;" para cuyo 
trabajo tengo acopiado inmenso material, que 
puede ser de alguna utilidad al que se ocupe 
definitivamente de esa época importante de 
nuestra historia. 



insriDicE. 



Papillas. 

Prólogo 3 

Dedicatoria 5 

I. — La capital en el año de 1861. — Las calles. — 
Las casas. — Los veluí-ulos. — El alumbrado públi- 
co. — Los desagües á flor de tierra. - Obras públi- 
cas. — Tipos populares. — Serenos. — Asoleados. — 
Fray Liberato. — Los órdenes religiosas. — Trajes 
de los frailes * 7 

11. — Francisco de Paula García Peláez. — 8us me- 
morias. — Estaba montado á la antigua. — Una 
anécdota. — Los otros obispos. — Los canónigos. — 
El padre Alfaro. — Los doctores de la pcrntificia 
Universidad de San Carlos. — Estudios universi- 
tarios. — Aprendices de ergotistas. — El título de 
Bachiller 13 

III. — Las carreras profesionales. — Reflexiones so- 
bre aquella época teológica. — Deficiencias en la 
enseñanza de las ciencias físico-químicas. —La 
Biblioteca y el bibliotecario. — Carencia absoluta 
en la Universidad de cátedras de ciencias políti- 
co-sociales .... 19 

IV. — Las escuelas primarias de Betlén, San José 
Calazáns y San Casiano. — Los dómines. — La ley 
de Pavón. — Material de enseñanza. — Los Monito- 
res. — Las lecciones. — Los castigos. — Las recom- 
pensas 23 

V. — Las diversiones públicas. — El teatro de Carre- 
ra. —Tata Buclio. -Las loas y los entremeses. — 
La ópera italiana. — Las primeras bailarinas que 
se vieron en Guatemala. — Escándalo de las ma- 
dres de familia. —Maestros célebres. — Las tona- 



280 ÍNDICE 



I Yiginas, 

das y los sonecitos. —El "barreño" y el "jarabe". — 
Bailes de tacón de hueso. - Las comilonas . 29 

VI. — El siipernaturalismo. — El " soinbrerón," el 
"cadejo."— Los rayos.— Rogativas para las llu- 
vias. — El zahori. — La Tatuana. — La Cucara- 
cha.— Canifaxtín. — Miedo á L)S extranjeros 35 

VIII. — El Corpus de la Catedral. — Se aseaban las 
casas solariegas. — Los nobles bebiendo Cham- 
pagne y comiendo nuegaditos. — 8e daban los 
títulos de usía y excelencia con mucha prosopo- 
peya. — Xipos. — La noble dama de crinolina. —El 
alto empleado de frac azul, pantalón blanco y 
chistera relumbrosa. — Los artesanos. — Las men- 
galas. — "El Corpus". — El birloche del Santísimo 
Sacramento 41 

VIII. — Los otros Corpus. — Especialidades á^^ cada 
barrio. —Lecciones objetivas. — Los jigautes.— 
La tarasca. — Mascaradas de indios salvajes. — 
Fatal influencia de esas visiones horripilantes 
sobre los niños 45 

IX. — La imprenta, gastos de escritorio é impresio- 
nes oñciales. — "La Gaceta". — "La Semana".— 
El día domingo. — Fiestas de iglesia 49 

X. — El mes de diciembre. — Airecillo de vacacio- 
nes. — Las ñestas del mes. — Los rezados. — El tea- 
tro. — Los toros. — -Capas y picadores célebres. — 
Don Pedro Palo y doña María de los Gatos.— 
Chón, el mico del hoyo. — Las mascaradas. — Mo- 
ros y cristianos. — El rezado de Concepción. — 
Las fiestas de las flores. — Los cohetes, los toritos, 
las luces de colores. — Guatemala, el emporio de 
las luces. — Reflexiones 53 

XI. — Muerto en la casa. — La vestida y velada del 
difunto. — Panegírico de cuerpo presente. — El 



ÍNDICE 231 



Páginas. 

florín. — Utilidad de las monjas. — La rifa de las 
almas 59 

XII. — Vanidades chapinas. — La capital fué en otro 
tiempo la Roma, como hoy es el París de Centro- 
América. — El valle de la Ermita.— Gnatemala 
vista por dentro.— 8u tristeza por el año de 
1865. — Falta de hoteles y casas de hospedaje. — 
Furor propagandista de las damas de la aristo- 
cracia. — Odio á los extranjeros. — El hotel de 
variedades 63 

Xin. — La oligarquía guatemalteca. — Lo que cuen- 
ta el historiador Alamán sobre el modo de adqui- 
rir títulos de nobleza en América. — Los princi- 
pales destinos del país desempeñados por los 
nobles. — Algun(;s empleos honoríficos que destru- 
yó la revolución. — Clases sociales. — El buen ciu- 
dadano. — Sus distracciones. — Sus lecturas. — 
Volterianos por dentro, é hipócrita^', por fuera. — 
Nuestros hombrea históricos.— El pueblo 73 

XIV. — Tiburcio Estrada y su Teatro ambuhmte. — 
Sus condiciones como actor. — No tenía muy feliz 
memoria y respetaba poco la indumentaria.— 
El maestro Esteban, primer galán de la compa- 
ñía. — Teatros improvisados. — El sueño dorado de 
Estrada. — Logró verlo realizado. — Dojjo mort- 
rf^.- -Sus ultimes arios. — Precio de entrada á las 
funciones. — Las decoi-aciones, el telón de boca, y 
los anuncios del espectáculo. — ¡ Pobre Tata Buclio! 83 

XV. — El funeral de las benditas ánimas. — El mes 
de noviembre en Guatemala. — Dobles y respon- 
sos. — Buena cosecha para los curas. — Un cortejo 
pavoroso. — Cantes lúgubres y amenazantes. — 
Las ánimas cautoras 89 

XVL— La noche buena. — El nacimiento. — L(;s vi- 
llancicos. — Los maestros antiguos 95 



232 ÍNDICE 

Página? 

XVII.— Nuestros cantores. —pJosé Batres Montú- 
far. — Los amores desgraciados del poeta. — Su 
amigo el guitarrista Francisco Garrido. -Una de 
sus canciones, tierna y sentida. — Elias Portillo, 
nn trovador de nn»^vo género. — El piano-forte en 
Guatemala. — Francisco Sáenz Zeceña 103 

XVIII. — La profesión de una monja — Era una 
hermosa mañana de mayo. .. — Olores de mis 
días de creyente. — En la iglesia. — Oficiaba de 
sumo sacerdote el Canónigo Planas. — Un orador 
sagrado. — Cohetes, granadas, bombas é incienso. 
Procesión de espectros. - La víctiiria. — Las tijeras 
despiadadas de un clérigo inhumano. — Tristes 
adioses 109 

XIX. — José María liogel (a) Bambita, era un joven 
de 29 años, cuando subió al patíbulo. — Comenzó 
su carrera criminal á los quince años de edad. — 
Sus asaltos en despoblado. — Sus disfraces. — Cri- 
nes de fuerza.— Sus asesinatos — Sus evasiones 
de las cárceles. — El último de sus espantosos crí- 
menes. — Es ejecutado el 20 de noviembre de 1845. 115 

XX. — La criminalidad durante el Gobierno de los 
30 años. — Célebres palabras de un abogado de 
nuestro Foro. — Los cinco barrios antiguos de la 
Capital. — Antagonismo y odios entre los habi- 
tantes de cada uno de ellos. — Bandidos célebres. 
Algunas de sus fechorías — "La corte de los mi- 
lagros" de Guatemala. — "La sirena," "el cadejo" 
y "la llorona" 121 

XXI. — Los fusilados. — Antiguos axiomas. — Ejecu- 
ción de un reo y azotaina general en la escuela. 
— Las penas morales de un sentenciado a muer- 
te. — La Capilla.— La vía dolorosa. — El cuadro. — 
Los ecos funerales de las bandas marciales. — Fi- 
nal de la trogedia 127 



ÍNDICE 233 



Páginas. 

XXII. - ''Baile del venado/' para celebrar á la Vir- 
gen de Concepción, representado por nueve 
personas (sic), seis monteros, 1 venado y 2 ca- 
chorros 133 

XXIII. — El porqué de mi total desacuerdo con el 
pasado. — Atentado criminal de los conservadores 
contra las instituciones republicanas. — Actitud 
de los cuerpos consultivos del Estadc». — Noble 
conducta del claustro de Doctores. — Iras de don 
Manuel F. Pavón. — Blasfemias políticas del cé- 
lebre Ministro. — Presidencia vitalicia del General 
Carrera. — Se le inviste de facultades omnímodas. 
-^^líTuerte del fetiche. — Carrera en el cielo á la 
diestra de Dios Padre. — Pavón de rodillas ante 
su ídolo 145 

XXIV. — Me despierto á la vida del pensamiento. — 
Amor patrio. — Mi pobre Guatemala estaba enfer- 
ma. — CJiertos perversos la momifican, y como son 
magos la hacen hablar á su antojo. — Y habla y 
no se le conoce más. — Estaba delirando. — Opi- 
nión de un escritor extranjero sobre la oligarquía 
guatemalteca, 3^ sobre el estado moral del país 
en los días de la muerte de Carrei-a. — ¿Quién será 
el sucesor del Presidente vitalicio! — La Cámara 
de Representantes, y el sistema electoral de 
aquella época. — La impresión que le causó á un 
viajero americano. — Doble clase de Representan- 
tes. — Los de las Corporaciones y los del Pueblo. 
— Cómo y quiénes los elegían. — El pueblo casi 
excluido del derecho del sufragio. — Resulta electo 
el Mariscal de Campo don Vicente Cerna 153 

XXV. — Recibimiento que se hace al General Cerna 
al venir á hacerse cargo de la Presidencia. — 
Mala impresión que causa su figura. — Le ponen 
un apodo gráfico. — Muestra predilección marca- 
da por h)S Jesuítas. — Escoge confesor entre ellos. 
—Instituye una fiesta en la iglesia de la Compa- 
ñía. — Toma posesión del mando. — Manifiesto. — 
Se resuelve el enigma. — ¡Estaban ciegos! — Ante- 
cedentes políticos de Cerna y juicio sobre él de 



234 ÍNDICE 



I'áginas. 

im escritor extranjero. — Estado de la Adminis- 
tración. — Enseñanza. — Guerra. — Justicia. — Ca- 
rencia de todo; plan rentístico. — La Adminis- 
tración de Correos. — Movimiento raquítico de la 
correspondencia. — Alto precio del porte. — ''El 
mascarón del correo." — Equivocación de un gua- 
jiro.— ¡Estaban ciegos y también sordos! 161 

XXVI. — El Acta Constitutiva. — ¡Estaban ciegos! — 
El país no los quería. — Los calvos. — Trabajos 
preparatorios para la reelección. — Cerna, candi- 
dato del Gobierno. — El General Zavala, candida- 
to del Partido Liberal. — El día 17 de enero de 
1869. — Actitud del pueblo. — Ya no hay más es- 
peranza que la revolución 173 

XXVII. — La noche triste. — Muerte de don Luis 
Rubio. — La montaña en armas.^Don Serapio 
Cruz y sus antecedentes. — Su familia. — La revo- 
lución del 48.— Reñexiones sobre Carrera. — El 
espíritu de oposición cunde en todas las clases 
sociales. — Las mujeres de la Revolución. — La 
oposición en la Cámara de Representantes.— Don 

. Miguel García Granados. — Don Manuel Larrave. 
—Don Arcadio Estrada. — Don José María Sa- 
mayoa. — Oradores del Gobierno. — Trabajos de 
los emigrados. — Abre nueva campaña el General 
Cruz. — Progresos de la revolución. — El país en- 
tero encendido en guerra. — Lo que le toca contar 
á la historia 179 

XXVIIL— El 23 de enero de 1870.— Ilusiones y 
esperanzas. — Los Volscos á las puertas de Roma. 
— Los estudiantes eramos revolucionarios. — 
Tata Tonino. — Palencia. — El Mariscal Cruz. — Le 
cortan la cabeza y la pasean por la Capital como . 
trofeo sangriento. — El Comercio presenta una 
casaca bordada al vencedor. — Muchos de los pa- 
laciegos actuales, ya eran aduladores por aquel 
tiempo. — Muerte de Tonino .... 1 93 

XXIX.— La revolución del 71 199 

XXX. — Justo Rufino Barrios. — (Discurso pronun- 
ciado el 2 de abril de 1891) 209 

Conclusión 227 




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